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Serafín Fanjul

Na beira do mar

Mal pueden pedir respeto y justicia para sus muertos quienes son incapaces de respetar a los ajenos.

Serafín Fanjul
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Como siempre que puedo, he recalado en estos días en un pueblo marinero de las Rías Bajas que tengo algo por mío después de una relación de muchos años. Cuando fue lo del Prestige, tripulantes, armadores, mariscadores y vecinos en general lucharon con tesón por impedir que el chapapote entrase en la Ría y después por limpiar las playas. Un mes y medio más tarde, recorrí mis playas de toda la vida y, en general, las vi muy presentables, gracias al trabajo de la población, a las ayudas desinteresadas de muchos voluntarios y a la atención de las autoridades gallegas y nacionales. Sin embargo, el patrón mayor de la cofradía de pescadores (del BNG) no tuvo ningún empacho en afirmar meses después en TVE que todo seguía contaminado de brea. En las elecciones municipales de mayo de 2003 ganó el PP por mayoría absoluta, fenómeno que nunca había ocurrido antes, pues el electorado era más bien "de izquierda" o resueltamente comunista desde los principios de la democracia. Como sucediera en Muxía (el lugar más afectado por el hundimiento) la gente, una vez superado el desconcierto inicial, pudo ver cómo se volcaron con ellos en las indemnizaciones, en la gestión del proceso de adecentamiento y en la salvaguarda y promoción comercial de marisco y pescado en cuanto fue posible. Pero tengo para mí que también influyó en el vuelco hacia el PP la hartura provocada por la presión agresiva desarrollada por el Bloque, el PSOE y la ya fantasmagórica Esquerda Unida.

Con motivo del naufragio, en este pueblo, como en otros de la costa, se acosó a los simpatizantes o militantes del PP de forma salvaje –incluido el mismo Rajoy–, como si hubieran hundido ellos el barco adrede. Prolongar la crispación tres o cuatro años después, como se practica en poblaciones del interior de Orense y Lugo, que no ven la realidad, sin apearse de los cartelitos del Nunca mais, no beneficia nada a los suevos de las rías, que también viven –y gracias a Dios, bastante bien– del turismo. La gente se hartó y acabaron votando al PP, por convicción o por mero instinto de supervivencia frente a las presiones: como en otros muchos puntos de nuestro país, no faltan las pintadas insultantes, las proclamas de que éste o aquel territorio no es España y la frecuente exhibición de poca cultura y menos respeto al prójimo.

Y de tal suerte llegamos al monolito local a los Caídos, por cuya proximidad no pasaba desde hace algún tiempo. O no había reparado. Como es sabido, en todos los pueblos y ciudades de España tras la Guerra Civil se erigieron monumentos de diverso porte y aparato en Recuerdo a los Caídos del bando nacional, ya fuesen meras lápidas adosadas a la iglesia, estatuas o monolitos con los nombres de los muertos naturales del lugar. La exclusión de los otros caídos en acción de guerra, o asesinados, estuvo bien fea, pero en el año 40 no se podían pedir peras al olmo. Por añadidura, tenemos la seguridad absoluta –nos conocemos demasiado bien en este pueblo– de que si hubieran ganado los otros, esos definidos por Peces como "los buenos", la marginación y aplastamiento de "los malos" habrían sido norte y guía de los vencedores. Aun ahora, cuando ya "los buenos" tuvieron sus años de gales y filesas y plagaron el país de contramonumentos más bien antiestéticos (vean el Prieto y el Largo de Nuevos Ministerios), con lápidas y denominaciones de calles a base de apellidos discutibles al menos, la estupidez o el odio, o ambos de consuno, se ensañan ofendiendo a los muertos de enfrente. Como en mi pueblo marinero.

El monolito, los nombres cincelados, el entorno, aparecían estercados y embadurnados con pintura roja y tachados con una leyenda poco amable: "Despois da de Madrid, agora tócache a ti". Por supuesto, desconozco si estos vándalos –que no suevos, mal que les pese– cuentan con algún familiar directo perdido en aquella incivil guerra, pero de algo sí estoy completamente cierto: mal pueden pedir respeto y justicia para sus muertos quienes son incapaces de respetar a los ajenos.

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