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No sólo son las víctimas

Por grandes que sean las discrepancias políticas y los distintos intereses, ¿no hay sentimientos y razones de fondo muy superiores? Al parecer, no.

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El pasado 9 de junio, la concentración de víctimas del terrorismo en la Plaza de Colón distó mucho de ser un éxito. Por decirlo suavemente. Pese a algunas imágenes que parecen sugerir otra cosa: según la perspectiva con que se tome la foto, las impresiones difieren, algo bien sabido. A lo sumo, estábamos tres o cuatro mil personas. Y podemos explicarlo por el semiboicot de los medios de comunicación, con las medidas antimanifestación del gobierno (jurar amor eterno a las víctimas, anunciar a bombo y platillo la detención de un mindundi etarra, etc.), por la siempre inaceptable división de las asociaciones, abstracción hecha de la Manjón, que ya sabemos a qué se dedica. Porque no sólo faltaban los políticos (había algunos del PP, ya bien acorralados y desposeídos de mando en plaza, de ningún género, por los Basagoitis de turno), tampoco estaba la principal organización de víctimas, la de la Sra. Pedraza. Hasta en situaciones límite, tristísimas y duras como todo cuanto rodea la desgracia de estas personas, sus testimonios desgarradores y su valor, se impone el odioso particularismo individualista hispano: si convoca Fulano, yo no voy; si eligen a Mengano, que no cuenten conmigo; si podemos fundar una asociación de víctimas del terrorismo en cada pueblo, aldea o burgo podrido, ¿por qué nos vamos a privar?

Nunca he alcanzado a entender –y sigo en esa ingenuidad– que exista un tropel de asociaciones de víctimas, aquí y acullá, Manjones aparte. E incluso, por grandes que sean las discrepancias políticas y los distintos intereses, ¿no hay sentimientos y razones de fondo muy superiores? Al parecer, no. Los relatos estremecedores de las mujeres de los asesinados –muchas personas lloraban– los oímos unos pocos miles... ¿Dónde estaban las multitudes sin cuento de otras veces? ¿Será verdad que, otrora, llevaba a la gente el PP? No me lo creo, ni la influencia decisiva de la inducción televisada (que entonces tampoco había), ni el factor de fin de semana (también hay más tiempo libre), ni la eterna siesta nacional, ni el cansancio por la repetición de este tipo de actos... Aunque podamos preguntar de qué cansancio se trata, qué esfuerzo titánico hemos hecho contra el terrorismo. La gente se entera de todo –diga lo que diga– y va o no va porque... le da la gana. O tiene un avasallador sentido selectivo para informarse de lo que le gusta, o no, excepciones aparte. Y para decidir sus actos: envolverlos en justificaciones floridas, cargadas de "madurez democrática", o de lo que sea, ya es coser y cantar. ¿Qué significa, de hecho, decir "Tienen todo mi apoyo, mi solidaridad, etc."? Y hasta se mezquina y regatea ese esfuerzo mínimo de acercarse a Colón.

Pero, a escala nacional, hay otro asunto más grave: los políticos han conseguido (y en esto sí son decisivos los medios de comunicación) que todo se circunscriba a un problema de víctimas, escamoteando de manera desvergonzada la cuestión de fondo, el abandono de Vascongadas por el Estado. El ministro del Interior no cesa en sus plañidos –como antes Alfredo Pérez– para que los asesinos "pidan perdón", marquen la cruz en la casilla y finjan un poquito, para que él pueda ponerlos en la calle con este engañabobos que nadie se cree. Así se dividirán los etarras: oigan, qué insulto, que nos traten de tal forma, pero ¿merecemos otra? Prácticamente nadie habla del triunfo de la ETA, aposentada en las instituciones, comiendo de los presupuestos y con el PP vasco –y no sólo– perdiendo el trasero por reírle las gracias. Y con la independencia a un tiro de piedra, actividad rústico-deportiva que se les da de maravilla. Sabemos con seguridad que el asesinato de Miguel Ángel Blanco fue uno de los momentos más duros de la vida de José Mª Aznar, no meramente de su vida política, al tomar la decisión que debía. Como fue para sus padres, destrozados, aceptarla. ¿Valió la pena? ¿Vale la pena una gente, la nuestra, que ante el asesinato lo único que se le ocurre es untarse las manos de blanco y levantarlas? ¿Sabrán siquiera que alzar las manos es el signo universal de rendición?

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