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Rio Cabe

Iguales ante la ley

Temor causa la España oficial y ya de antiguo por ese su soliloquio inagotable, aventajada y ciega en hablar y vivir desacompasada y ajena a los hechos reales, por visibles y crudos que sean. Claro que por "oficial" entendemos mucho más que el Gobierno de la nación en un momento dado: la totalidad de las instituciones (la totalidad) y el conjunto ideológico y social que las sostiene forman parte también del entramado. Todos a una hacen girar la manivela de la retórica, ya se trate del 12 de octubre o de los perseguidos por el franquismo. Se calcan los modelos cambiando meramente los nombres y algún elemento circunstancial y –hip-hop– ya tenemos máscara nueva y guiñol a punto. Esta disociación esquizofrénica procede de los tiempos en que España perdió el poder y la fuerza verdaderos y las moribundas "fuerzas vivas"inventaron una realidad ficticia con la cual distraer o apabullar al estado llano en tanto construían un discurso para el propio consumo: algo había que decir cuando se tiene el cerebro en blanco o se está cometiendo cualquier felonía, como es el caso actual.

Los españoles de a pie han contestado al teatrillo oficial con una desconfianza sistemática o inhibición absoluta ante la vida pública y las instituciones, por ejemplo la Justicia, limitándose a hurtar el bulto para que "a mí no me toque" y trasluciendo en omisiones, chistes o refranero su nula predisposición a creer en la eficacia de la Policía, en la independencia de los jueces o en la honradez de los políticos: "– Y ¿qué has ganado en el gobierno? – preguntó Ricote" (Don Quijote de la Mancha). Están cargados de razón y razones aunque, como todas las generalizaciones, termine siendo excesiva. Pero dichos como "pleitos tengas y los ganes", "el que hace la ley, hace la trampa" o "tigre no come a tigre" (más sus múltiples variantes) no animan precisamente a tomar en serio las decisiones judiciales, canonizadas en el acto por el solo hecho de emitirse, como si los jueces no fueran falibles (vamos a pensar bien), carecieran de intereses –empezando por el de su carrera profesional– y no estuvieran sujetos a gran variedad de presiones, incluso ajenas a ellos por completo. Y sin entrar en los casos de corrupción, que, evidentemente, constituyen otro asunto.

La verdad es que nadie se fía. No es socavar el Estado de Derecho (pomposa pirueta) afirmar en estos días, aunque con sordina, que no otorgamos credibilidad a la decisión del Supremo de rebajar al asesino De Juana la pena a tres años, por muchos tecnicismos leguleyos que acumulen los responsables. Y cuantos más esgriman, menos les creemos, sobre todo si –oh, casualidad– su decisión pone la carambola "a huevo" al incomparable Rodríguez. "¡No se puede criticar al Supremo!", salta conminatorio cualquier asalariado. "¿Por qué?", nos preguntamos. Si podemos aprobar y aplaudir, no veo por qué no tenemos derecho a discrepar. Otra cosa es aquello de "acatamos y bla, bla". Pues claro que acatamos. ¿Qué remedio nos queda? Mas de confianza, nada.

¿Con qué se come una decisión que empezó con la petición fiscal de noventa y seis años (el fiscal que lo hizo se quitó de en medio para no tragarse el bochornoso papelón de reducirla a doce), se continuó con la sentencia de doce de la Audiencia Nacional y se remata con los tres del Supremo? ¿Cómo se pueden mantener criterios tan dispares? ¿O es que no se debió procesar al asesino por esa última causa? ¿Podemos pensar que el ministro López Aguilar lanzó una oportunista finta propagandística ante el pésimo efecto que en 2005 produjo en la opinión pública el cumplimiento de los dieciocho añitos del criminal por veinticinco asesinatos y quiso montar un engañabobos de los que habitualmente se gastan los socialistas? ¿Cómo han dilucidado los muy honorables e intachables ilustrísimos (o excelentísimos, no sé) magistrados del Supremo que las amenazas del asesino no eran "terroristas"? ¿Es que la palabra de los ilustrísimos (o excelentísimos) es palabra de Dios?

