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Serafín Fanjul

No a la guerra

Por decreto, modificamos el lenguaje ¡Y guay de quien se atreva a contradecir tal imposición y censura!

Serafín Fanjul
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Siempre me ha llamado la atención el intento generalizado y permanente de la “derecha sociológica” (perdonen que utilice el concepto así acuñado, que es discutible, pero nos entendemos) aquí y en Pernambuco, de eliminar o sortear aquellos actos u objetos que les incomodan mediante el escapista y no poco hipócrita expediente de suprimir su mención verbal: si algo no se eleva a la categoría de la expresión oral –no digamos de la escrita– , no existe. Parece baldío perder el tiempo explicando que tal pretensión se compadece mal o nada con la realidad y que ésta, por una u otra vía, acaba estallando y las temidas y odiadas –quién sabe si en el fondo, morbosamente, admiradas y ansiadas– palabras malsonantes surgen donde menos se las espera, pero no solitas sino bien acompañadas por la acción o la noción que se quería tapar. Sin embargo, las literaturas y diccionarios de todas las lenguas en algún momento han sufrido la poda impertinente de términos, lances o secuencias que los guardianes de turno juzgaban –o juzgan– políticamente incorrectos, muy en especial en su vertiente religiosa o social. La Historia de la Majadería es Universal y bien universal y de ella no se salvan ni tirios ni troyanos: desde traducciones al inglés de la era victoriana hasta ediciones árabes actuales de las Mil y Una Noches o de un porción de obras que el pietismo mutila sin compasión con el bobo objeto de exorcizar sus propios fantasmas y temores. Si nos dejamos de encasillamientos políticos fáciles y nos limitamos a enjuiciar los hechos, veremos que esta actitud, hipócrita y mixtificadora, afecta –y de siempre– también a la llamada “izquierda”: para ella tampoco existe aquello de lo que no se habla. De ahí el recorte de fotos de dirigentes rojos y bien rojos caídos en desgracia durante la tiranía de Stalin o, bien cerquita, la ignorancia dolosa de las recientes manifestaciones contra los abusos y la cobardía del gobierno de Rodríguez aplicada con rigor por los medios adictos al régimen, empezando por la TVE socialista. Pero no perdamos a don Beltrán.
 
El señor Bono que, además de ser un mentiroso, está obstinado en probar que también es un cursi, bebe los vientos por hacer desaparecer de los magnos textos constitucionales la palabra “guerra”. En caso de que no haya gato encerrado, nada inocente y a base de retorcimientos semánticos y argucias leguleyas, el asunto es de risa y digno de la Anglicana o la Apretujillo. Y puede que lo haya, tal vez en el sentido de arrogarse el Guía Infalible el derecho sobre nuestras vidas y haciendas para meternos, o no, en las guerras que su recta conciencia iluminada por la Alianza de Civilizaciones le dicte. Pero estos son tecnicismos que competen a quienes entiendan de Derecho Constitucional, o simplemente de Derecho, lo que no es el caso del arriba firmante. A nuestro humilde parecer, la pretensión más bien va dirigida a seguir echando carnaza a la clientela de votantes del PSOE y de modo muy especial a quienes, convertidos en ultraizquierdistas de boquilla a raíz de la guerra de 2003 en Irak (ojo, sólo de ésta) les dieron el inesperado triunfo electoral; una fauna ,de rojerío sobrevenido en horas veinticuatro, a la que es preciso contentar a diario para que la movilización continua resguarde eternamente los derechos divinos –aunque laicos– de la panda para establecer el PRI a la pesoína entre nosotros. Y que Dios nos pille confesados. Huir de Irak o buscar todos los días un nuevo cargo contra Aznar produce un desgaste de los argumentos y quién sabe si también un efecto de rebote, incluso entre los propios, pues no todos son tontos. Así pues, un día se suprime el lema “A España servir hasta morir”, otro se acude a provocar en una manifestación de víctimas del terrorismo, otro se niega que el material militar vendido a Venezuela tenga utilidad ofensiva (¡qué sofisma más idiota!) y otro, por ahora, se proscribe la palabra “guerra”; todo bien conjuntado y armónico con el desenterramiento de cadáveres de la Guerra Civil, del recuerdo de los asesinados por el bando vencedor y sólo de ellos, o de la retirada de la estatua del general Franco. O con Rodríguez haciendo la pelotilla a los supervivientes de Mauthausen.
 
En puridad, la pretensión de Bono constituye una medida demagógica más para que las pegatinas y carteles que tapizan paredes, ordenadores y hasta sacapuntas en oficinas estatales, redacciones de periódicos o escuelas públicas no se sientan desarropadas y solas: el Gran Hermano no es privativo de la tele, también les acompaña con mimo y dedicación a gran distancia, confirmando que la fuga de Irak no fue flor de un día y que los desvelos del jefe administrativo de nuestro ejército, aunque por accidente, no cesan de centrarse en proporcionarles nuevos motivos de tranquilidad para digerir bien el fin de semana, la fumatina en Marruecos o la insobornable preocupación por la libélula equinoccial en humedales cambiantes. “No a la guerra” llevado a sus últimas consecuencias: ya ni la palabra, otra voz para agregar al diccionario, más prohibido que secreto, que la gazmoñería políticamente correcta ha ido elaborando a lo largo de los años. Y Bono no va a ser menos –como cuando regalaba relojes– aportando elementos teóricos imprescindibles. Si ya no hay negros, ni moros, ni ciegos, ni manicomios, ni locos, ni paralíticos, ¿por qué va a haber guerras? ¿Es que con tan detestable extremosidad humana no va a servir el mismo método de suprimir, o sustituir, el término con que se designa? Por decreto, modificamos el lenguaje ¡Y guay de quien se atreva a contradecir tal imposición y censura! [Nota: para quienes no la comprendan en este contexto, sugerimos mirar el diccionario de la Real Academia respecto a la palabra “guay”].
 
“No a la guerra” es un hermoso lema, ya sólo falta convencer a toda la Humanidad de su belleza. Y además, oiga, hay guerras y guerras, porque no me va usted a comparar la inícua de 2003, para derribar a un benefactor de los iraquíes, orquestada por el genocida Trío de las Azores, con la de 1991 cuyo único objetivo era devolver a la familia Sabah –otra benefactora– su negocio petrolero en Kuwait. Y restituido el chiringuito, se acabó el conflicto sin ir más lejos; y por añadidura, con González de solícito monecillo del Pentágono escamoteando los doscientos mil muertos de entonces. Escamoteando aquellos daños colaterales y todos los demás habidos en los últimos tiempos en el Congo, Sudán, Ruanda, Sierra Leona, Costa de Marfil, Chad, Argelia…o en España, porque no veo nunca a los de las pegatinas y los carteles manifestándose ante el PNV o IU por su bondadosa comprensión ante los crímenes de la ETA. Otra forma de guerra que ocultar y ésta no es de palabra.

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