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Serafín Fanjul

Ikastolas bis

Lo prodigioso no es que ellos pidan, sino que el gobierno de España les dé. Sin garantías docentes de ningún género

Serafín Fanjul
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No se precisaban dotes proféticas para prever lo que sucedería respecto a las enseñanzas del Islam en nuestro país, si ganaban los socialistas las elecciones. El autor no presume de arúspice por haber denunciado, antes y después de los comicios, cuanto se nos venía encima: los vareadores del nogal comienzan a atropar las nueces esparcidas por el suelo. Por el norte, por el noreste y…por el sur. Gracias a las bombas de Atocha unos llegaron al gobierno y otros –ante la inexistencia de reacciones contrarias– aprovechan el desbarajuste para avanzar en toda la línea, presentar exigencias, conminarnos a reconocer nuestra maldad intrínseca (confrontada con su infinita bondad) y a pagarles un sueldo, ahora en concepto de enseñanzas islámicas.
 
Lo prodigioso no es que ellos pidan, sino que el Gobierno de España les dé. Sin garantías docentes de ningún género: ¿Quién va a controlar los nombramientos de profesores y con qué seriedad? ¿Quién supervisará los contenidos de las clases? ¿Quién, al menos, se asegurará de que las lecciones se impartan en español? La nula credibilidad y confianza que inspira la situación presente sólo nos retrotrae al Patio de Monipodio, con sus trampas, engaños y trinques, aunque el patrón haga valer, cuando le conviene, su autoridad y su fuerza, pero permitiendo que cada mangante campe por sus respetos. Si se liquidan las inversiones del Estado en Galicia, Castilla o Valencia, los cuartos así liberados pueden ir –van a ir– a otras comunidades u otros menesteres, por ejemplo a subvencionar clases de Islam.
 
El argumento fácil es argüir que de este modo se igualan los derechos de la comunidad musulmana, recientemente sobrevenida, con los de la católica y con los evangélicos. Soslayaremos que, con frecuencia, se agrega alguna alusión a los crímenes pasados del cristianismo para justificar los actuales del Islam: como hay aspectos de esta religión y de las conductas de sus adeptos imposibles de sostener, se acude al ataque a nuestra religión de origen para relativizar la cuestión y difuminar las culpas. Es una táctica vieja pero no constituye nuestro tema del día.
 
El asunto central, sobre el que basculan las diferencias entre Islam y cristianismo aquí y ahora, aparece esbozado en las tres preguntas planteadas más arriba. Y en sus respuestas, que conocemos perfectamente: los profesores de religión católica, o evangélica, no van a crear –ni crean– conflicto ninguno en los contenidos de sus materias, ni en cuanto al respeto a la Constitución y el ordenamiento legal, ni en torno a la visión del pasado que ofrezcan, cuando surja. Tal vez los protestantes hagan hincapié en la antigua persecución contra sus correligionarios (que no antepasados) de otros tiempos, extremo que todos condenamos, incluida la Iglesia Católica, y sobre lo cual no hay discrepancias racionales. Tampoco es de temer que los evangélicos intenten dar gato por liebre colocando a paniaguados que no sepan español.
 
Pero, ¿qué sucede con el Islam? Tan sólo lo previsto y anunciado: harán –están haciendo– de su capa un sayo y por añadidura formulan reclamaciones arrogándose una superioridad moral que nadie –sino ellos y algunos españoles bastante ignorantes– les ha concedido. Así leemos en la prensa: "Musulmanes de Granada reclaman una revisión de la historia de Al Andalus". Dicen que se ha dado una versión "un poco fanática que no quiere llegar a la verdad". El presidente del Consejo de Mezquitas de Granada pide un consenso para explicar en las futuras clases de Islam, "con sensatez", cómo sucedieron las cosas (…) Qader aboga por empezar desde el principio: escribir y publicar nuevos textos históricos. La dicotomía que muestran los libros de texto descansa, desde el punto de vista del portavoz musulmán, en la "incultura" y, sobre todo, en una "carga horrible" de parcialidad" (ABC, 12 – 11 – 04). Preparémonos a sobrevivir a la avalancha de "sensatez", "cultura" e "imparcialidad" islámicas que nos caerán, de la mano de políticos indocumentados y de asesores que, con regularidad asombrosa, olvidan quién les paga el salario y por qué, en su yihad permanente por favorecer la penetración del Islam, cueste lo que cueste, empezando por el dinero de nuestros bolsillos.
 
Y continuando por la higiene mental de nuestros cerebros. Lo previsto llega: la Península Ibérica ya era un país árabe antes de la conquista romana, los colonialistas romanos y germanos (antecesores de los colonialistas cruzados o europeos modernos) usurparon la tierra y los gloriosos guerreros del Islam, con sus espadas rutilantes y victoriosas (pero milagrosamente, sólo mediante la da’wa, exhorto pacífico a islamizarse), liberaron el país y lo civilizaron, pues se hallaba en la barbarie; después, la perfidia brutal de los imperialistas europeos arrasó la maravillosa civilización de Al Andalus y la no menos exquisita convivencia entre las tres religiones y las tres culturas que por aquí gastaban los musulmanes (los cristianos no) y España volvió al oscurantismo y la bestialidad hasta que llegó el imán de Fuengirola a civilizarnos de nuevo. No se rían, porque no va de broma: quitando lo del imán, el resto compone la esencia de lo que se enseña en las escuelas árabes sobre historia de Al Andalus.

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