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Serafín Fanjul

Los Azara

una vida de riesgo de la que el cine español debería ocuparse, para ofrecernos un poco de aire fresco, incapaz como es de salirse de las plúmbeas historietas de la Guerra Civil, los niños de Entrevías o los macarras de Lavapiés

Serafín Fanjul
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El pasado 26 de enero se cumplieron dos siglos del fallecimiento de José Nicolás de Azara (Barbuñales, Huesca, 1730 – París, 1804) y –que sepamos– ningún interés ha despertado su recuerdo (Si en su pueblo, o en Huesca, por aquello de los valores locales, se acordaron de él, pido excusas parciales). Indiferencia ignorante, tal vez, o mero anticipo de la cruzada rojita contra las conmemoraciones que nos anunció Cecé y de la cual tuvimos otro adelanto en el ninguneo a Fernando III hace dos años al cumplirse los 750 de su muerte en Sevilla. De nada le sirvió estar enterrado en la ciudad, ni ser el único monarca español que ascendió a los altares, ni siquiera ser el verdadero fundador de Andalucía con la reconquista del Valle del Guadalquivir. Ni la Junta de Andalucía ni el Ayuntamiento de Sevilla se dieron por enterados, porque era "el año de Cernuda", con lo cual demostraron por enésima vez que unas conmemoraciones –como las personas– son más iguales que otras. Porque si el actual gobierno no está para Fernandos ni Azaras (la verdad es que el anterior, tampoco), ni para celebrar a nuestra manera la toma del Peñón por los ingleses (por ejemplo, cerrando la verja o expulsando a cuanto parásito gibraltareño vivaquea en la Costa del Sol), al parecer sí hubo claros clarines para Maimónides que –dicho sea de paso– en todo esto no tuvo otra culpa sino nacer en Córdoba y salir de ella siendo joven sin retornar jamás. Pero aquí no hablamos del mero discurrir del calendario (todos los años hay algo, claro) sino de olvidos, de desprecio por nuestra gente, de vacío bobalicón de colonizados hasta la médula, empezando por los supuestos antiimperialistas que tanto se avergüenzan del pasado de nuestra nación: ¿cómo pensarán separar al Arcipreste de Hita de la Castilla que le rodeaba? ¿Cómo congratularse –y beneficiarse– de la extensión de nuestra lengua execrando el medio con que se hizo? ¿A qué identidad pretenden adherirse, aparte de la aldeana?
 
Nicolás de Azara, marqués de Nibiano, dedicó su vida al servicio del estado en la administración y diplomacia: Oficial de la Secretaría de Estado, Encargado de Negocios en Roma, Ministro plenipotenciario, Consejero de Estado (1789), embajador en Roma donde protegió como pudo al Papa Pío VI cuando los franceses lo depusieron en 1798, debiendo bandearse entre la mediación ante fantoches crueles como Berthier, Leclerc o La Reveillère y mano izquierda con el populacho romano y los pujos revolucionarios de los soldados del Directorio. Pese a todo, el Papa acabó de excursionista forzado por Dijon, Grenoble y Valence y Azara de embajador ante Napoleón, falleciendo en París en 1804. Pero, con haber sido significativo su desempeño como diplomático, lo más interesante de su vida fue su carácter enciclopedista, aficionado y protector de las artes en sus estadías romanas, erudito y filólogo, cuyas reflexiones sobre el estado sociopolítico de la España del tiempo rezuman amargura y tristeza al percibir día a día el hundimiento inexorable de su patria, en manos de la camarilla de Godoy y María Luisa de Parma. Un hundimiento que, por su bien, no alcanzó a vivir. Y en nuestros días, mera continuación del arrinconamiento de José Nicolás, sus Memorias hubieron de publicarse , en 1994 ¡en Francfort del Meno! gracias a la meritoria labor de G. Sánchez Espinosa. Para completar el esperpento de contradicciones, la edición fue patrocinada por un banco español y conseguir un ejemplar al nada módico precio de 15.000 pts. constituyó una de las grandes hazañas en la vida del abajo firmante. Azara adelanta un dictamen sobre la situación política que resulta de una dramática actualidad: "Lloro únicamente los males de mi Patria, la que teniendo tanta proporción para ser feliz está reducida al estado más miserable y a representar el último papel en la Europa y a ser cuasi ignominia el nombre español. Todo por ignorancia, avaricia, intriga, libertinaje de los que están a la cabeza del gobierno, que sacrificarían diez Españas al menor interés personal. Ni creo que pueda suceder diferentemente por que los buenos o huyen los empleos, o los apartan de ellos no simpatizando con las máximas corrientes; y los que se buscan para ocuparlos son homogéneos a ellos, o se hacen presto a sus mañas..."
 
