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Serafín Fanjul

Quiero ser americano

Porque, digámoslo con claridad bien triste, la nuestra es una de las sociedades más medrosas, acomodaticias e inhibidas del planeta

Serafín Fanjul
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Nunca me cayeron bien. No pregunten las razones porque son las mismas –fundadas o arbitrarias– de cualquier español de mi generación y circunstancias, argumentos, contraargumentos y requetecontraargumentos bien sabidos cuya repetición aquí huelga. Pero llegó el 11 de setiembre de 2001 y fui uno de tantos que se pasaron un día entero mirando el televisor, contemplando el horror y el sufrimiento primero, la determinación y la firmeza después; y el patriotismo sereno y digno de una nación que demostraba saber quién es y cuál su sentido de responsabilidad en un trance gravísimo como aquel.

Se ganaron mi respeto y –por qué no decirlo– mi admiración y apoyo en la lucha que de inmediato emprendieron contra el fanatismo teocrático islámico, una lucha que también es nuestra si queremos sobrevivir como civilización organizada y con personalidad propia.
 
Y una pugna en la que demasiadas veces percibimos con nitidez que sólo contamos con ellos para defendernos, porque ni nuestra propia sociedad ni nuestros recursos –exiguos pero no desdeñables– están por la labor de plantar cara al terrorismo islámico en su versión cruda, o al islamismo moderado en la suave, rara avis cuya naturaleza real todavía no conozco. Bien es cierto que escribo desde el país en el que una mayoría de ciudadanos (no todos) imploró perdón a sus asesinos y proclamó su rendición incondicional votando a quien prometía salir de najas de Irak para que los terroristas se apiadasen de nosotros. Pero esto no lo inventaron Rodríguez y Rubalcaba, ellos sólo fueron sus beneficiarios.
 
Cuando los autores intelectuales –se dice que los servicios secretos marroquíes, al parecer con fundamento– decidieron golpearnos, sabían muy bien a quién lo hacían: un país sin más seña de identidad colectiva que las copas del fin de semana, que relega la bandera nacional a los estadios de fútbol y "desprecia cuanto ignora", que decía Machado, también de su pasado. Porque, digámoslo con claridad bien triste, la nuestra es una de las sociedades más medrosas, acomodaticias e inhibidas del planeta. No hablo de valor individual, que hay de todo, como en cualquier parte, sino de la decisión general de la comunidad española de defenderse. Y una sociedad que renuncia a la defensa se está condenando a muerte, cantos ecologistas a las ballenas aparte. Adiós a Manolita Malasaña, a María Pita y Agustina, damos de mano a Eloy Gonzalo, Guzmán el Bueno y Moscardó. Muchos españoles actuales –si saben de su existencia y no los reducen al nombre de una calle– se burlan y escupen sobre la memoria de semejantes –para ellos– infelices. Nada de sacrificios y abnegaciones y menos aún de riesgos. Los arquetipos del momento son analfabetos y oligofrénicos con mando en oficinas oficiales o cadenas de televisión, golfas (no sólo de cama) y sus chulos fronterizos, grandes especialistas en ignorancia enciclopédica y universal. Comer tres veces al día y poseer un coche ha arrasado con la dignidad de los españoles. Si vivieran Quevedo, Valle Inclán o Cervantes andarían por el Rastro vendiendo sus escritos (a mano) a compradores caritativos por falta de editores.
 
Así pues, mientras el consulado me concede la nacionalidad que no he pedido, no más me queda felicitar a los estadounidenses que han decidido defenderse votando y decirles, parafraseando a progres sin muchas luces que lo salmodian de Irak: "América resiste, América existe". Aunque ahí la palabra América sea un abuso semántico. Pero nos entendemos.

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