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Serafín Fanjul

Las caenas del Alakrana

Lo grave es que un amplio sector de la población española –¿la mitad?– ve de perlas que se libere a los dos piratas, porque así lo exigen sus compadres.

Serafín Fanjul
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Cuando escribimos, aun no se ha resuelto el secuestro del Alakrana ; sin embargo, a la vista de lo sucedido, sí se pueden extraer graves conclusiones y esperar lo peor para nuestro país, que no para los tripulantes, por fortuna: nadie, en su sano juicio, dejaría de desear la liberación de los rehenes en el mejor estado físico y psíquico posible, pues bastante han sufrido y siguen sufriendo, por ahora.

Pero eso no es todo. Con seguridad absoluta, nos van a vender el desenlace como un gran éxito político y diplomático, bien arropada la indignidad con sentimentalismo, emotividad de familiares y cantos fervorosos a las ventajas de la rendición preventiva. Será un diluvio de gozosos pantalones bajados. Y, como en las interminables jornadas del secuestro, casi nadie osará discrepar con una palabra discordante, por presentarse cualquier crítica u objeción como desconsideración hacia los familiares y falta de humanidad respecto a las víctimas. La falacia es monumental, enésima marrullería burda de politicastros incapaces de prever e impedir los asaltos y siempre dispuestos a valerse de la lógica angustia de familiares y rehenes: ¿alguien se cree que, una vez concluido el secuestro, se van a pedir responsabilidades en serio a nadie y que el PSOE, con sus cómplices habituales, no bloqueará cualquier iniciativa retórica que intente el PP, si la intenta?

Tienen razón los afectados –más bien las afectadas, que son quienes hablan– al afirmar que no es lo mismo vivir el secuestro en primera persona como víctima directa que opinar sobre él, pero no la tienen al pretender condicionar y dirigir la actuación del Estado al que recurren. Podría pensarse, en un primer análisis superficial y no poco optimista, que Rodríguez está recibiendo su propia medicina, la que aplicó de manera desvergonzada a J.M. Aznar con motivo del Prestige y –mucho más grave– en ocasión del 11-M. (la demagogia enloquecida de culpar al Gobierno de los atentados), pero nada más lejos de la realidad: a los manifestantes de hoy les importa una higa la responsabilidad de Rodríguez, sólo quieren que resuelva –"como sea", el maestro del "lo que sea"– su problema. El resto no les interesa, ni lo de antes ni lo que venga, incluidos otros pescadores vascos (y gallegos, de los cuales se habla menos porque son más educados y menos agresivos).

Cuando "exigen" la liberación de los dos piratas detenidos (déjense de cuentos, se trata de liberarlos y punto, con las artimañas leguleyas que venga en gana esgrimir) están jugando exactamente la baza anhelada por Rodríguez: "el pueblo exige" la libertad de los bandidos, lo cual cuadra a la perfección con la definición de patriotismo del prócer ("Hacer lo que la gente quiere"). Eludir una vez más sus obligaciones como presidente del Gobierno se convierte en sagrado mandato popular, como con el Playa de Bakio, en la negociación con la ETA o en la fuga de Irak.

Pero no valdría la pena perder el tiempo escribiendo una sola línea para repudiar el papelón de incompetencia y cobardía del Gobierno. Aquí hay otro aspecto mucho más grave y determinante de los actos de Rodríguez: un amplio sector de la población española –¿la mitad?– ve de perlas, normalidad total para lo que es nuestro país, que se libere a los dos piratas, porque así lo exigen sus compadres, o eso nos cuentan: ¡pelillos a la mar y sigamos la siesta! Y no nos referimos a las familias, cuyo estado de ánimo está condicionado de forma decisiva por la situación. Es la misma demagogia medrosa que en el 11-M hizo ponerse de parte de los terroristas –exculpados implícita y explícitamente– a muchos bien pensantes ciudadanos que se refocilaron encantados en la condena de Aznar. Es la misma miseria, vieja de dos siglos, que aclamaba a Fernando VII con el vergonzoso "Vivan las caenas", ignominia hasta en su tiempo. Entusiasmo y apoyo para quien nos daña y humilla. Ahora, pomposamente, se llama "Síndrome de Estocolmo", pero nosotros, siempre punteros y vanguardistas, ya lo teníamos inventado.

Y para terminar, una pregunta desagradable: ¿cuánta gente se solidarizó y manifestó en Bermeo por Miguel Ángel Blanco cuando la ETA lo secuestró, chantajeó al Estado y acabó asesinándolo? ¿Es que la vida de un albañil de origen gallego vale menos que la de un pescador vasco?

P.D. Respuesta a El Caball: Con mucho retraso he visto su mensaje de agosto pasado. Contestaré por extenso en algún artículo próximo.

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