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Serafín Fanjul

Madrid, ciudad sin ley

El pleno municipal –es decir, la mayoría del PP– acaba de aprobar una ordenanza para combatir el ruido, con medidas punitivas y un amago general de que sí, que en esta ocasión la cosa va en serio.

Serafín Fanjul
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El centro de Madrid es una cochambre. "No hay que exagerar, yo lo veo bien", apostillará el buenista despistado que no se percata de lo que no quiere. "No sólo el centro", concluirá el pesimista de colmillo retorcido. Por no dilatar la cuestión, nos ceñiremos al centro por cuanto luego se verá. El Ayuntamiento gasta ingentes sumas para embellecer, o meramente adecentar, calles y plazas; renovando pavimentos, inventando jardincitos no siempre cursis ni absurdos; restaurando edificios y financiando el arreglo de otros; comprando papeleras, bolardos, marquesinas, un sinfín de cachivaches caros, de instalación más o menos complicada. El esfuerzo implica a los vecinos que durante meses y años –vidas enteras– padecen las obras. Y, sin embargo, caminar por el centro produce escalofríos de repugnancia, si no carecemos de ojos y... oídos. En balde meterse a comparar con otras ciudades, incluso españolas: sólo sirve para sumirnos en la desesperación.

Desde que la impunidad de gamberros y macarras señorea nuestras calles, el distrito centro es una cloaca. No faltan leyes, sino ganas de aplicarlas y como consecuencia el salvajismo hace luengos años que destroza la urbe y... a sus habitantes.

"En Spanien –me dice un niño chico medio español que vive en Alemania– hay muchas cacas y muchas pintaduras", retrata con precisión de ojos todavía limpios. En efecto, paredes, cierres, puertas, estaciones de autobuses o de metro, estatuas, monumentos renacentistas o barrocos, todo está empercochado por los cerdos armados de pulverizador de pintura, o con meros rotuladores de dibujo infantil. Ensuciar es una gracia, destruir ya merece galardón. Rayan los cristales de los transportes públicos, pintarrajean cualquier cosa, las vomitonas certifican el paso y la firma de esta gentuza despectiva con la sociedad que, tontamente, le da de comer.

Y el ruido. No voy a extrapolar de lo particular a lo general, no más a levantar acta de un caso, al que se pueden sumar muchos miles. Un amigo, que más que habitante quiso ser poeta, se fue a vivir a la Plaza de la Provincia, frente al Ministerio de Asuntos Exteriores. A lo largo de tres años disfrutó –sobre todo en primavera y verano– del barullo de las terrazas nocturnas, de peleas de mendigos borrachos, del gitano rumano que, puntual, destrozaba siempre la misma pieza, de los berridos normalizados como medio de comunicación entre celtíberos. Redactó manifiestos, cartas, memorandos –que muy pocos vecinos quisieron firmar–, se encabritó por el correspondiente concejal que, naturalmente, jamás le recibió; juró no votar nunca jamás al PP. Tesonero, llamó a la Policía Municipal, cuya respuesta anduvo entre no darse por enterada y concluir con la consabida excusa inapelable: "Habemos mu poco personal". Todo en vano. Hasta que se largó a barrios más difusos, donde la porquería, repartida, se nota menos; lejanos del Madrid de los Austrias y sus hermosas callejas y plazuelas, pero en los que resulta más fácil guarecerse en un séptimo piso. ¿Para qué seguir?

Ahora, el pleno municipal –es decir, la mayoría del PP– acaba de aprobar una ordenanza para combatir el ruido, con medidas punitivas y un amago general de que sí, que en esta ocasión la cosa va en serio. Han aceptado algún retoque propuesto por IU para no criminalizar ni amolar en exceso (por ejemplo, requisando instrumentos) a los charros mexicanos, fingidos o reales, que amenizan la tarde en Sol y que a nadie molestan, creo; al violinista de dignidad y partitura; a la vieja del violonchelo que hace lo que puede. Todo razonable. Pero hasta la misma IU ha salido por los Cerros de Úbeda con aquello de que "los coches de los ricos contaminan y hacen más ruido": éstos todavía no saben que "los coches de los pobres" contaminan más, por la sencilla razón de ser mucho más numerosos.

Pero la demagogia buena, la fetén, la de siempre, la brinda... adivine el discreto lector. Sí, ésos que prohíben fumar en los bares, prohíben circular a 120 kilómetros por hora, prohíben (por acción y por omisión) los toros en Cataluña, prohíben los chiringuitos en las playas, prohíben visitar el Valle de los Caídos, prohíben a los niños catalanes hablar en castellano hasta en el recreo. Y quieren prohibir las grasas, el vino, el desliz/desahogo de llamar gordo a un gordo que te caiga gordo. No obstante, los socialistas madrileños ya han anunciado que recurrirán la norma ante los tribunales, no fuese alguien a pensar que ellos no perseveran en lo que siempre estuvieron, con la bronca, el bochinche, el río revuelto, su perpetuo caladero de votos. A demagogia no les gana nadie y si Pérez Rubalcaba no titubeó un instante para sabotear la reforma educativa que había pactado con la entonces ministra Esperanza Aguirre, aunque el precio fuera terminar de arrasar el sistema de enseñanza (vean los resultados quince años más tarde), los concejales socialistas no permitirán que en el centro de Madrid haya un poco de civismo y cordura: ¿cómo van a consentir semejante éxito para el PP? En caso de que el intento fructificase. Observen cómo tiene el compadre Berzosa la Complutense. O cómo tenía la UAM el tal Gabilondo: ¿de qué me suena ese apellido?

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