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Serafín Fanjul

Jotaerre cabalga de nuevo

No se trata sólo de que al rey le endilguen los abucheos cariñosamente dedicados a Rodríguez, o de que intercalen la foto de Rajoy en un reportaje sobre torturas en Irak. El conjunto, carente de seriedad, permanece invariable.

Serafín Fanjul
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Hablar de televisión suele ser un refugio cuando otro no hay para pasar el rato. Los tópicos son fáciles, las condenas evidentes y el bostezo que provoca, también. Sin embargo, la repetición de situaciones a lo largo de los años nos coloca ante la fea realidad: la caja tonta no cambia. Pasan los años y los gobiernos, se suceden y suplantan empresas, presentadores (y presentadoras), propietarios obedientes con el PSOE y solícitos adivinadores de los deseos de su señor. La manipulación de imágenes y sonido de que hemos sido víctimas, incluso personas poco significadas en el plano político, no anima a creer en la limpieza de debates, entrevistas, consultas. La monumental ocultación de datos, noticias, informes tampoco incita a creer en la pantalla. Y no se trata sólo de que al rey le endilguen los abucheos cariñosamente dedicados a Rodríguez, o de que intercalen la foto de Rajoy en un reportaje sobre torturas en Irak. El conjunto, carente de seriedad, permanece invariable.

Quizás este espectador sea uno de los contados celtíberos incapaces, en su día, de contemplar un episodio entero de la inolvidable serie Dallas. Pero no lo tiene a jactancia, más bien vendría a ser prueba de nervios poco templados, de falta de aguante y escasa caridad para con los otros españoles que en el autobús mañanero aún rascando legañas, en la peluquería "Elena y Ramón" o en plena oficina desmenuzaban, reían o censuraban las maldades, el sombrero o los gestos de J.R., el villano de la serie.

No obstante, las televisiones se cuidan de enmendar nuestros yerros y hasta, en alarde de generosidad poco común, enderezan los entuertos de mirones montaraces y asilvestrados, remisos a dejarse entretener, y programan otras historietas que se asemejan a Dallas como una gota de agua a otra de lo mismo: un torrente de series larguísimas se descuelga sobre nuestros aturdidos ojos, todas iguales, culebrones de producción propia o ajena. Y el espectador cavila, perplejo, sobre tan recurrente fenómeno: ¿por qué si pasamos de California a Tejas, o a Missouri, o vuelta a Tejas, con salto al Magdalena, al Arauca o a una ambigua e indeterminada finca extremeña, la nada intrigante intriga siempre nos cuenta la misma historia? Rememora lecturas, rebusca entre sus papeles, analiza con ojos profesionales los capítulos que, a retazos, se ha ido tragando y comprende (con bastante rencor hacia la crítica literaria) que las multinacionales de las historietas enlatadas, especializadas y especialistas en fabricar videofilmes (¡ris, ras, corta por aquí, pega por allá: ya tenemos otra serie!) están aplicando años ha la teoría de los estructuralistas rusos –y sin pagar por la patente– a la técnica de producir series como churros, o churros de series, que viene a ser lo mismo.

Reabre la Morfología del cuento de Vladimir Propp y lee : "El estudio demuestra que las funciones se repiten de una manera asombrosa (...) se puede establecer que los personajes de los cuentos, por diferentes que sean, realizan a menudo las mismas acciones"; y también que "las funciones son pocas, mientras que los personajes pueden ser muchos"; y aun "la sucesión de funciones es siempre idéntica..." Por consiguiente, adiós al escritor renacentista o barroco, con bigote, pluma de ganso y cruz de Santiago al pecho, mirando con arrobo a la Musa nocturna que iluminaba su vista más que la oportuna vela en tan gran ocasión. ¡Patarata! A la Musa la han codificado en fichas, le han perforado por donde ella tal vez no quería y la han coleccionado en la inerte memoria de un ordenador, así que cuando el villano pretende alzarse por malas artes con el rancho (que puede tener bóvidos o viñas, según) de sus vecinos (tal vez una madre enferma y un hijo tarambana o una hija tontita y un padre intachable pero que en su juventud lejana cometió un desliz) siempre acaba contratando los servicios de: a) un periodista venal que se vende por unas consumiciones; b) o un sheriff también venal pero que, en el fondo, estaba enamorado de la hija tontita (o de la madre enferma, también según); c) o una licenciada en leyes de Columbia University que no se imaginaba que en su pueblo natal hubiera estos pasteles; d) o u n emigrante mexicano que, con el color y los pómulos salientes, da muchísimo juego, por lo cual está predestinado para quemar: a sub uno, el granero; a sub dos, la bodega; a sub tres, la bici de la tontita. Y etcétera. Así hasta infinito.

El espectador, cabizbajo y abrumado por el fatal descubrimiento calla pensativo y resuelve no comunicar la mala nueva a sus hijos (¡mucho menos a su mujer!), a su vecina Encarnita, ni a su prima Mari Pili. "¡Si Dios no existe, todo está permitido!", será la inevitable conclusión de mentes poco preparadas para recibir el choque traumático, se perderán los valores norte de la civilización occidental, el nihilismo se enseñoreará de las almas limpias que siguen absortas los cambios de sombrero tejano por gorra de béisbol o de una rubia flaca por una morena bajita o de un Range Rover por un Ford horterísima con tropecientas prestaciones. Temblarán los cimientos de la democracia, el bien ganado sueño de la Transición y la confianza en los duchos prácticos que pilotaran nuestra arribada al proyecto de futuro, que diría cualquier político con mando en plaza.

No perdamos el tiempo acusando al digital gobierno que nombra directores, ni a los sindicatos que presionan y acorralan a los escasos periodistas que intentan romper la omertá y contarnos cosas, ni siquiera al consabido Grupo, eterno filtro de lo que debemos, o no, saber. Limitémonos a apagar el cachivache, o al menos a dejarlo sin voz –veremos cuán ridícula es por sí sola la imagen y qué bobo el aforismo aquel de "una imagen vale por mil palabras"–, como hacíamos durante los Mundiales con los colorines de Prisa a los que sabiamente y para defendernos agregábamos el sonido de la Cope en el mismo partido. Puede ser muy diver superponer un discurso de Rodríguez, con sus esdrújulas extemporáneas y sus pausas de Demóstenes de medio pelo, a un bodrio de homoporno en la Cuatro. Seamos creativos y dejemos que el sombrero se lo intercambien Caldera y Maleni en cincuenta y nueve segundos, o mirando cómo bailan el rock de la cárcel, con Barrionuevo y Roldán de pareja estelar invitada. Viva la tele.

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