Pero cambiemos de hemisferio. Si usted es uno de los contados españoles que visita ese maravilloso –y desconocido– país que es el Paraguay, tal vez se tope en el centro de Asunción con el rótulo de una calle : Azara. Y como somos hijos de nuestras circunstancias y no siempre responsables de nuestros desconocimientos, es muy posible que ignore de quién se trata. En breve: Félix de Azara, nacido en Barbuñales en 1746 y fallecido en Huesca en 1821. Y en medio de ese lapso una vida aventurera y novelesca, plena de amor al estudio, a su país y al esfuerzo que, en frecuentes ocasiones, tuvo que costearse a sus expensas. Hermano de Nicolás y militar del arma de ingenieros, fue gravemente herido en la expedición contra Argel en 1775 y nombrado por Carlos III en 1781 como cartógrafo miembro de la comisión que delimitaría las fronteras entre los imperios español y portugués en la vaga geografía de los territorios de las Misiones y el suroeste del actual Brasil, un cometido que los lusitanos dificultaban cuanto podían por mantener el contrabando inglés y porque ayer –como hoy los brasileros, por ej. en la Cordillera de Amambay- lanzaban pobladores por delante para reclamar después la soberanía de la tierra.
Mas la principal tarea de Félix de Azara terminó siendo la zoología, la observación, estudio y conservación –vivos o muertos y según los medios técnicos de la época- de las especies animales de Misiones, el Chaco y Corrientes. Para sus exploraciones más largas y fatigosas no dispone sino de sus propios recursos: "Como esperaba que los virreyes no me darían permiso ni ayuda, resolví cargar solo con la empresa pero sin perder un instante de vista el objeto de que estaba encargado". Diríase que está hablando del rectorado de una Universidad actual o de los entes burocráticos que otorgan, o no, ayudas a la investigación. Y, pese a tantas dificultades, en los veinte años que permaneció en Sudamérica aportó una ingente producción escrita en la que rebatía parcialmente a Buffon y que más tarde utilizaría Darwin para fundamentar su teoría de la evolución (Apuntamientos para la Hª natural de los páxaros del Paraguay y Apuntamientos para la Hª natural de los cuadrúpedos del Paraguay). Gracias a los buenos oficios de su hermano el embajador se tradujeron al francés sus Ensayos, dándose así a conocer al mundo científico europeo ya en los albores del XIX, con gran admiración de zoólogos como Cuvier y La Cépède. Y no huelga añadir que si hoy conocemos sus Viajes por la América Meridional se debe a la traducción francesa que realizó su biógrafo Walckenaer, siendo vertida de nuevo al español muchos años después de la muerte de Azara. Pese a celos, envidias y mala fe, el espíritu del científico entregado y serio le acompaña: "Yo tenía y tengo grande desconfianza de mi trabajo: soy un soldado que jamás ha mirado un animal con atención hasta ahora: carezco de libros y de todos los medios de adquirir noticias e instrucción: soy un naturalista original que ignora hasta los términos y grande parte de mis apuntaciones se han hecho sin silla, mesa ni banco, con la torpeza y disgusto que acompañan a la excesiva fatiga".
 
Retratado por Goya entre papagayos, tatúes y cacatúas; contemporáneo al final de su vida de la pérdida de las Indias a las que tanto esfuerzo y amor dedicó; una vida de riesgo de la que el cine español debería ocuparse, para ofrecernos un poco de aire fresco, incapaz como es de salirse de las plúmbeas historietas de la Guerra Civil, los niños de Entrevías o los macarras de Lavapiés. Una vida –como las de tantos otros españoles– ignorada por nuestro gran público. Si los peliculeros nos piden ideas, estamos prestos a darles un ciento –y sin cobrar– porque estas líneas no son la válvula de escape, mezcla de nostalgia y lamento, que periódicamente media España profiere contra la banalidad y despreocupación de la otra media. Es incomodidad con nosotros mismos, quizá ingenuo regeneracionismo, negativa a la rendición. Y olvídese cualquier división en izquierdas y derechas, cómodo reparto de papeles de buenos y malos: en este peregrino tute arrastrado jugamos todos y todos perdemos.

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