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Serafín Fanjul

Nemine discrepante

Serafín Fanjul
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Que nadie discrepe, objetivo máximo del actual gobierno como paso previo al establecimiento final del PRISOE, un régimen de felicidad sin gales ni corrupción institucionalizada y de altísimo nivel cultural y cívico. En lo que quede de España dentro de veinte años, claro. Del reciente dictamen del grupo de expertos sobre los Papeles de Salamanca se han destacado varios aspectos según el punto de vista de quien opina (que nadie votó en contra, que es parte del precio por el apoyo coyuntural de los separatistas catalanes, que los archivos en elemental lógica archivística no deben trocearse, que es una restitución, que simboliza la rendición de Rodríguez, que "cierra la puerta al franquismo", que detrás vendrán otras reclamaciones de estos independentistas y de otros, o de cualesquiera, etc.), pero aquí preferimos fijarnos en una faceta diferente: el alegre desparpajo con que muchos políticos disponen de nuestro patrimonio histórico y cultural, con mucha mayor osadía y despreocupación que si fuese suyo, porque en tal caso andarían con fino ojo antes de partir, prestar, ceder, mover o alterar museos, archivos, bibliotecas, cascos urbanos, edificios antiguos, montes y campos o ceremonias tradicionales que, objetivamente, a nadie perjudican.
 
Para ser justos, fuerza es admitir que ningún partido se salva de la crítica en este terreno, pero también es equilibrado otorgar en él la palma de oro y brillantes al PSOE, en cuanto tiene la menor oportunidad de ejercer el poder. Sus objetivos son otros muy distintos de la Cultura, de la preservación del patrimonio nacional o de conservar el inmenso legado artístico que hemos recibido del pasado y que, en ocasiones, dudo nos merezcamos. Colectivamente, quiero decir. Si al PP se le pueden recordar la Plaza del Mercado de Ávila, las jaimitadas de Ruiz Gallardón y sus deletéreas musas o la discutible ampliación del Prado, a un grupúsculo como IU, pese a sus microscópicas responsabilidades de gobierno, se debe la entrega por J. Anguita de la Torre de la Calahorra a la Fundación R. Garaudy para montar una mamarrachada encaminada a difundir el integrismo islámico, amén de haber entregado dos iglesias en la misma ciudad de Córdoba para el culto musulmán. No obstante, PSOE y adláteres mejoran a todos, aventajados como son en el arte de mudar con su varita mágica el barro en fosfatina: desde capar las celebraciones de la Toma de Granada el 2 de enero con sandeces multiculturalistas hasta ceder el Castillo de Montjuic a los secesionistas catalanes; desde intentar Cecé –la cuñada del misionero islámico en Chiapas–, cuando era consejera de Cultura de Andalucía, que se prestase la Catedral-Mezquita de Córdoba a unos peliculeros para que la desbaratasen a su antojo, hasta vivir obsesionados cambiando nombres de calles, o estatuas de sitio, o estudiar el cierre del Valle de los Caídos, o pretender modificar el escudo de Aragón. La majadería anda suelta.
 
Ahora toca al Archivo de la Guerra Civil en Salamanca: con un elenco de expertos nombrados a dedo y un presidente, Federico Mayor Zaragoza, que defiende aquí lo contrario de lo que sostenía cuando presidía la UNESCO, en aquellos tiempos en que fungía de cobista zascandil implorando votos tercermundistas para ser reelegido; o con una Cecé que, de ministra, mantiene lo opuesto a lo que mantenía como consejera de la Junta de Andalucía respecto a la preservación del patrimonio cultural. Un tíovivo de oportunismos, inconsecuencias, irresponsabilidades e ignorancia de quienes deberían ser garantes de lo mejor que nuestro país posee, su legado cultural, atesorado y acumulado durante siglos por muchas generaciones de españoles. Nada importa. Y si un día se metieron a opinar y decidir por votación si el catalán y el valenciano son una misma lengua, ¿por qué no van a desguazar un archivo, total cuatro papeles viejos y mugrientos? Bien es cierto que en una tierra donde una parte de la población –los progres, casi todos– se preocupa más de la capa de ozono que de la ruptura de la nación en que y de la que vive, proclamando así su frivolidad y alienación, puede pasar de todo. Quién sabe si no acabará pasando.

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