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Insultos

Me pregunto qué dirían ante esta chabacanería gozosa los rojos verdaderos, los de hace un siglo, que en su utopía soñaban con llevar la cultura al pueblo y elevar al máximo su nivel de conocimientos para así mejor defenderse de pudientes y caciques.

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Hace unos años, no muchos, me quedé atónito oyendo en la TV cubana a Fidel Castro insultar –literalmente– a la media docena de infelices opositores que, por aquellos días, andaba persiguiendo y encarcelando. No se conformaba con criticarles acremente: los llamó "idiotas" e "imbéciles". El Chávez venezolano, émulo de su maestro, también se despachó con alegría contra George Bush, José María Aznar o el Rey de España: nada de censuras ácidas, no, insultos como "borracho", "asesino", "burro" y otras lindezas similares que más que una descalificación del agredido patentizan la insuficiencia dialéctica y la falta de imaginación de quien, carente de argumentos, no sabe decir otra cosa. Con independencia de coincidencias o discrepancias políticas, un presidente o alto dirigente político no puede meterse en tales lodazales, si quiere que le sigamos tomando en serio.

Repetir la lista, ni aproximada, de los improperios vertidos por la izquierda española en los últimos seis o siete años es misión imposible. Por no irnos a aquello de "Suárez, tahúr del Mississippi" (¡Qué ingenio y modo de eludir ¡"trilero de la calle de las Sierpes"!) o la no menos celebrada sentencia de González ("Aznar y Anguita son la misma mierda"), que tan edificante resultó en su momento. En los últimos días, Juan Tardá, ese charcutero venido a más, y Pedro Castro nos han regalado con invectivas varias y sin provocación ni causa directa ninguna: no están respondiendo a nada, a ningún ataque del contrario, ni de la parroquia. Nada, simplemente se desahogan (caso del mini-Castro de Getafe) o pinchan a sus feligreses para justificar el sueldo con sus gabelas correspondientes, que nos muerden mensualmente (caso del otro y sus rebuznos anticonstitucionales y antimonárquicos). Por supuesto, el Tardá no va a comprometer la buena vida que le damos para ir a matar a nadie, ni al Borbón ni a una mosca. Y claro, cuando Llamazares, siempre heroico, llamaba "forajidos" al trío de las Azores, lo hacía por saberse protegido por la impunidad total que el mismo Aznar contribuía a garantizar: estos rojos rebalsan valor.

Si hacemos memoria, contabilizaremos casos semejantes en cantidad, sobre todo en cuanto se relacione con el 11–M, pero no vale la pena, porque lo grave no son las anécdotas en sí mismas –ninguno de estos bocalanes tiene ni media torta–, sino el clima que ha creado la izquierda desde el Prestige y la huelga general de 2002. No es un mero calentón verbal (aunque los haya), ni un exceso atribuible a la grosería de éste o el otro. Por desgracia, responden más a la degradación de los modales, de la educación y de la enseñanza en nuestro país, azuzada y engordada por esa supuesta izquierda. Me pregunto qué dirían ante esta chabacanería gozosa los rojos verdaderos, los de hace un siglo, que en su utopía soñaban con llevar la cultura al pueblo y elevar al máximo su nivel de conocimientos para así mejor defenderse de pudientes y caciques. Pero ahora los caciques son ellos (vean Andalucía, Extremadura, Cataluña, Castilla la Nueva...) y su aspiración suprema es exterminar al adversario, o lamentar con impudicia ejemplar que otros no los maten: modélica la intervención de Pepiño contra Esperanza Aguirre por no dejarse matar, lo único que estaba en su mano en ese momento. Ni siquiera se recatan un poco para ocultar sus sentimientos más sucios. Esperanza, como persona educada, se limitó, sin señalar a nadie, a tildarles de miserables y bellacos. No es mucho.

Tal vez se quedara corta, pero no es que echemos de menos esa clase de manifestaciones en los políticos de la derecha sino que, en un contexto más amplio, sí sería buenísimo que el PP y simpatizantes se defendieran de manera implacable de las agresiones, hasta físicas, de que son objeto. Los "repudios" que el régimen cubano organiza de vez en cuando contra los disidentes –y que tanto avergüenzan a cualquier ser humano con alguna sensibilidad– son los mismos actos de hordas bárbaras, aunque militarizadas, que los nazis dedicaban a los judíos, con parafernalias idénticas. Y son los mismos que lanzan al consejero Güemes los mangantes sindicales siempre que visita un hospital; o a Amando de Miguel, María San Gil, Rosa Díez, Gotzone Mora, Jon Juaristi y un larguísimo etcétera de gentes, cuando acuden a una universidad a dar una visión distinta de la habitual en el catecismo de perogrulladas o exabruptos que pasta la progresía: no hay sitio para la discrepancia. Pero no es mera bestialidad e incultura –que también–, sino que responde a una estrategia global de proscripción de cualquier idea no coincidente con el Estado del PRI a la española que el PSOE intenta implantar desde 1982. O nos defendemos, o nos comerán vivos: ganas no les faltan. Y, por cierto, ¿usted a quién votó?

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