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Serafín Fanjul

Pena de muerte

Se manifestaron –y de qué modo– contra la intervención americana en Irak y ahora, muy al contrario, se consideran capacitados para enmendar la plana a un tribunal iraquí porque dicta sentencias que no son de su agrado.

Serafín Fanjul
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Un tribunal iraquí ha condenado a Sadam Husein y a dos de sus cómplices a pena de muerte. La causa (ciento cincuenta fusilados en Duyayl), una minucia en comparación con el reguero total de crímenes perpetrados por el dictador derribado. Como era de prever, ya han comenzado a agitarse las aguas del buenismo bienpensante, tonante y dominante, y haciendo gala no sólo de escaso conocimiento de cuanto sucede en el mundo fuera de "Occidente" –tan denostado por progres y asimilados pero tan utilizado como refugio multiuso–, sino también de un eurocentrismo arrasador, se llega a proclamar que "nuestra sensibilidad occidental no puede aceptar cosas como ésa", en inapelable dictamen oído a una tertuliana radiofónica tan enterada como cursi, la mujer. Se parte de un axioma, canonizado de indiscutible, se presenta como víctima al criminal, se ignoran todos los condicionamientos y factores determinantes en el suceso y, a continuación, encajar todas las piezas del rompecabezas es un puro coser y cantar, un Jauja dialéctico socorrido y resultón para salir en las ondas y quedar estupendamente manifestando buenos sentimientos, mientras se mete la cuchara con gesto sabiondo en una sopa de ingredientes y tropezones desconocidos. Así anda una legión de periodistas y políticos.

No obstante, el problema no es, como pretende la dulce tertuliana, si a "nuestra sensibilidad" repugna o encanta la pena de muerte, sino qué opinan y con qué elementos de juicio los iraquíes, las primeras víctimas del tirano, tan jaleado y defendido en las filas progres de España et alii, porque la finta diversiva de "no estamos defendiendo a Sadam sino la independencia del Tercer Mundo y bla, bla" no se la cree nadie, empezando por sus mantenedores. Se manifestaron –y de qué modo– contra la intervención americana en Irak y ahora, muy al contrario, se consideran capacitados para enmendar la plana a un tribunal iraquí porque dicta sentencias que no son de su agrado. Que se le haya juzgado con el Código Penal vigente en el país bajo el gobierno del mismo déspota es una cuestión irrelevante; la magnitud global de sus crímenes, también; y no mayor trascendencia se otorga a la explosión de júbilo de grandísima parte (seguramente mayoritaria) de la sociedad del país. Futesas todo. Lo único importante es "nuestra" sensibilidad.

No cuentan la calidad y circunstancias de los asesinatos, selectivos o en masa, que se cometieron en Irak por orden, o con la participación directa, del egregio matarife. Por "sensibilidad" de los lectores y de un servidor omitimos el relato minucioso de los detalles, ambientación e historias personales de los casos que conozco, que son unos cuantos, y que, por supuesto, dejarían en palídísimo reflejo de claro de luna los tan exhibidos tormentos y vejaciones practicados en Abu Ghraib, con foto de Rajoy incluida. Después de la ocupación americana, claro, porque de la etapa anterior –cuando en la prisión mandaba Sadam– no se habla una palabra.

Pero el asunto trasciende a la siniestra peripecia del asesino baasista. Junto a la acusación de xenofobia, la opinión sobre la pena de muerte es uno de los más útiles tabúes para establecer una línea divisoria en la imagen de buenos y malos según los sacralizados cánones del pensamiento políticamente correcto. De nuevo "en Occidente", se entiende. Ningún ser humano en su sano juicio va a promover alegremente la muerte de nadie, pero de nadie, incluidas las víctimas, no sólo de sus asesinos cuando se hallan ante un tribunal. Sin embargo, un espeso velo de silencio, olvido y "ahí te amueles" cae sobre los asesinados y sus familias: para ellos no hay misericordia y mucho menos reparación y justicia. El dramático y vergonzoso caso que estamos viviendo en España con las víctimas del terrorismo ejemplifica bien el panorama y nos exime de entrar en pormenores. Lo más importante es dejar bien sentado el exquisito talante, correctísimo, de una imagen bondadosa y progresista. La sociedad española, a remolque de otros países europeos, navega por los mismos mares de pánico a poner en discusión públicamente el asunto. No se puede ni mencionar y si en un caso como el que nos ocupa se ha dictado una sentencia para alguien que la merece sobradamente, se organizan a toda velocidad carreras de sacos para adelantarse en la condena: ¡qué a gusto nos sentimos mostrando nuestra bondad y superioridad moral frente, al fin y a la postre, tercermundistas y nada más que tercermundistas!

En mucho menos de horas veinticuatro los españoles se hicieron abolicionistas, por decreto y al menos de puertas para fuera. Bastó el siempre fácil conchabe de políticos, juristas y periodistas para que en este terreno, como en otros muchos, la "opinión pública" española viera la claridad y la luz y se dictara una fatwa (otra más) de aislamiento y persecución contra quien ose meramente sugerir el más leve matiz, la más tenue objeción. Y, sin embargo, no es tan meridiano y diáfano que tal sea la actitud de la mayoría –eso que ya nadie se atreve a llamar "el pueblo"– pues cuando surgen casos concretos y cercanos que de veras tocan a la gente en sus fibras más hondas, las cosas no están tan claras. Ya se sabe: la masa –cuando conviene se la denomina "masa"– es influenciable, responde a impulsos irracionales, no ve más allá de sus narices, etc. Por tanto, los buenos pastores deben guiarla, aunque eso sí: el pueblo es soberano.

Por razones humanitarias muy loables hay una tendencia general a abolir la última pena, sin embargo subsisten preguntas para las que no hay respuesta: terrorismo, violación y asesinato de niños, asesinos multirreincidentes y sin visos de arrepentimiento, crímenes masivos y horrendos (los de Sadam Husein lo son, y mucho) sistemáticos y organizados... Un conjunto de situaciones muy variadas que nos resistimos a admitir se paguen con unos años de cárcel, incluidas folklóricas huelgas de hambre a base de jamón y miel y con suculentos horizontes de changurros y cocochas. Mucha hipocresía, demasiado quedar bien, excesiva inoperancia hay en todo esto. En abstracto y en frío, todos somos abolicionistas, pero ¿quién asume de verdad el desconsuelo y el dolor de los afectados vivos? ¿Quién querría reemplazar en su lugar a los muertos?

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