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Serafín Fanjul

La hora de los zorroclocos

La opinión de afiliados y votantes importa una higa a quienes deciden en los despachos, cosa que ya sabíamos, pero siempre resulta incómodo que nos lo recuerden.

Serafín Fanjul
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Dice en 1800 Nicolás de Azara: "Lloro únicamente los males de mi Patria, la que teniendo tanta proporción para ser feliz está reducida al estado más miserable y a representar el último papel en la Europa, y a ser quasi ignominia el nombre español. Todo por ignorancia, avaricia, intriga, libertinaje de los que están a la cabeza del Gobierno, que sacrificarían diez Españas al menor interés personal. Ni creo que pueda suceder diferentemente porque los buenos huyen los empleos, o los apartan de ellos no simpatizando con las máximas corrientes; y los que se buscan para ocuparlos son homogéneos a ellos, o se hacen presto a sus mañas...". Recordamos que Azara (Memorias) escribía como diplomático del ya renqueante Imperio mangoneado por Godoy y su concubina, Mª Luisa de Parma que, además, casualmente era la reina de las todavía Españas.

No es momento para el cotejo histórico y político general entre aquel tiempo y éste, pero no me negarán ustedes que esas líneas cobran una actualidad inquietante, tanto por el panorama de conjunto de nuestro país, como por algún lance concreto de este Patio de Monipodio en que se desenvuelve la actividad política. Y pongamos que hablo de Álvarez-Cascos, de cuya peripecia sólo sabemos las explicaciones que él mismo ha ofrecido y las nulas que han dado en la Calle Génova, amén de alguna declaración de prepotencia de la guachafita propuesta, despistada pero amparada y designada por los gloriosos dedos del Sr. Gabino, el Sr. Ovidio y el Sr. Mariano: un mundo digital, vaya. Aunque tampoco hayan faltado pases de facturas al cobro de antiguos damnificados –dicen– por el mismo Álvarez-Cascos. Son entresijos partidarios cuya veracidad –o no– interesan muy poco a los ciudadanos, y a éste que firma, nada en absoluto.

Pero para un observador sin más interés que el general de nuestro país, por encima de los de esta o aquella región, se extraen varias conclusiones, a cual más lamentable: la transposición de la división autonómica a las estructuras de los partidos principales (PSOE, PP, IU), que debieran ser "nacionales", ha cristalizado y se ha consolidado a expensas de la unidad y hasta de la lógica , con la inestimable ayuda de los caciques locales, que disputan el poder a "Madrid", y no sólo en Cataluña o Vascongadas, toda España está gangrenada por el espíritu autonómico; ante la posibilidad de perder coimas y mamandurrias de años, no vacilan en sacrificar los objetivos generales, arriesgándose y arriesgándonos a que en Asturias se renueve el triunfo socialista; Mariano Rajoy abusa del sentido de la responsabilidad de sus votantes, chantajeándoles con la perduración del PSOE (¿se han preguntado alguna vez cuánta gente se quedó en casa en 2008 porque no les convencía el candidato del PP con tanta tibieza? He ahí una materia de reflexión para las encuestas de Arriola).

Y hay más: la opinión de afiliados y votantes importa una higa a quienes deciden en los despachos, cosa que ya sabíamos, pero siempre resulta incómodo que nos lo recuerden; por enésima vez se proclama a voces la idea –al anunciar Cascos que puede presentar otra candidatura– de que los votos son propiedad del partido beneficiado con ellos y, por tanto, la deslealtad del disidente gruñón "quitaría" sufragios al PP, como si fueran suyos; de la deslealtad de los dirigentes cercanos o lejanos hacia sus bases no se dice una palabra, ni en los medios de comunicación afines (por ejemplo, la edificante imagen del PP de Gijón apoyando la beatificación localista y cateta de Santiago Carrillo: ¿era el cromo que cambiaban para nombrar a Rodrigo Rato no sé qué bobada de oropeles, o lo hacían gratis, para ser "simpáticos", "el partido pa’ ayudar"?).

Nadie en su sano juicio duda que hay políticos serios, honrados y trabajadores –compartamos o no todas sus opiniones y actos– en la diestra (conozco a unos cuantos, a quienes no mencionaré nominalmente para no ser tachado de caer en lisonjas) y hasta en la siniestra, aunque poquitos y bien arrinconados, pero ésa no es la cuestión. El problema es que el triunfalismo de creerse las encuestas –y por tanto despreciar apoyos que no sean perrunos– puede jugar una malísima pasada a Mariano Rajoy y, por ende, a todos nosotros. En 2008, en esta misma página digital pedíamos el voto para el PP, pese a las insuficiencias –a nuestro juicio– de su líder actual, porque la lealtad hacia nosotros mismos así lo exigía, pero Dios nos libre de repetir tan microscópico y poco importante regalo. Y votemos lo que votemos. Queremos salir del túnel de una vez, no seguir lamentándonos con el mal menor.

Nota bene: Sugiero al amable lector que busque en DRAE la definición de zorrocloco.

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