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Serafín Fanjul

Rehenes de sí mismos

si, por desgracia, sufren un percance, terminan culpando a la sociedad de la que esperan y a la que exigen su salvación, mientras siguen embobadas con la toca y el rebozo sobre cabeza y hombros, algo que jamás consentirían en su pueblo

Serafín Fanjul
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Una de las modalidades de la violencia terrorista en nuestros días es el secuestro de personas, selectivo a veces y en otras a voleo, de cualquiera que los criminales puedan haber a las manos. La captura de gentes con vistas a exigir rescate o concesiones varias no es ninguna invención contemporánea: prácticamente hasta comienzos del siglo XIX, cuando Francia cortó las bases de partida y retención, durante muchos siglos el norte de África constituyó, junto con la piratería en el Caribe, el mayor foco de peligro de secuestro y cautividad para los españoles y nuestras costas del sur y levante padecieron el azote de los piratas berberiscos, muchos de ellos moriscos huidos o expulsados de España. Algo que conviene no olvidar cuando se emiten juicios, con frecuencia tan ideologizados como poco documentados, sobre la historia de nuestro país, pero ahora no podemos ir tan lejos. Sin embargo, esos lances del pasado guardan una estrecha similitud con los presentes cometidos por guerrilleros de distintos lugares, o por islamistas que, a escala planetaria, son tal vez quienes significan un mayor riesgo global. Pero la coincidencia no es sólo en las formas –obviamente, violentas–, también en la condición de las víctimas, inocentes sin implicación hostil ninguna contra los agresores, ya se tratara de un pastor solitario de la costa almeriense, de marineros que navegaban por el Mediterráneo o de un soldado llamado Miguel de Cervantes. De forma paralela, los terroristas en Irak apresan, extorsionan y a menudo asesinan a camioneros búlgaros, cocineros filipinos o profesores egipcios, en tanto para los iraquíes reservan los asesinatos en masa mediante bombas: lavanderas, conductores o pobres tipos que intentan ganarse la vida como policías. A todas luces, personas inocentes por cualquier concepto.
 
No obstante, de vez en cuando la prensa mundial se hace eco de ciertos casos, sonados por ser las víctimas occidentales y, muy en especial, mujeres. Por lo general, abundan las coincidencias entre unas y otras historias. El pasado 5 de enero el diario Fränkischer Tag recogía las declaraciones de la arqueóloga Susanne Osthoff, por ahora la última europea raptada en Irak, una vez liberada. Obviaremos la biografía de la ex rehén para no incurrir en juicios de intenciones y condenas superficiales, proclamando el derecho de cada quien a vivir su vida del modo que prefiera, pero no podemos pasar por alto las consecuencias de sus actos, su reacción al ser liberada y la contumacia que manifiesta en sus actitudes al verse a salvo. Frau Osthoff, que tampoco es inventora del “Síndrome de Estocolmo” pero lo padece en grado superlativo, tras tres semanas de cautiverio arremete contra la embajada alemana en Bagdad que, sin duda, pagó el precio de la extorsión, asegura ser víctima de una campaña de acoso en los medios de comunicación de su país y concluye afirmando que sus compatriotas “la odian” y la tienen por “una pobre loca”, como si hubiera realizado “alguna fechoría contra Alemania” y, en definitiva, “soy el Coco”.
 
Una vez en libertad y a salvo de peligros mayores, aunque no de sí misma, nos interesa del Caso Osthoff la semejanza que guarda con otros secuestros de italianas, francesas, inglesas y demás. Y no se inquiete el personal por la carencia, porque pronto llegarán las españolas: si hasta la fecha no le ha sucedido a ninguna de por acá es por un simple cálculo de probabilidades sumamente aleatorias, pero no hay que desanimarse. La fuga de Irak no pone a cubierto a nuestras compatriotas –y esperamos que no se ofendan al ser incluidas en tal concepto– , como tampoco alemanas y francesas han disfrutado de bula de cara a los terroristas islámicos o de las bandas de delincuentes que atrapan extranjeros y, frecuentemente, los transfieren a los islamistas a trueque de pingües traspasos. Si tan lamentable lotería acaba tocándonos, es previsible el panorama, entre la cobardía y la histeria: hay que comprender a los secuestradores y sus motivaciones, algo habremos hecho mal, Aznar es culpable, la geopolítica del petróleo no vale una sola vida humana, el Tercer Mundo pasa factura por nuestras iniquidades, mientras no se haga justicia al pueblo palestino nada se resolverá en el planeta…Todo bien sancochado y adobado con imágenes de la anciana abuela de la secuestrada, en Matarrubia del Condado, comentando cabizbaja –como es natural- “Si ya se lo decía yo…”. No nos estamos burlando de la posible desgracia ajena que, ojalá, nunca llegue, no más sacamos el espejo y se lo intentamos facilitar a una sociedad resuelta a no enterarse de cómo anda el mundo en realidad y de qué fiabilidad tienen las virtudes del Buen Salvaje en que tanto espera, con el telón de fondo de las campañas de UNICEF, el juguetico para los niños de Guatemala y la confianza ilimitada en que ellos –“los pobres”– son buenos por naturaleza y en que arrimándonos a su buena condición acabaremos por superar nuestra maldad intrínseca.
 
Queridos lectores, no piensen que nos excedemos en la caricatura, meramente llamamos la atención sobre un aspecto que suele hurtarse a la opinión pública y que, al parecer, en el caso de Frau Osthoff sí ha asomado provocando la ira de la afectada: la irresponsabilidad con que muchos occidentales se comportan en el Tercer Mundo, hombres y mujeres, aunque al tratarse de éstas últimas el gancho emotivo siempre es mayor. Persuadidos (ahora viene bien la marca de género /-as/ que tanto gusta a las feministas, al Rojo Justiciero y a otros políticos de escaso nivel cultural) de que la Tierra toda es una guardería para desarrollar vivencias lúdicas, a nivel de comunicación de ser humano y de los grandes expresos europeos, y, en último extremo, una prolongación de los pubs y whiskerías de Malasaña, se van a cualquier parte sin conocer el idioma del país, ni su historia, ni unos rudimentos mínimos sobre su sociedad, pensando en ayudar. Y santo remedio si saben unas palabras de inglés o caen en algún rincón de nuestra América donde la gente les entiende porque hace cinco siglos otros españoles –a los que quizás escupieran por imperialistas si tuvieran la menor idea de su existencia– para allá se fueron e hicieron lo que hicieron, de bueno y de malo. Las he visto diciendo que querían ayudar en Nicaragua, cuando sólo entorpecían; pretendiendo entrar en la tumba del imán Husein en Kerbela, con shorts y generoso escote, al grito de “soy libre y hago lo que quiero” (entonces, todavía no estaba de moda el respeto reverencial por las peculiaridades islámicas); o, más cerca, de maternales salvadoras (ellas se autodenominan solidarias) de inmigrantes ilegales.
 
Creo que me explico. Y si, por desgracia, sufren un percance, terminan culpando a la sociedad de la que esperan y a la que exigen su salvación, mientras siguen embobadas con la toca y el rebozo sobre cabeza y hombros, algo que jamás consentirían en su pueblo. Y en los bares de Malasaña no digamos.

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