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Serafín Fanjul

La jauría

Más que nadie saben que llegaron a la Moncloa, al BOE y a la pitanza de los presupuestos gracias a su estilo de sirleros y que sólo con él se mantendrán en el machito

Serafín Fanjul
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Ofende a la razón pensar que no hay socialistas honrados. De hecho, se vienen a la memoria los nombres de algunos bien conocidos con los cuales podemos mantener discrepancias en asuntos puntuales y sin duda secundarios pero que coinciden con una mayoría absoluta de españoles, entre los que nos contamos, en las cuestiones centrales y básicas para nuestro país. Los nombres de Gotzone Mora, Redondo Terreros, Maite Pagazaurtundúa, Rosa Díez o Francisco Vázquez, junto a un número indeterminado de militantes y simpatizantes de base anónimos y desinteresados, salvan el honor de un partido que, en ese terreno, no tiene ya nada que perder. Algunos de ellos fueron vilmente asesinados por los terroristas vascos, aunque –ahora– el jefe de su partido ensaya el escupitajo sobre su sangre con otra de sus rendiciones preventivas pactando con los asesinos lo que sea y como sea; y otros viven acosados y protegidos por la policía, sirviendo de coartada moral a un partido que hace muchos años abandonó cualquier veleidad de ética. Resulta aburrido hablar o escribir sobre el PSOE –también leer –, de tan sabido, rutinario y previsible como es cuanto con él se relaciona, sin embargo no podemos ignorarlos porque están ahí, prestos a emular al PRI en permanencia y mangancia (cosa en verdad difícil) y contando con su cálculo, no tan errado, de que buena parte de los españoles son más pendejos que los mexicanos. Nada nuevo.
 
Pero también es conocida la inoperancia de todas esas buenas gentes: en su partido no cuentan nada y, con frecuencia, los aperrean y machacan con tanto o mayor gustito que a sus oponentes del PP. Sólo por respeto a la afectada, que me lo refirió, no cuento aquí unas cuantas humillaciones e indignidades de las padecidas por estas víctimas internas del Partido por antonomasia. No se conforman con hacer honor al chiste, de humor negro, sobre los famosos cien años de honradez y ni un minuto más, aunque lo de ese siglo de limpieza a quienes sabemos algo de Historia nos provoque una sonrisa de coña. De los ochenta miembros que tenía la pandilla basurilla que comía tortilla en Sevilla pasaron –vía Willi Brandt, otro decepcionado de su engendro– a muchos miles, en especial cuando ya hubo buenos bocadillos para repartir; y un aluvión de postulantes, procedentes del PCE o de la nada extendió los manteles y aprestó los cuchillos para comer. Y no tortilla precisamente. La tropa se amplió pero mantuvo el espíritu picaresco fundacional , con un estilo arrastrado y zafio, a salvo de escrúpulos de ningún género, con lances dignos de sainetes bufos o crudas novelas negras. Y vinieron los cafelitos de Guerra, Roldán trincando los billetes de la caja en un portafolios, el Eligio saliendo de una casa escondido en el maletero de un coche, Tierno bloqueado en un ascensor para que no pudiese intervenir en una reunión de la panda, Peces lanzándose a por una cátedra desde la presidencia del Congreso…¡Qué categoría! Debió de ser un choque tremendo pasar de triste penene en Ciudad Real a ministro –para defender los Gal, claro–, o de especialista en enchufes (es decir, electricista) también a ministro, o, igualmente de penene en Barcelona o Madrid a embajador, o a más ministerios, o…a donde usted quiera y guste. Se sintieron fuertes y empezó el saqueo. ¿Para qué recordar lamentables acontecimientos de los catorce años gloriosos? Tal vez, para refrescar la memoria de muchos españoles jóvenes que no lo vivieron o no lo recuerdan, pero son tantas las golferías habidas que aquí no podemos enumerarlas ni de pasada. Baste con evocar su aroma, el efluvio de la pasta envuelta en cara dura, en impunidad de mayoría absoluta frente a una oposición de derecha desorientada y una de izquierda –aun el PCE e IU existían– que significaba algún referente de diferenciación política. Pero tardamos varios años en percatarnos de la dimensión del fraude: fue necesaria una acumulación horrible de pufos para que Aznar pudiese ganar, por los pelos, en el 96.
 
Por el contrario, ahora han tejido veloces la malla de la impunidad (desde el farsante de la mochila al negociante de Perpiñán) y prescinden de tapujo ni formalismo ninguno, no hay por qué disimular si se ganan todas las votaciones con independencia de lo justo o injusto de lo votado. Y , además, con insulto y escarnio de los aplastados. Es cómodo ejercer de profeta de tiempos pasados y recriminar ahora al gobierno del PP por no haber puesto orden durante sus años de mandato en los terrenos judicial e informativo, los que más utilizan y manipulan contra ellos, pero no cabe duda de que la blandura y generosidad con que trataron a la oposición de entonces se les ha vuelto en contra. O la pusilanimidad demostrada cuando empezaron las agresiones. Quizá si los asesinos de Atocha hubieran sido detenidos antes de la matanza no estaríamos ahora diciendo estas cosas. Pero no lo fueron, otro interrogante: ¿por qué?
 
Ya en el verano de 2002 se podía oír por Andalucía, a raíz de la huelga general, una frase digna de la mejor antología del pensamiento totalitario (“Los del PP no son andaluces”), pero después vino lo del petrolero y se lanzaron al asalto, acicateados por la debilidad de la respuesta. Se envalentonaron y comenzaron la campaña de agresiones y repudios a la cubana [Para quienes no lo sepan: una chusma de valientes se planta ante la casa o el trabajo de un disidente y le acosa e insulta durante horas, o le persiguen por las calles], sin siquiera recatarse en las bromitas que suscitaban entre ellos los divertidos sucesos del momento (“Si con el Prestige no basta, hundimos otro barco”, sentenció un gracioso dirigente socialista). Y después, Irak. Y el 13 de marzo y Rubalcaba y sus producciones –cada vez más boyantes– y el pulpo de Polanco lavando sesos (lo de “cerebros” parece desmesurado). Subieron la parada, elevaron el tono y crisparon a la sociedad sin pudor ninguno: todo valía y todo vale. Si no se detuvieron en incitar a la violencia el 13 de marzo (con dirigentes socialistas localizados haciéndolo a través de sus móviles), ¿por qué Marín no va a proteger a sus compadres en el Congreso? ¿Es que alguien se creyó alguna vez que es el presidente de todos los diputados? ¿Por qué iban a sancionar a la que organizó y pastoreó el asalto contra Trillo? ¿Y por orden de quién? ¿Por qué Rubalcaba va a renunciar a recrearse en la suerte regodeándose con la ofensa a un diputado del PP que acaba de enterrar a un amigo? Y si, por ende, sirve para distraer la atención de la monumental incompetencia, probada, de sus gobiernos regional y nacional (con perdón, por usar este término andando ellos por medio), miel sobre hojuelas. ¿Por qué no van a competir con Bono en el capítulo de las provocaciones?
 
Más que nadie saben que llegaron a la Moncloa, al BOE y a la pitanza de los presupuestos gracias a su estilo de sirleros y que sólo con él se mantendrán en el machito, porque la cultura de la Anglicana, la inteligencia de Caldera o el moratinglish del otro no dan para mucho. Y no hablemos de Rodríguez, la luminaria. Pobre país en el que, a falta de otra cosa, hay gentes que miran desesperadas hacia Chaves, Guerra, Bono o Rodríguez Ibarra, porque outro millore non hai. Pobre, despedazado por la jauría.

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