Pero aun faltaba el empujoncito de Rubalcaba el Humano para mandar a la alimaña a su casa: ¿pensará que así le perdonará la ETA haber sido el portavoz del Gobierno del GAL? ¿Quién se va a creer que la idea de la "atenuación" carcelaria le acudió a Rubalcaba el Veraz en lucha nocturna con sus remordimientos? Al revés te lo digo, para que me entiendas. Pero no era necesario tal esfuerzo en el embrollo: sabemos bien quién es el responsable primero y último y qué espera trincar, así pues, señor ministro, sosiegue y no nos dé la barrila con su prescindible verbo.

Hace ya bastantes años una editorial oficial, pero que publicaba obras excelentes –y poco después cerrada por el primer Gobierno socialista–, me regaló un libro de vistosa encuadernación y presencia, escrito a mano con hermosa caligrafía y repleto de bellas propuestas. En la cubierta rezaba –y reza: aún lo tengo, como quien conserva la chistera del abuelo por no saber qué hacer con ella– un título simpático: Constitución Española, una de las más divertidas florestas de jácaras, sales y donaires que se han compilado jamás en nuestra lengua. Desde afirmar "el deber de conocer y el derecho a usar el castellano" en todos los puntos del territorio nacional, hasta proclamar la unidad de la nación española, la soberanía del pueblo o la propiedad privada. Sin que falte la igualdad de los ciudadanos ante la ley a todos los efectos. Todo es bonito –diríase que chuli, diver y guay– pero cuando un partido, sólo uno, invoca que se aplique la Constitución, todos los demás (todos) le tildan de fascista y lo aplastan sin atender a razón ninguna. Y disponen de un Constitucional de miembros designados en cuotas digitales, que, cuando conviene, sanciona y cohonesta lo que sea, llámese Rumasa o Ley del Catalán (ahora viene el Estatuto de Cataluña: cosas veredes).

En fin, dicen –tampoco mucho– que somos iguales, aunque los planes de estudio, el sistema impositivo, las prestaciones de la Seguridad Social y las normativas legales se apliquen obedeciendo al sabio criterio distributivo del federalismo asimétrico que inventó otra lumbrera, según a quién y según dónde. Con el infame De Juana, Rodríguez ha inventado otro procedimiento de igualdad, el cómico tiovivo montado por el fulano y su chica en la clínica:

– Pon la sábana.
– Quita la sábana.
– Que no me comes nada.
– ¿Qué no te como nada? Ahora verás.
– Tira de la manta.
– Hombre, tanto no. A ver si vamos a favorecer a los fascistas.
– Que vienen los chacurras.
– Muérdeles tú.
– En la foto me sacasteis con cara de mala leche.
– Hijo, la que tienes...

¿Qué preso no querrá otro tanto? El Príncipe de la Paz ya puede engarzar otro florón en su corona (todavía no Corona), feliz de proporcionarnos tanto entretenimiento. Para que luego digan que su talante adolece.

N. B.: En un artículo anterior utilicé el verbo "detentar" con el sentido de "ostentar". Algunos lectores –incluso alguien personalmente– han tenido la amabilidad de manifestar su discrepancia. Tienen toda la razón y ni siquiera me refugio en el frecuente empleo de coloquialismos y dialectalismos en mis escritos, de manera consciente y diría que muy pensada, lo cual es un rasgo estilístico que puede gustar o no, pero que es el mío. Sin embargo, no es el caso, se trató simplemente de un lapsus, resultado de escribir deprisa, aunque intente releer y pulir los textos lo más posible. En los dos años y medio que vengo colaborando en Libertad Digital no será el único caso, aunque no haya tenido noticia de ello. En el conjunto total no parece mucho, pero agradezco las críticas. Los comunicantes pueden estar seguros de que ese error, al menos, no se repetirá.

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