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Serafín Fanjul

Prodigios de la arquitectura

Un americano de apellido Gehry y de oficio arquitecto ha perpetrado un desguace de automóviles, con nombre de hotel, en el precioso pueblo vinatero alavés de Elciego.

Serafín Fanjul
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En artes y letras está casi todo inventado. Los creadores, si son honrados y serios, sudan sangre para dar con hallazgos verdaderamente originales que, en el mejor de los casos, constituyen reinterpretaciones, variantes o adaptación de obras anteriores, o explotación de elementos parciales de otras preexistentes. El factor de repetición o reconocimiento (de artista y receptor) pesa más que ningún otro: en él nos identificamos y gracias a él nos gusta, o no, lo que vemos.

Sin embargo, en el mundillo artístico es obligatorio ser original, renovador, resultón, medallas implícitas que se autodedican pintores, cineastas, escritores y cualquier profesional de ramas fáciles de imaginar. Y dado que temáticas, motivos, argumentos son limitados y ya se han combinado casi todas las posibilidades a nuestra disposición, se acude a los alardes técnicos para suplir los inmensos huecos de una fantasía constreñida por la realidad palmaria de que el cerebro y la vida humana tienen sus límites. En el último siglo las tendencias vanguardistas en pintura, arquitectura, escultura, literatura y etc., cuando carecían de otro apoyo que la búsqueda a ultranza de lo nuevo y sorprendente, han terminado produciendo churros sólo sustentados por el papanatismo mimético y/o por desmesurados y desaprensivos aparatos comerciales. Pero un servidor, que nunca renunciará a su sana desconfianza aldeana, ni a que le sigan gustando los tejados a dos aguas, jamás considerará comida una paella deconstruida, ni pintura un lienzo pringado de excrementos, ni música una tabarra dodecafónica o electrónica cuyo único efecto palpable es evocar con ternura la aspirina.

En estos días, un americano de apellido Gehry y de oficio arquitecto ha perpetrado un desguace de automóviles, con nombre de hotel, en el precioso pueblo vinatero alavés de Elciego. Una vez reconocido el derecho de la familia Riscal a gastarse los cuartos en lo que les plazca y el de los ricos horteras a alojarse donde les pete, pensamos que un corral de chamarilero difícilmente puede tener valor artístico, por manga ancha que tengamos para aceptar el relativismo estético y por mucho papamoscas que suscite la admiración de los entendidos. A quienes sostenemos que una casa, además de ser casa, debe parecerlo, nos causa un bostezo irrefrenable e infinito oír hablar de pureza de líneas, apertura de volúmenes y formas despojadas de forma. Y cobrando por cometer tales cosillas.

Tras los alardes técnicos y los prodigios estructurales para impresionar a paletos, es muy frecuente que no haya sino edificios invivibles, inhóspitos y –paradójicamente– nada funcionales. Puros hangares de aviación, con muchas líneas rectas rellenas de nada y lenguaje de expertos olvidados de que sus obras son para uso de personas. Y no les cuento la triste historia de construcciones "inteligentes" (la penúltima parida, por ahora, como si la arquitectura de adobe no fuese inteligentísima para aislar del frío y el calor, sin ir más lejos) sin enchufes eléctricos, o de aquel otro en que a nadie se le había ocurrido que el aire acondicionado a veces se estropea, o los muy trágicos ejemplos de rascacielos quemados cuyos incendios en los pisos altos no se pudieron apagar, pero ¿qué me dicen del portentoso despliegue tecnológico que hicieron sus autores levantando ciento no sé cuántas plantas?

Por no ser adocenados, academicistas, amanerados; o por no incurrir en el pastiche, sacrilegio máximo para quienes deben marcar su paso por la vida dejando huellas indelebles, como las moscas adornan los manuscritos antiguos con sus cagaditas, se incurre en la erección de edificaciones absurdas que arrasan cascos antiguos, paisajes, dignísimas muestras de esfuerzos pretéritos que, sobre todo, prueban la coherencia de aquellas gentes por encima de frivolidades y mercantilismos. Y claro que cambiaban los estilos y más claro aún que el progreso humano no debe admitir barreras. Pero el progreso. Y me pregunto si Moneo con sus cubos o Gehry con sus chapas retorcidas son mejores artistas que el hojalatero de mi pueblo, de cuyas manos salían maravillosas alcuzas, candiles y faroles que se usaban de verdad; si el Guggenheim sirve ni para descalzar a la iglesita y claustro románicos de Ferreira de Pantón (Lugo); o si el Adriá, con sus millones y sus papanatas, es capaz de cocer el pulpo como mi tía Pura, o el lacón con grelos como mi madre lo hacía. Nunca nos entenderemos, porque yo, diciendo estas cosas, no gano dinero y ellos, con las suyas, sí.

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