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Serafín Fanjul

La sangre de Yusra

Como en el caso de Saddam Husein, dirán que no, que ellas (y ellos) no apoyan tiranía ninguna sino la Paaaz, la concordia y el desarme, desconociendo deliberadamente la realidad social que coadyuvan a perpetuar.

Serafín Fanjul
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En los días de Navidad tuvimos noticia de un nutrido grupo de españolas (dejemos ahora si se consideran tales o ciudadanas del mundo o pertenecientes tan sólo a la irrenunciable patria de Cangas de Onís que, como todo el mundo sabe, es una nación), unas ciento ochenta, adscritas a una Plataforma de Mujeres Artistas contra el Maltrato, que visitaban Palestina en rigurosa misión de turismo revolucionario. En esas fechas, empezó el ataque israelí contra Hamás y –como no podía ser menos– algunas de las viajeras aprovecharon para expresar su "rabia, indignación, impotencia" y etcétera contra los judíos y también contra el mundo mundial "que no hace nada" para cortar la invasión. Su emotiva gira –como es obligado en casos semejantes– incluía visitas a hospitales, foto con niña con la pañoleta palestina anudada al cuello y muchas lágrimas con velas en Nochebuena. Y no se pregunten a cuántas de ellas importa un comino la Navidad. Lo habitual en tales viajes: el turista revolucionario va predispuesto a creer lo que le echen, a volverse ciego total ante las barbaridades de los buenos que los ojos le certifican y a no enterarse de nada en líneas generales. Esas tournées no se hacen para descubrir, sino para confirmar lo ya sabido. O que se cree saber.

En esta ocasión, las ciento ochenta artistas –¿hubo alguna vez tantas artistas en España?– cumplieron como Pepas y en vez de ocuparse de la terrorífica marginación y aplastamiento de las mujeres bajo un régimen islámico (en Gaza es imposible no verlo) centraron su fuego –dialéctico, claro– en las secuelas del ataque hebreo. Éste es mucho más lucido para impotencias e indignaciones, amén de que las sayas y velos con que los moros finos enyesan a sus mujeres en realidad son –lo sabe hasta Moratinos, que se lo han contado en la Casa Árabe– gestos de rebeldía, autoafirmación y libertad de las féminas musulmanas, quienes así expresan su rechazo ante la corrupta y decadente sociedad occidental, que había llegado al turbio extremo de engatusar a las madres y abuelas de las actuales muhayyabat y muqanna’at (las de velos y pañolones), para que vistieran como las de aquí, esas perdidas.

Pero dejémonos de bromas, que la cosa es seria. Leyendo las declaraciones de estas "Artistas contra el Maltrato" (y en Gaza) no pude por menos que recordar el espeluznante caso de Yusra al-‘Azami. Una joven prometida, para casarse al mes siguiente, paseaba con su novio (y con una hermana de carabina) por la playa y una Brigada Antivicio de Hamás la mató a palos por perpetrar tamaña enormidad. A la sazón, Hamás no gobernaba en Gaza, sino Fath (a cuyos miembros y simpatizantes siguen exterminando los islamistas con el telón de fondo de Moratinos y sus sonrisas bobaliconas), pero sus cuadrillas de criminales ya imponían por la fuerza las buenas costumbres islámicas: separación absoluta de sexos fuera del matrimonio legal, pena de muerte ejecutada sobre la marcha para cualquier conducta que estimen escandalosa (homosexualidad, borrachera o, no digamos, objeciones en cuanto a creencias), aplicada según el criterio de la partida de la porra correspondiente.

El de Yusra no constituyó un caso aislado, sobre todo, fue símbolo y resumen de la represión, terror y sometimiento a que se ven reducidas las mujeres musulmanas cuando el fanatismo medieval domina la situación. Y también los hombres, porque poco después Hamás se alzó con el control de la Franja (mediante "elecciones libres", apostillaba una de las viajeras: qué risa) y se dedicó a asesinar a partidarios de Abu Mazen hasta detentar el Gobierno absoluto en el territorio. Pero cuando asesinaron a Yusra, las Brigadas Antivicio cumplían el papel de las S.A. en las cervecerías de Munich en 1932, antes de tomar el poder; o el que realiza Batasuna en cualquiera de sus advocaciones en las calles del País Vasco. Ese siniestro estado de cosas es lo que están apuntalando poniéndose de parte de una banda terrorista que usa a sus compatriotas a su antojo para mayor gloria de Alláh. Como en el caso de Saddam Husein, dirán que no, que ellas (y ellos) no apoyan tiranía ninguna sino la Paaaz, la concordia y el desarme, desconociendo deliberadamente la realidad social que coadyuvan a perpetuar. Defienden a Drácula, al Hombre Lobo y al Monstruo de Frankenstein, pero no lo ven, ni tienen la menor intención de enterarse: lo suyo son los viajes solidarios.

En estos días se ha dicho, por extenso, todo lo fundamental sobre el conflicto palestino y su relación con nosotros: que Israel trata de evitar al máximo las víctimas civiles, que Rodríguez es un caradura que utiliza la palabra Palestina para soliviantar a su tropa, que nos jugamos nuestra libertad en la supervivencia de Israel (único estado democrático de la zona), que el terrorismo es igual de criminal aquí que allá, que la población palestina es rehén de aparatos ideológicos, burocráticos y represivos que no titubean en emplearlos como carne de cañón y están prestos a seguir así otro par de siglos, que la Autoridad Nacional Palestina, aun con sus taras, podría abrir una remota vía a la paz, que Israel no tienen ningún interés en prolongar la tensión...Todo eso es cierto, pero yo me quedo con el recuerdo de una joven palestina de cuya suerte, probablemente, las ciento ochenta viajeras solidarias contra el maltrato no tengan ni la menor idea, ni tampoco les importe mucho, teniendo a Israel a tiro. Y es que la lucha contra el imperialismo tiene sus renuncias.

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