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Serafín Fanjul

Melilla (y Ceuta)

El verdadero y trágico panorama de más de cien mil españoles es que muchos de sus compatriotas están prestos, por omisión, a empaquetarlos por el túnel del tiempo, atados de pies y manos, rumbo a la Edad Media

Serafín Fanjul
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Es ocioso perder el tiempo demostrando, o criticando, la intervención directa de Marruecos en los asaltos a las vallas fronterizas de Ceuta y Melilla. Sólo gentes muy desvergonzadas –las hay– pueden fingir que no lo saben o carecer de pruebas fehacientes. Sin el apoyo –y digo apoyo, no tolerancia o vista gorda– de la corruptísima policía marroquí, de los gobernadores, del aparato completo del Majzen, sería imposible la penetración de un solo africano en esas ciudades. Y, por cierto, dicho sea de paso porque ésta sí que es buena: ¿saben nuestros progres que el lema de la Gendarmería marroquí es “Dios, Rey, Patria” (Allahu, al-Malik, al-Watan)? ¿Les suena de algo? Me temo que no.
 
Y no más un ejemplo paralelo en el conjunto del problema y de resultado diametralmente opuesto. En verano de 1994 Fidel Castro, para presionar al gobierno estadounidense, levantó la vigilancia en sus costas, lo cual significó una invitación directa a muchos miles de cubanos para escapar en masa valiéndose de barquitas que hacían agua o de inverosímiles artilugios híbridos de bicicleta, neumáticos y motorcillos. La caraba. Pero lo que ahora interesa resaltar de aquellos días tremendos tras la fuga de muchos miles de personas, es el acuerdo a que llegaron los dos países implicados: unos seguirían impidiendo la salida y otros empezarían a prohibir la entrada. Sin meternos en los aspectos morales del asunto, podemos convenir en que, a efectos prácticos, la solución fue útil para ambos estados y que se mantuvo dentro de lo posible a la sazón. Estados Unidos se libró de avalanchas desordenadas de inmigrantes y a la población cubana se adjudicó un cupo de 25.000 visados anuales que, dada la afluencia masiva, viene repartiéndose por sorteo desde entonces, el famoso Bombo por el que suspira medio millón de postulantes. Y Castro recibió garantías de “ese Norte revuelto y brutal” de no ser sometido a desestabilización ninguna, verbalidades aparte. Pudieron llegar a un acuerdo porque uno de los firmantes es lo bastante serio como para mantenerlo, en especial si le interesa y el otro, pachangas a un lado, conoce muy bien cuáles son sus límites y sus conveniencias. El enfrentamiento político no fue óbice para cortar el flujo migratorio irregular.
 
Aquí también disponemos de un brazo de mar que dificulta la invasión de clandestinos, excepto en Ceuta y Melilla cuyas fronteras son terrestres y que de modo recurrente asoman o se ocultan en nuestros medios de comunicación en función de la presión marroquí o de los olvidos y silencios de nuestros gobiernos, habitualmente más proclives a disimular y mirar para otro lado antes que a defender los derechos de las poblaciones amenazadas. Para consumo interno suelen reaparecer interminables peroratas sobre Derecho Internacional que a nadie importan y nadie se cree y de las cuales no hay la menor noticia un milímetro más allá de nuestras fronteras. También se sacan a pasear argumentos históricos más o menos exactos y discutibles pero que se podrían resumir en la muy repetida aseveración “Melilla es de España muchos siglos antes de que existiera Marruecos”. A nuestro juicio, es irrelevante en la vida real si la historia del país vecino empezó con la independencia en 1956, o si los imperios medievales y de la Edad Moderna que allí se sucedieron (Idrisíes, Almorávides, Almohades, Benimerines, Wattasíes, Sa’díes, ‘Alawíes) se pueden considerar antecedentes sólidos del actual estado marroquí. A efectos históricos lo importante es que Ceuta (tomada por los portugueses en 1415) desde 1640 y Melilla desde 1497 son territorios de España y sus habitantes españoles. Este sí es un dato de peso.
 
Pero está la Geografía, bendición y maldición simultáneas para esos españoles de Ultramar. La ubicación ha determinado la importancia estratégica de Ceuta y Melilla así como su carácter de vía de comunicación comercial con el norte del país, pero también ha marcado y marca de forma absurda pero universalmente aceptada –digamos la verdad, por poco que nos guste– el carácter marroquí que sustenta el derecho a descolonizar ambas poblaciones. Quienes las conocemos relativamente bien y sabemos de su verdadera situación cultural, social, económica y –aun– poblacional, podemos proclamar la sinrazón de semejantes pretensiones, pero vaya usted a cualquier país del mundo con tal pepla, incluidos los de nuestra América. Y por supuesto, los norteamericanos y europeos que tuvieron buen cuidado de dejar fuera de la OTAN y del tratado de la Unión a las “colonias” de España, aunque la Martinica francesa o Guayana –pese a su lejanía– estén bien incorporadas. Conseguimos la cuadratura del círculo: estamos solos y, además, muy mal acompañados por los franceses –esos amigos que tanto nos quieren y a quien tanto debemos– frente a la segura agresión que, por una u otra vía, acabará perpetrando Marruecos. Los de ahora son escarceos exploratorios, jaleados por la cobardía habitual de este gobierno de rendidos preventivos; por la estupidez analfabeta de la izquierda española que, para encubrir su inhibición y abandonismo, se limita a mirar el mapa pidiendo “descolonización”, sin importarles nada las gentes involucradas; y por el grito de rendición de personajes de la talla de un Máximo Cajal, suprema coartada intelectual que puede enarbolar el gobierno. Casi ná.
 
Porque el auténtico problema de Ceuta y Melilla –hoy por hoy– no es Marruecos. De idéntica forma que la amenaza para la unidad nacional no reside tanto en los pitufos catalanes y vascos que la socavan como en un amplio sector de nuestra sociedad, de profesión sus inhibiciones y muy dignamente representado por Rodríguez, maestro en fugas preventivas e inspirado entusiasta en su musa Cajal: a tal señor, tal honor. El verdadero y trágico panorama de más de cien mil españoles es que muchos de sus compatriotas están prestos, por omisión, a empaquetarlos por el túnel del tiempo, atados de pies y manos, rumbo a la Edad Media. Y si no, que se vengan para acá con lo puesto y ya veremos el modo de desentendernos de ellos con el menor coste posible y en el mejor estilo socialista: total, no sé por qué se mosquean tanto, con lo diver y guay que es bajarse al moro y ponerse ciegos de costo en Chauén.
 
Pero no desesperen demasiado ceutíes y melillenses: otros muchos españoles no estamos dispuestos a permitir que se les abandone, como a las víctimas del terrorismo y como a cualquiera que sostenga que la Nación Española merece algo mejor de lo que tiene.

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