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Serafín Fanjul

La imagen de España

los españoles cayeron en el XVIII no sólo en las dudas sobre sí mismos sino también en la aceptación sacralizada y boba de cualquier cosa procedente de más allá de los Pirineos, en especial de Francia.

Serafín Fanjul
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Siempre nos ha parecido una actitud acomplejada y provinciana abordar cualquier conflicto, fallo o problema español esgrimiendo por delante esta terrible frase: “¿Qué van a pensar de nosotros?”. O en sus distintas variantes: “¿Qué dirán en el Extranjero si se sabe que el hermano de Guerra, el de los cafelitos, hacía lo que hacía; o si los extranjeros se percatan de que en tal o cual pueblo insisten con los toros embolaos; o si se enteran de que el público del Camp Nou tiene bula para cometer las fechorías que le apetezcan con los equipos visitantes?”. El etcétera es muy largo y se corresponde con la misma actitud insegura, bobalicona y nada firme en sus convicciones –eterna veleta sometida a los vientos de fuera– que denunciaba Cadalso en el siglo XVIII en las Cartas Marruecas. Confundiendo el contacto con el exterior, la renovación y el intercambio (bienvenidos sean todos ellos) con la banalidad, la ausencia de apego a las propias cosas y el avergonzarse por la personalidad recibida o por cualquiera de sus manifestaciones de tercer o cuarto orden, asoma una reacción ya señalada, con la ferocidad que el caso requería, en autores del Siglo de las Luces, conscientes de la inconveniencia de mezclar la velocidad con el tocino, la necesaria modernización de la sociedad española con la insoportable levedad de conciencia de la propia valía.

Después de los excesos y arrogancias exhibidos en las centurias del XVI y XVII, cuando la hegemonía política y militar permitía lujos –que tan caros nos han salido después– como desdeñar la Leyenda Negra sin desplegar un movimiento de propaganda ideológica contraria que desprestigiase a las naciones protestantes, los españoles cayeron en el XVIII no sólo en las dudas sobre sí mismos sino también en la aceptación sacralizada y boba de cualquier cosa procedente de más allá de los Pirineos, en especial de Francia. De un extremo se pasó al otro y así seguimos, acobardados y titubeantes por lo que digan de nosotros. En tanto los países rectores de nuestro tiempo prescinden de las opiniones ajenas –como los españoles del XVI– y actúan a su aire y acomodo, aquí se generalizan los temblores y vergüenzas, generalmente por causas poco justificadas.

Miramos por encima de la barda y vemos cuatrocientos hemofílicos franceses contagiados de SIDA en transfusiones, catástrofes naturales mal previstas y peor resueltas en países desarrollados (en los subdesarrollados no digamos), fallo de los servicios secretos norteamericanos ante casos como el 11-S y otro etcétera infinitamente más largo que el nuestro. Por supuesto que esos errores ajenos no justifican ni embellecen los nuestros, pero por esos lugares se suelen asumir las responsabilidades (tampoco siempre), se toman las medidas oportunas y termina el gori-gori. Y ya saben lo de las partes, los cocidos y las habas. Por añadidura, se hace ocioso aclarar que a un servidor preocupa no que “los extranjeros” sepan de cualquier desaguisado hispano, sino el hecho mismo de que ocurra, como es de lógica elemental.

Sin embargo, es cierto que por ahí fuera existe una mala imagen de España, cuando hay alguna. Pegando retales heterogéneos y mal recortados de Felipe II, la Inquisición y el Saco de Amberes, se nos redujo desde el XIX a la estampa folclórica que a los viajeros-escritores convenía vender y ahí nos quedamos, o nos hicieron quedar: agitanados, morunos, pintorescos. Qué aburrimiento. Por descontado, los estereotipos sobre España –como los sambenitos que cargan otras naciones– no resisten el menor cotejo con la realidad, ni ahora ni en el pasado, como hemos intentado denunciar en otros ámbitos y como continuaremos haciendo cuando cuadre, si bien fuerza es reconocer la subsistencia a través de los tiempos de posturas y actitudes psicológicas indefendibles. Dentro y fuera de nuestro país, los clichés han cobrado vida propia y la pereza mental de unos y otros los realimenta con pasión o con estrictos beneficios empresariales y turísticos: los españoles somos lo que deciden los folletos a colores de las agencias y tour-operadores. Y no hay otra.

Por lo tanto, al producirse el lamentable caso del teniente general Mena (lamentable por castigar a quien defiende la legalidad vigente) las reacciones de la prensa extranjera han ido por los derroteros que eran de esperar, incluidos los medios con corresponsales y oficinas en España (por cierto, cada vez menos), dispuestos a no enterarse de cuanto acontece de hecho y sí a resucitar el fantasma de Franco –originales que son los chicos–, el golpismo de los pronunciamientos del XIX y, si nos descuidamos, algún capón acabará cayendo sobre Isabel la Católica y Torquemada, bien embutidos en faralaes y ahítos de gazpacho, con jedentina de ajo. ¿Qué quieren que les diga? A mí me aburre tener que andar dando este género de explicaciones.

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