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Serafín Fanjul

Misión imposible

Disponemos de perspectiva suficiente de años para calibrar el carácter racista y excluyente de los movimientos indigenistas que progres y buenistas apadrinan en América, cada quien por sus motivos, que no siempre son mera ingenuidad.

Serafín Fanjul
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Han vuelto a pasar en televisión, por enésima vez, la película La Misión. Como ya hemos señalado en otras ocasiones a propósito de diversos momentos históricos, es irrelevante que una ficción fílmica o literaria adapte y moldee a las conveniencias de un guión los sucesos conocidos y bien probados. Esto, en sí mismo, no es grave ni habría por qué darle importancia de no suceder, como sucede, que la inconmensurable carencia de datos, de información – de conocimientos, vaya– sobre el pasado que sufre nuestra gente (no consuela nada que otros anden igual o peor) induce a confundir realidad y ficción, con el resultado lamentable de que las ocurrencias de los guionistas de Hollywood terminan sacralizándose como verdad histórica mediante la creación de imágenes e interpretaciones convertidas en indestructibles por la repetición masiva. No estoy descubriendo nada nuevo, pero es así.

Hace unos años, jóvenes que hacían méritos para revolucionarios, tan ayunos de información sobre la Historia de América como sobrados de odio a su país, pululaban por mesas redondas y folklores varios por las asociaciones de vecinos de los arrabales madrileños del sur de la capital llevando a quienes querían oírles la buena nueva, tan original, de las maldades y horrores de la conquista y poblamiento por españoles de gran parte del continente americano. Como prueba documental proyectaban esta cinta, con lo cual oyentes y parlantes se quedaban como estaban, sin saber una palabra acerca de cuanto allí ocurrió pero, eso sí, reforzados en su aversión al país que les da de comer a diario.

En la película se mezclan épocas diferentes, personajes distintos y sucesos históricos reales con otros imaginarios. Insisto en que, si todo fuera eso, no estaríamos escribiendo este artículo. La biografía del jesuita Antonio Ruiz de Montoya (en el filme llamado Mendoza e interpretado por Robert de Niro), que vivió en la primera mitad del siglo XVII, se traslada a mediados del XVIII para engarzarlo en la Guerra Guaranítica acaecida a raíz del pacto de límites de Madrid (1750) entre España y Portugal y cuyos efectos fueron eliminados por el Tratado de San Ildefonso (1777) porque Carlos III, que no era tonto, no estaba dispuesto a mantener lo que firmara su hermano.

Pero se involucran más cosas: la expulsión de los jesuitas (1767) de los territorios de España; la pugna de la Compañía con el poder civil por el control de indios y tierras, en principio para protegerlos pero, de hecho, para ocupar el papel de la Corona y de la administración virreinal, porque se trataba de "sus" indios (vean la majestuosidad y proporciones de la Plaza de Armas de Trinidad, más grande que la Plaza Mayor de Madrid y de la que los Padres estaban orgullosísimos); la torpe actuación de los funcionarios en todo lo referente a la fijación de fronteras; el expansionismo brasilero (que no ha cesado), etc.

Algunos hechos históricos se ignoran o frivolizan y reducen al menudeo del guión, por ejemplo la recuperación posterior de las reducciones al este del río Uruguay, o la constitución de auténticos ejércitos de indígenas comandados por los jesuitas –y con autorización para usar armas de fuego, excepción bien rara en América– que llegaron a derrotar en el río Mbororé (1641) a los bandeirantes paulistas que entraban en territorio español a cazar esclavos. Después de eso, los mamelucos de Sâo Paulo se contuvieron en tales desmanes. La dirección de los indios en la Guerra Guaranítica por parte de los jesuitas se reduce a una ventolera que afecta a un par de frailes y la matanza del río Caaybaté se queda en una versión tropical con aves del paraíso de las escabechinas de sioux o cheyennes de Norteamérica. Nada se dice de los esfuerzos de los ilustrados españoles del tiempo – verbigracia Félix de Azara– por quitar a la Iglesia el mucho poder temporal que acumulaba en América y que la Corona le había ido cediendo.

Tanta simpleza es desoladora, pero aun lo es más la coletilla final de exaltación indigenista con que los productores rematan su obra. En nuestros días ya no cabe alegar ignorancia: disponemos de perspectiva suficiente de años para calibrar el carácter racista y excluyente de los movimientos indigenistas que progres y buenistas apadrinan en América, cada quien por sus motivos, que no siempre son mera ingenuidad. En vez de fomentar la integración y participación en los estados nacionales ya constituidos, exigiendo sus derechos y asumiendo sus obligaciones como compatriotas que son de blancos y mestizos, se aplican a fantasías o manifiestos abusos, como promover los cultos prehispánicos y otras boberías semejantes, pretender el establecimiento de estatus jurídicos diferenciados, aperrear a las empresas que invierten por allá, expropiar a blancos y discriminar social y culturalmente cualquier cosa que no porte la vitola del indigenismo. Como si cholos, mulatos o güeros regüeros no fuesen tan americanos como ellos. Y todo planteado en términos de venganza histórica con el entusiasta concurso de sabios de por acá: Rodríguez, la Pajín y el inolvidable Marchesi como garantes de nuestras relaciones culturales con Iberoamérica, ¡qué miedo! La chompa de Morales, los berridos de Chávez o el acoso de Correa a los diputados opositores encandilan a esta tropa de descerebrados.

Ahora una oenegé, o cosa por el estilo, de nombre Ecologistas en Acción, se descuelga con la majadería de que el Gobierno español destine los dineros que obtenga de los pecios saqueados por Odyssey a los indígenas americanos, "sus más legítimos propietarios". Sospecho que tal llamado sólo busca publicitar a la susodicha oenegé, en estos crudos momentos en que en la Declaración de la Renta debemos marcar –o no– en la casilla de "Asignación a fines sociales", si queremos –o no– contribuir a la manutención de estas cofradías de bienpensantes profesionales con estómagos insaciables.

No hay que ser un lince –hasta un ecologista es capaz– para percatarse de que ningún Gobierno español va ni a oler una sola pelucona de las diecisiete toneladas expoliadas por Odyssey, ni cuando las gallinas hagan pipí. Y creo que el discreto lector no precisa de mayores explicaciones, por la evidencia de cuanto refleja este aserto, pero mientras Dixie se divierte soltando bravatas (¡bravatas de ministra socialista!) y Exteriores embrolla la vaina con farragosas apelaciones y cantos al Derecho Internacional, al Derecho del Mar y a no sé cuántos derechos más, los Ecologistas en Acción aprovechan la ocasión para malmeter y autoflagelarnos otro poquito más por nuestras maldades. El siguiente paso es ofrecerse ellos mismos a "desarrollar proyectos" en beneficio de los indígenas, supuestos propietarios indiscutibles y únicos de la plata. ¿Por qué no leerán más y hablarán menos? Misión imposible.

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