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Serafín Fanjul

La chica del coro

Nos hacemos eco de la propuesta de una oyente de la COPE: cada vez que doña Sonsoles comparezca en público, los españoles prorrumpirán en un cariñoso y racial "¡Que cante, que cante!", pues en definitiva son los que le pagan los gustos y los gastos.

Serafín Fanjul
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Uno de los rasgos más claros de diferenciación entre los regímenes democráticos y las tiranías, sea cual sea su origen y características específicas, es la nítida separación entre los tres poderes del estado. El otro es la distinción no menos diáfana entre las cuentas de los gobernantes y las del aparato estatal, ya se trate de cuartos contantes y sonantes o de utilización de servicios. Cuando se confunden los números y se llega al uso y abuso de instalaciones y personas, mezclándose el gobierno, el partido y el estado nos hallamos, como mínimo, ante una perversión de las formas democráticas e iniciando la pendiente de cualquiera de los modos de totalitarismo. Pero no sólo es un retroceso desde el plano político, también indica escasa conciencia cívica en las instituciones y en el pueblo que tal deja hacer.

Hasta Hitler, para burlar al fisco alemán ocultando ingresos por las ventas de "Mi Lucha", debía hacer garabos y recurrir a trapisondas varias porque tan fácil no lo tenía ante la Hacienda alemana. Bien es cierto que Goering –el segundo de a bordo– se valía de la estructura militar y los medios materiales de la Luftwaffe, bajo su mando, para el traslado, custodia, compra o rapiña de obras artísticas, anteponiendo en no pocas ocasiones sus negocios de marchante a la necesidad de las operaciones bélicas. Todo un modelo.

A una escala mucho más reducida –las cosas de Rodríguez siempre son de pigmeo– nuestros socialistas gobernantes, en cuanto pueden, se lanzan a utilizar palacios, aviones, yates, servicio doméstico y pasta gansa en general con un desparpajo envidiable: otros en situaciones similares quedarían –quedaron–, o quedaríamos, paralizados antes de dar un paso por tales vericuetos, cargados con nuestros prejuicios de moral judeocristiana o de marxismo primigenio. Así no se va a ninguna parte, en cambio Rodríguez y familia lo mismo van a Lanzarote que a Londres, Berlín o lo que caiga.

Tienen buenos antecedentes en el Azor abordado por González a la cañona o en el Mystère taurómaco de Guerra: unos y otros se portaron y se portan como auténticos nuevos ricos a quienes tocó la lotería ayer por la tarde. La única diferencia es que aquellos jugaron y ganaron, mientras Rodríguez ni siquiera llevaba número en la rifa del 14 de marzo y la banca saltó por los aires como resultado de la benéfica acción de los moros de Atocha, precursores de la Alianza de Civilizaciones. Ya sólo faltaba recoger del suelo los restos del naufragio.

Y vaya si los recogieron. Seguramente desde perspectivas políticas, económicas, sociales, culturales o de ética en general, ha habido medidas, normativas, leyes mucho más caras, graves y dañinas a corto y medio plazo que los baños o las aficiones canoras de doña Sonsoles Espinosa de Rodríguez –omito la lista, ni resumida, por estar en la mente de todos–, pero lo que ofende al sentimiento popular es la caradura, la evidencia de estar contemplando lo contrario de lo que se oye. El bostezo de aburrimiento que nos provocó el chistoso Código de Buen Gobierno, o la propuesta de doña Narbona para que los funcionarios compartan sus vehículos, venía motivado por la seguridad absoluta que teníamos de la falta de sinceridad y seriedad que animan esos gestos grandilocuentes, mera declamación retórica para abrir el telediario de las 3 de la tarde. Porque, de consuno, veíamos la pasarela andante y la percha de modas, más bien poco agraciada, de la vicepresidenta, de modelito diario. Por lo menos. ¿Quién puede tomarles en serio?

O vemos la hortera incursión en Harrods, con niña-que-aprende-inglés o sin ella, adobando la historia con una "visita al embajador" (el mundo al revés); o la piscina de la Guardia Civil desalojada para que doña Sonsoles practique; o la patrullera dedicada a velar por sus envidiables inmersiones (yo también quiero); el personal de servicio desplazado a La Mareta desde La Moncloa; y la última, por ahora, el viaje secreto –¿por qué secreto si es normal?– a Berlín para presenciar los gorgoritos (suponemos que excelentes) de doña Sonsoles Espinosa de Rodríguez. Claro que en este caso no sólo pagamos el avión; también sostenemos a la orquesta de Daniel Barenboim en detrimento de otras existentes, por ejemplo en Andalucía, ya institucionales, ya aficionadas. Y es que se ha convertido en política de estado apoyar y sufragar el proyecto.

Barenboim es un judío argentino, no muy bien visto en Israel, empeñado en demostrar que judíos y árabes pueden tocar juntos el trombón. Y en eso está. La única condición es saber hacerlo y el primer inconveniente que se topó el maestro fue la incapacidad técnica de los palestinos de Cisjordania y Gaza, entre los cuales no pudo encontrar ni uno reclutable para su encomiable intento, así pues no le quedó otra sino echar mano de los árabes israelíes que, dígase lo que se diga, no es lo mismo. No son pata negra, vaya.

Pero lo que sí encontró –y bien servido– fueron buenos reales de los argentíferos filones de la Turdetania, de las aguas del Betis –Pepiño y Caldera, no os escandalicéis, que no me refiero al equipo– o de las Columnas de Hércules, orilla norte, claro. Ahora doña Sonsoles honra con su presencia y su arte el noble propósito del músico y nosotros aportamos los maravedís, ora en aviones, ora en subvenciones, como cumple al país más rico del mundo.

La cuestión no es que el presidente del gobierno –se llame como se llame– y su gente deban gozar de seguridad, sino por qué hemos de correr con el gasto de los caprichos de Rodríguez, ya sea llevar a la nena al cole o dar un alegrón a su señora, a la cual, por cierto, deseamos los máximos éxitos líricos y deportivos. Tan es así que nos hacemos eco de la propuesta de una oyente de la COPE: cada vez que doña Sonsoles comparezca en público, los españoles prorrumpirán en un cariñoso y racial "¡Que cante, que cante!", pues en definitiva son los que le pagan los gustos y los gastos. Y ella, nobleza obliga, emocionada ante la salida del pueblo –al que tanto quiere y tanto debe–, cantará para ellos: ¿cómo no caer tiernas lágrimas de amor ante tal comunión –sintonía, dirían los progres– de gobernantes y gobernados? Las duras peñas se conmoverían.

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