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Serafín Fanjul

Rodríguez, el de Bamiyán

A nadie importa, a estas alturas, qué trato daban los faraones a los constructores de las pirámides o del Gran Templo de Karnak, que, casi con seguridad, fue peor que el recibido por los forzados o asalariados del Valle de los Caídos.

Serafín Fanjul
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Unos meses antes de su derrocamiento a manos de la coalición internacional, los talibanes de Afganistán destruyeron el conjunto artístico y arqueológico conocido como los Budas de Bamiyán ubicado en el valle del mismo nombre. Todos recordamos el horror que nos produjo ver a los islamistas en acción: a cañonazos, con dinamita, hasta el último pedrusco. De hecho, llevaban varios años arrasando el patrimonio preislámico del país, para que no quedase constancia documental alguna de que allá hubiera existido otra religión, otra concepción del mundo y un modo distinto de relacionarse los seres humanos. Algún funcionario, lúcido y valeroso, consiguió salvar parte de las colecciones arqueológicas del Museo de Kabul por el método de esconderlas, pero fue poca cosa. La catástrofe cultural, inmensa, bien puede inscribirse en el brillante palmarés de la Alianza de Civilizaciones, a la sazón todavía no nata.

Con razón, surgían voces denunciando la gravedad de los destrozos materiales, pero mucho más grave resultaba el atroz regreso a formas de comportamiento neolíticas, infligiendo castigos horrendos por motivos nimios o simplemente poco acordes con la ideología bestial de los islamistas. Tenían razón: el sufrimiento humano es más grave que el de las piedras, pero el uno suele ir parejo con el otro: quien no se conmueve por el arte o las culturas pasadas es difícil que lo haga por las personas. Y viceversa. De una u otra manera, el intento de borrar las huellas de los enemigos o, meramente, de quienes eran distintos es una de las lacras más frecuentes entre los seres humanos. Aquí, desde que Rodríguez entró en La Moncloa, no ha parado la máquina de falsificar el pasado, mediante la ocultación o destrucción, con el obvio objetivo de manipular el presente y condicionar lo venidero. Que lo consigan o no también nos concierne a los demás españoles.

A la ya larga lista de eliminación de estatuas, placas, denominaciones de edificios, de calles, instituciones y demás, amén de retirada de premios y condecoraciones, supresión en documentos de personalidades que –gusten o no– protagonizaron acontecimientos históricos, ha acompañado un latente designio fijo de acabar con el Valle de los Caídos. En estos últimos días, han desalojado de Yuste a los frailes jerónimos que conservaban la iglesia y la postrer morada de Carlos V. Probablemente se trata de un ensayo en probeta chica de lo que en realidad pretenden: desahuciar, o aburrir, a los benedictinos de la Basílica de Cuelgamuros para terminar convirtiendo el monumento en otra mamarrachada digna de Bibiana, de Dixie la Anglicana o del mismísimo Rodríguez, auténtico animador de todas estas maniobras. Y es que al tipo le tira mucho un abuelo al que no conoció y que debía ser un gran hombre, dado que ambos bandos querían fusilarlo.

Han suprimido la taquilla, con lo cual se cercenan los ingresos por visitantes, han prohibido la celebración de actos políticos o sociales en el recinto y reducido a la mínima expresión el culto. Al tiempo, anuncian la retirada de la Piedad "para restaurarla" (destrucción asegurada) y siguen presionando a la comunidad de monjes para que les deje el terreno libre. Su verdadero deseo –si pudieran y no lo descartemos, a la vista del país y las "altas magistraturas" que tenemos– es dinamitar la cruz y cegar la cripta con millones de toneladas de granito, tras el envío de los restos de Franco y José Antonio a un vertedero. No exageramos: hágase una encuesta al respecto entre votantes y afiliados de PSOE, IU, PNV, CiU, BNG, ERC y verán el resultado. Y es que los aguerridos antifascistas proliferan entre nosotros, sobre todo desde el 75, con el analfabetismo cateto que les caracteriza bien enraizado.

En nuestra opinión –aparte juicios políticos o históricos, más o menos defendibles– debe preservarse el conjunto monumental artístico y paisajístico por encima de cualquier otro criterio (no hay en el mundo muchos comparables y que daten del siglo XX casi ninguno). También debe respetarse el carácter religioso y de propuesta de reconciliación, que si no se pensó así en sus inicios, hace años que ostenta ese objetivo. Y no entrar en polémicas, por pataletas personales, acerca de si hubo tantos o más cuantos presos de la guerra trabajando en la construcción. A nadie importa, a estas alturas, qué trato daban los faraones a los constructores de las pirámides o del Gran Templo de Karnak, que, casi con seguridad, fue peor que el recibido por los forzados o asalariados del Valle de los Caídos. Importa –y mucho– salvar esta gran obra artística, un pedazo fundamental de nuestra historia, que ningún Rodríguez, resentido y sañudo tiene derecho a destruir o escarnecer desvirtuándola. Quien no respeta a los españoles, en paralelo a los talibanes con su gente, ¿por qué va a respetar sus monumentos?

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