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Ni roja ni rota

Un servidor, en su ingenuidad, sigue sin ver contradicción alguna entre nivel cultural, desarrollo económico y afición al fútbol. Pero da mucho tono execrar el fútbol y sale muy barato auparse de tal guisa sobre el vulgo ignorante y manipulado.

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Entre las satisfacciones que nos está deparando el triunfo de la Selección Nacional de fútbol se cuenta el sordo cabreo que traslucen numerosos progres. Aparte los políticos, que deben disimular, o los aficionados a ese deporte, que también los habrá. Por enésima vez descubren –y en ello vienen a coincidir con intelectuales liberales, o de eso que se denomina "la derecha"– que los éxitos deportivos, máxime en balompié, no resuelven los problemas económicos ni sociales, no rebajan la incultura que nos asedia a todas horas, ni apaciguan un poquito el rencor de los separatistas. Manifiestan un entusiasmo sempiterno por que España –"este país", dicen– consiga Premios Nobel de Física o, al menos, de la Paz, sueño inalcanzable desde que Rodríguez haya pasado a pensionista de superlujo y sus ocurrencias (la rendición ante la ETA, la Alianza de Civilizaciones) no parece que puedan ya exprimirse para tan loable objetivo. "No es eso, no es eso", fulmina el progre a quienes nos alegramos por los triunfos de España hasta en el juego de canicas y bebiendo "el vino de las tabernas", que decía Machado. Y seamos, o no, intelectuales: sabe Dios.

No les hace mella que los países punteros en ciencia, tecnología, desarrollo económico, rabien por lograr, ellos también, sonados éxitos deportivos. Y lo intentan y muchas veces con éxito: vean el palmarés olímpico o quiénes encabezan la clasificación mundial en infinidad de deportes. Sin sorpresa alguna, resulta que son, igualmente, Estados Unidos y Alemania, aunque Rusia y China, otros gigantes en diversos campos –pese a sus muy discutibles sistemas políticos– completan el cuarteto de grandes potencias en casi todo. Un servidor, en su ingenuidad, sigue sin ver contradicción alguna entre nivel cultural, desarrollo económico y afición al fútbol. Y si es por el entontecimiento, basta recordar que para eso se puede utilizar cualquier medio, espectáculo, creencia, fascinación. Pero da mucho tono execrar el fútbol y sale muy barato auparse de tal guisa sobre el vulgo ignorante y manipulado.

La exhibición y uso normalizado y festivo de nuestra bandera –sin agredir a nadie– debería constituir otro motivo de alegría, rescatando el símbolo nacional número uno de las catacumbas a que el pensamiento único de los progres lo había condenado. "Mañana lo esconderán", concluye el agorero. O no, o lo verán con la naturalidad con que ha de tomarse, o no serán tan proclives (ésta es una carrera larga, sin triunfos definitivos inmediatos) a aceptar la horripilante combinación de la tricolor de la II República: ¿a quién se le ocurre combinar rojo y morado juntos? Sin embargo, hay que reconocer el acierto pleno de quien inventó lo de "la Roja". El publicitario o periodista que tuvo la idea es, en verdad, un lince: no creo que lo inventara ningún burócrata enchufadete del PSOE. Ni tampoco es fácil desbancar una palabra tan breve y descriptiva, con tanta fuerza, y con la ambigüedad política soterrada que conlleva, propaganda subliminal de la buena (técnicamente) y difícil de contrarrestar, aunque con las riadas de gente celebrando bandera en ristre se demuestra cumplidamente que España de roja, nada. O poquito.

Y lo de rota. Gracias al estallido de júbilo futbolero, vemos, sobre todo en Cataluña, a multitud de españoles que, por unas horas, se sacan la humillación y el silencio cotidiano que la opresión separatista les inflige durante todo el año, como cuando el Real Madrid ganó al Barcelona en su casa: valía la pena, por ver a miles de españoles exultantes, cuando su obligación diaria es callar y tragar. Y también se han retratado –para variar– exhibiendo bilis y baba los políticos independentistas, jactándose de su despego y hostilidad a la Selección, ante lo que en principio sólo era un posible triunfo, prohibiendo la instalación de pantallas en las calles, regurgitando declaraciones que rebalsaban mezquindad y odio: que se amuelen. Por no decirlo de un modo más crudo. Y lo dicho, a poco que nos esforcemos: España, ni roja ni rota.

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