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Serafín Fanjul

Nuestra Hispanidad

mal puede favorecer la extensión de la idea de Nación Española y de la huella de nuestro paso por la Historia, así como de la importancia de lo que podamos aportar en el presente, quien las ignora, las desprecia, las odia

Serafín Fanjul
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Otra vez Doce de Octubre. A lo largo del año permanece latente la frustración por cuanto no se hace con aquel continente, el enojo aburrido por la prolongación ad infinitum de la retórica hueca, la percepción inexorable de que nuestra América está cada vez más lejos, pero cuando llega el día del Descubrimiento todos los actos fallidos o erróneos se condensan y petrifican y comprobamos que un año más tarde los intercambios comerciales siguen siendo entre escasos y nulos, la cooperación técnica, cultural y educativa brilla por su exigüidad y las cortapisas a la entrada en España de inmigrantes de por allá se mantienen con tozudez suicida (los trabajos que podrían desempeñar son ocupados por gentes de otras procedencias que, objetivamente, nos interesan menos). Hace mucho que perdimos la ingenuidad –o eso creemos– y huelga hacerse ilusiones sobre la capacidad de España para atender a toda Iberoamérica en los numerosos aspectos que requiere; ni pensamos que esas cosas se hagan gratis; ni pretendemos una reedición, por atenuada que fuese, de las fantasías de reconstrucción imperial del falangismo; ni ignoramos lo mal que cae la actitud española por aquellas tierras (y con razón), siempre viajando de Guatemala a Guatepeor, del paternalismo bobo a la indiferencia y el desconocimiento supino, en el fondo dos cabezas de una misma Hidra. Pero la España de ahora –con todas sus insuficiencias y mandangas– no es la que, cruelmente, despreciaba José Martí en el famoso artículo “Nuestra América”, acusándola de no poder ofrecer sino “pasas e higos secos”.
 
Un servidor no recata su profunda antipatía por esta celebración, no por lo que representa, ni por ser nuestra fiesta nacional, ni por estar siendo vituperada por populistas demagogos que la aprovechan para denigrarnos, sino porque esa fecha nos recuerda lo mucho que no hacemos, lo mal que lo hacemos y cuán interminable es la ringlera de nuestros fallos, ignorancias, oportunidades perdidas. Otros hablan de flujos financieros, inversión en telefónicas y eléctricas, en petróleos, compra de líneas aéreas (por lo general ruinosas) y un etcétera en realidad no muy largo que, si se concretara en resultados productivos, contribuiría a mejorar las economías y –por tanto, la vida– de aquellos reinos, según la expresión del tiempo virreinal. No es mi terreno y felicito a quienes puedan aportar algo por tales rumbos, tan necesarios; más bien sugerimos una Hispanidad asequible y cotidiana, pero entrañable y cercana, tomar unas seguidillas o un bolero del XVIII y compararlos con una cueca chilena, o cotejar coplas y letrillas que aprendí de niño y que en el norte argentino se reputan como autóctonas sin remedio (si alguien pide ejemplos los daré, pero de momento prefiero no aburrir ni abrumar), o superponer, como en un calco, las letras y argumentos de nuestros romances a los de los corridos mexicanos; o, incluso, fijar la atención en los cantes de ida y vuelta, ya sean variantes flamencas o décimas antillanas, retornadas a Canarias o Dalías (Almería). La Hispanidad que proponemos es fácil de alcanzar: leer la inmensa literatura hispanoamericana y las crónicas de Indias, visitar –e identificarnos con ellas, a nada de sensibilidad que conservemos– las iglesias barrocas de los pueblitos de Michoacán, subir a la torre de San Francisco en La Habana Vieja y pensar que nuestro abuelo anduvo exactamente en tal lugar.
 
No son meras nostalgias líricas para uso personal e intransferible (y, por supuesto, dignísimo), porque alrededor de esas piedras hay personas con las que hablamos de modo espontáneo y sin estudiar idiomas, personas que nos cuentan de su antepasado –el que los vincula a la Historia y al pasado del mundo– que vino de Molina de Aragón, de Pontecesures, de Badajoz. No estoy inventando: son gentes reales. Como lo fue la increíble aventura de Cabeza de Vaca; la no menos prodigiosa de Pedro Serrano, náufrago superviviente en solitario durante ocho años en un cayo arenoso del Caribe a principios del XVI (¿Les suena la historia? ¿Dónde la han oído?); o el espantoso cruce de los Andes por Almagro y su no menos horripilante regreso por Atacama. Nostalgia lírica…también tenemos derecho a ella si no nos quedamos ahí y observamos que las Cumbres iberoamericanas estarían muy bien si, por fin, pasaran al terreno de lo práctico, por encima de los intereses políticos de corto vuelo de un Salinas de Gortari o un Felipe González, creadores del artefacto; si Portugal, sólo interesado por Brasil –no nos engañemos– fuera capaz de participar de modo más sincero superando sus eternas suspicacias hacia España (“…os espanhois sâo assim, querem logo tomar conta de tudo, é preciso estar sempre de olho neles”, ironiza José Saramago en la mejor de sus novelas); si los esfuerzos en inversión educativa crecieran y no se diluyesen en la enormidad de las necesidades, o en subvencionar la venta de libros de las editoriales adictas al gobierno; o si la Agencia de Cooperación y la Fundación Carolina no estuvieran en estos momentos en manos incompetentes y sectarias más atentas a desprestigiar cualquier cosa que lleve el adjetivo o la vitola de español –por imperialista, claro– que a ayudar en América, difundiendo a la par nuestra cultura.
 
Claro que para difundir algo primero hay que poseerlo y ser conscientes de su valor. Y mal puede favorecer la extensión de la idea de Nación Española y de la huella de nuestro paso por la Historia, así como de la importancia de lo que podamos aportar en el presente, quien las ignora, las desprecia, las odia. El ya mencionado José Saramago –nada sospechoso de facha, digo– afirma “Somos lo que somos, pero también lo que han sido otros” y tal vez bastara que tanto desgarrahuertos como anda colocado en las alturas asumiera tan elemental principio. Pero, por el contrario, los catalanes y vascos amigos y cómplices de Rodríguez aprovecharán la efeméride para insultar otro poquito al país que les da de comer montando alguna cencerrada de las suyas y en Madrid no faltarán necios que les rían la gracia. Garantizado.

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