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Serafín Fanjul

Irresponsables

¿Pagará el ministro de su bolsillo el desaguisado o sólo responderá "ante Dios y ante la Historia"? Si ni siquiera con sentencias firmes los políticos delincuentes devuelven un duro, ¿de qué van a pagar por decisiones técnicas o políticas?

Serafín Fanjul
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El pasado mes de junio el señor Solbes, ministro de Economía, decidió alegremente vender más de la mitad de nuestras reservas de oro. Argumentaba, tan contento como siempre, que el patrón metálico estaba bajando, que ya no era necesario y que acumular reservas respondía a una mentalidad arcaica. Los mal pensados –a la fuerza ahorcan– automáticamente barruntamos que sólo pretendía hacer caja para financiar ocurrencias y genialidades, los agujeros que a diario barrena su jefe. Lo supiera o no el orondo sabio, la verdad fue la contraria: el oro subió de 600 a 900 dólares por onza, con lo cual no es necesario ser economista para percatarse del boquete de pérdidas que tan incompetente barbudo abrió a las reservas del Estado.

Se trata de un lance más de los múltiples que de forma recurrente nos regalan los políticos en ejercicio, aunque en esta especialidad vayan destacados los del PSOE, en estrecha competencia con los autotitulados "nacionalistas" (CiU, PNV). Si no se prueban responsabilidades penales, o visos muy concretos de ellas, aquí nadie da cuentas de nada. Una vez el ministro deje la poltrona, ¿pagará de su bolsillo el desaguisado o sólo responderá "ante Dios y ante la Historia"? Si ni siquiera con sentencias firmes los políticos delincuentes devuelven un duro (véanse, ojalá, los cuartos que robó Roldán), ¿de qué van a pagar por decisiones técnicas o políticas? El veredicto de las urnas –que dicen los cursis– ya es bastante castigo.

Pues no. Sería bueno resucitar, mediante carta a los Reyes Magos, el viejo sistema seguido en las Indias para controlar la acción de los virreyes y otros altos funcionarios. A través de las "visitas" (inspecciones aleatorias) y los "juicios de residencia" (fiscalización general de la gestión al término del mandato) se supervisaba razonablemente, con arreglo a los medios de la época, la actuación política con subordinados y súbditos. No era un método perfecto, pero al menos se establecía el principio de responder por lo hecho, u omitido, sin impunidad para nadie. Antiguallas. En la actualidad, enjambres de individuos nombrados a dedo, o por el aparato de los partidos que viene a ser lo mismo, toman decisiones, gastan dineros y cometen desafueros mil sin más fundamento que la muleta de haber sido elegidos, que no es poco, pero que a nadie convierte en un híbrido de salomón, Tarzán y Claudia Schiffer. Y ahí tenemos a "Mi Maleni", sin adjetivos.

Una reciente sentencia del Tribunal Supremo ha dado la razón a un abogado valenciano –¡con veinte años de retraso!– que demandó a la Generalidad de Valencia por echar a perder el teatro romano de Sagunto cubriéndolo de mármoles y apañándolo para gusto y gloria de los muy horteras políticos culpables que, de aquélla, gobernaban en la autonomía (a la sazón del PSOE). El chiste costó 39 millones de euros y ahora está por ver cuánto nos cuesta devolver a su prístino estado el monumento, caso de que la actual Generalidad (del PP) asuma la reparación del desbarate. Pero es que hace años, un munícipe socialista –Barranco– colocó en la madrileña plaza de Chamberí unas arquerías en forma de logia, a las que sólo faltaban procesiones de mandiles y compases en fecundo aquelarre con el Hombre Lobo y –como el lector puede fácilmente imaginar– aquello no más sirvió de mingitorio y punto de reunión de chorizos y drogotas. Y para que alguien encargase obras y otros cobrasen por ellas: desconozco cuánto costó al Ayuntamiento madrileño recuperar la plaza como tal, pero, gracias a Dios, volvió a su estado, con su quiosco de música, las niñas en bici y el parloteo de madres y chachas. Sólo faltan los militares sin graduación de permiso, porque ya no hay, pero ¡alabado sea el Señor, aunque nos costara unos duros!

También hace escasas semanas, Chaves, el cacique vitalicio de Andalucía, ha inaugurado el puente romano de Córdoba. No es que se haya transmutado en Séneca o Trajano –no caerá esa breva–, sino que decidieron remozar y redecorar la construcción romana atendiendo al más riguroso kitsch verbenero y allá se fueron otros 16 millones de euros, con el visto bueno de la alcaldesa roja de la ciudad (esa política prodigiosa capaz de hablar con un léxico vivo de unas cincuenta palabras) y con el agravante de que deshacer este entuerto requeriría antes dar muerte a los inmortales gargantúas del PER y el Analfabetismo estructural de la región, paladines valedores del okupa de San Telmo. Difícil.

Los citados no son los únicos casos: si rastreamos toda la geografía española, encontraremos ejemplos similares, recuperados o no monumentos o paisajes (a veces en situación irreversible), pero la pregunta seria es: ¿por qué nadie se responsabiliza, nadie paga, a nadie se le sacan los colores al menos?

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