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Serafín Fanjul

Ni rey ni roque

En este maremágnum de desmadres, desconsideración general y falta de vergüenza colectiva, lo extraño es la tardanza en dirigir insultos contra las personas de la familia real: se echaba en falta su llegada.

Serafín Fanjul
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Como es natural, desconozco qué piensan todos y cada uno de los miembros de la familia real, sobre todo los afectados directamente por la procaz portada de la revista El Jueves. Imagino que a nadie hace gracia ser objeto de chabacanerías y burlas zafias que ni siquiera se han provocado en ningún plano del comportamiento. Tampoco entraré en la entretenida discusión de si el derecho a la libertad de expresión ampara, o no, esta clase de groserías, porque argumentos a favor y en contra hay unos cuantos: los tribunales decidirán.

El propio rey Juan Carlos, en 1991, hizo un gesto irónico y de encaje humorístico cuando se compró –y pagó de su bolsillo, al parecer– en la Feria del Libro madrileña un ejemplar de Los Borbones en pelota, edición de la obra conjunta de los hermanos Bécquer (Valeriano y Gustavo Adolfo), exhumada por investigadores en la Biblioteca Nacional y en la que se satirizaba explícita y cruelmente, en especial en asuntos morales de cintura para abajo, a la tatarabuelita del actual monarca, doña Isabel II. Por cierto, ya quisieran los dibujantes de El Jueves igualar la calidad de los dibujos editados por El Museo Universal. El libro se hallaba en el contexto de la época, entre revistas satíricas de índole política o social como La Gorda, La Flaca o Gil Blas que, dicho sea de paso, no eran pornográficas sino meramente burlescas. Seguramente, para los modos del tiempo (las décadas de 1860 y 1870) era demasiado fuerte, incluso después de la Gloriosa. Como se ve, no es nuevo hacer blanco a la Corona de mofas de este género.

A nuestro juicio y más allá de lo que dictaminen los jueces, está lloviendo sobre muy mojado. No haré una lista exhaustiva pero –perdón por el retruécano– aquí no se libra ni Dios, en sentido literal. Y, en efecto, la mismísima divinidad sale malherida ante la zafiedad de los españoles que producen imágenes o historias similares y de los ávidos consumidores de tal bazofia. Desde el gracioso montaje del no menos gracioso Krahe ("Un Cristo cocinado para dos personas" que se emitió en la tele de Polanco, el llorado) hasta los originalísimos montajes de la Junta de Extremadura tomando a la Virgen, Cristo, el Arcángel y cuanto haga falta como publicidad prostibularia. Recordaremos también al simpático Rubianes profiriendo aquello de "la puta España" y etcétera, al que una juez catalana (o lo parece) ha declarado inocente: así pues, lector amigo, si le apetece, apenas le pongan un micrófono delante, suelte injurias parejas contra Cataluña, la sardana, el pan con tomate y la señora mare de Maragall (el que más rabie le dé), que habrá jueces dispuestos a absolverle, porque también los hubo por el mismo rumbo para no estimar delictivo llamar furcias a las progenitoras de los militares. Que no decaiga.

En este maremágnum de desmadres, desconsideración general y falta de vergüenza colectiva, lo extraño es la tardanza en dirigir insultos contra las personas de la familia real: se echaba en falta su llegada. Los ofendidos y parientes no han dicho ni pío, como era de esperar, mientras los curritos de las puñetas a las órdenes de Rodríguez se han puesto en marcha por una vez, no porque el Guía se nos haya vuelto monárquico sino, quién sabe, porque un paripé bien hecho puede multiplicar el efecto de escarnio, ¿o es que ofender al Príncipe es más grave que ciscarse en Dios, en la Patria y en lo que sea? Bueno, en "en lo que sea", no, de ninguna manera: es el resumen y compendio de toda la doctrina y pensamiento de Rodríguez. Si la Policía de Alonso persiguió a manifestantes del PP, o si un canario prosaharaui fue procesado por contradecir públicamente al Guía, hasta ahí podíamos llegar, poniendo en discusión tan alto magisterio. Podemos insultar a todo, menos a "lo que sea".

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