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Serafín Fanjul

Sacar la lengua

En las "Partidas" de Alfonso X se queja el sabio rey del uso, que se iba extendiendo, del vocablo batalla (igualmente de origen transpirenaico, como tantos que hoy reputamos españolísimos) en lugar de fazienda o lid.

Serafín Fanjul
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(Afectuosamente, para Amando de Miguel).

Amando de Miguel está realizando en estas páginas electrónicas una excelente tarea de recogida de materiales lingüísticos, de comentarios, de dictámenes suyos y ajenos en torno a nuestra lengua que algún día le será adecuadamente reconocida, aunque no creo que sea ésa su meta. Entre las comunicaciones y comunicantes hay para todos los gustos, soslayando a los cazurros que le escriben para insultarle por creer ofendido el honor de tal campanario o la dignidad de estotra forma dialectal. Me refiero a los mensajes dignos de tomar en consideración. Hace unos días, una comunicante se quejaba de la penetración de anglicismos en nuestro idioma, de modo masivo, indiscriminado e innecesario. Y no le faltaba razón, pero si Amando me lo permite –y creo que sí– terciaré en el asunto porque a mí también me interesa.

Vaya por delante una declaración, tal vez ociosa para el perspicaz lector: un servidor utiliza en sus escritos y habla cotidiana entre cero y casi nada de extranjerismos recientes, procedentes del inglés o de cualquier otra lengua; y si lo hace es de forma zumbona y chusca, de sobra perceptible. Y no lo tengo a timbre de gloria, ni a la ingenua pretensión de educar la expresión de los 400 millones de hispanohablantes. Yo solito, ni acompañado. Simplemente, una madre, una infancia y juventud determinadas, por añadidura a lecturas y experiencias acumuladas durante largo tiempo, me han inmunizado y si, de verdad, no se precisa un vocablo extraño, es difícil hallarlo por mis páginas, sin forzarme ni forzar los contenidos. Pero dejemos lo personal y vayamos a lo colectivo. Yo querría tranquilizar a la señora y a cuantos se inquietan por la intromisión de léxico extranjero en el idioma. Y también querría llamar la atención sobre otros asuntos a mi juicio más graves y dañinos que el vocabulario.

Es cierto que las palabras foráneas repican en nuestra conciencia lingüística en mayor medida que otros factores menos visibles o llamativos, pero es bien sabido que el léxico es el elemento sometido a más fuertes mutaciones y zarandeos en el interior de toda lengua: pérdidas, desapariciones, corrimientos semánticos, intrusión más o menos justificada de nuevos términos, etc. Todo ello limado por el tiempo y los contactos entre comunidades humanas, pero eso no es grave. En el discurso elaborado por la comunicante, a base de anglicismos encadenados, casi todo son sustantivos, con pocos o ningún verbo (cito de memoria), lo cual indica que el vigor de nuestra morfología verbal permanece incólume (el verbo y el sistema vocálico son los dos puntales indestructibles del castellano, gracias a Dios). Tal concatenación de extranjerismos aburre e irrita a veces –cuando son manifiestamente en balde– pero no hay peligro. Ya hace mucho que venimos oyendo expresiones, más o menos spanglish, del tipo de "Vamos a la marketa y compramos groserías", "Cierra el güindo que entra col" o –incluso– componiendo y castellanizando un verbo inglés ("Te picapeo en el corner"). No es para temblar, es para sonreír.

Como tantas veces, conviene mirar al pasado para de él extraer ejemplo y ejemplos, perspectivas globales y relativización de nuestras inquietudes. Si releemos las "Cartas Marruecas" de José Cadalso, encontramos parejos discursos del autor como parodia –y pitorreo– de los cursis que hace más de dos siglos pululaban por la buena sociedad madrileña. Entonces la lengua admirada, copiada y –encima– mal hablada (como ahora) era el francés y nuestro ilustrado Cadalso se burlaba del abuso absurdo que de él hacían petimetres y señoritingas, tontainas con o sin altos empleos (los ejecutivos del tiempo), o escritores requetemediocres. Las mañas o ingenuos expedientes para dárselas de modernos, idénticos a los de hoy en día. Lean a Cadalso –no es el único que a la sazón se burlaba de tales tonterías–, lean y comprendan que ni en España, ni fuera de ella, se ha inventado la estupidez ayer por la tarde. Algunas de aquellas cursiladas han quedado en español, la mayor parte se ha esfumado y así será con los anglicismos actuales.

Pero podemos ir más lejos: Diego Hurtado de Mendoza en su "Guerra de Granada" se lamenta de la introducción de palabras como mochila o centinela, en vez de seguir usando talega y atalaya, que le parecían más españolas (por suerte, ambas siguen vivas, pese a los resquemores de don Diego). Lo que no sabía mi admirado clásico, o no reparaba en ello, es que tanto talega como atalaya son dos arabismos y, por consiguiente, alguna vez fueron, también, impertinentes por novedosas. Pero podemos ir más lejos: en las "Partidas" de Alfonso X se queja el sabio rey del uso, que se iba extendiendo, del vocablo batalla (igualmente de origen transpirenaico, como tantos que hoy reputamos españolísimos) en lugar de fazienda o lid, que estimaba más castizas. No sé si en el "Cantar de Mío Cid", o en las "Glosas", albor del castellano, asoman protestas e irritaciones similares: quizás. Lo que sí es seguro es que algún monje, escribano o persona culta de la época pondría algún que otro mohín o mala cara al oír a letrados o iletrados voces nuevas y, por ende, inquietantes.

Adivinar que musulmán suplantó a moro es relativamente fácil, aunque la vía fuese la literatura romántica francesa, pero ¿quién diría que túnel desplazó a mina hace un siglo y medio, que jardín es un galicismo como una casa o que nuestra hispanísima aceituna, en amistosa coexistencia con oliva en la misma Andalucía, es tan extraña en origen como la lengua árabe de la que se tomó? Hasta barbarismos actuales y "errores" fonéticos están documentados ya en el siglo XVI. Si en nuestros países se leyeran muchos y buenos libros no habría motivos para preocupación alguna.

Más debieran preocuparnos otros cambios: el desplazamiento del acento (en términos como SAMUR, en que los periodistas han impuesto la horrible barbaridad de Sámur; en infinidad de nombres propios, adoptando la acentuación inglesa: Dániel por Daniel, Yónas por Jonás, etc); la ya muy insegura pronunciación de la jota (a un servidor, en ocasiones, le llaman Fanyul y hasta preguntan si se escribe con una o dos eles); el retroceso del subjuntivo; la pobreza expresiva que delata un horripilante vacío de ideas y sentimientos y que se resume en el empleo masivo del verbo "hacer" (hacer un error, hacer vacaciones, etc.), de la palabra "cosa", de muletillas y vulgaridades, de tacos que intentan otorgar al discurso un énfasis que el hablante es incapaz de crear a base de ingenio y cultura, porque carece de ellos.

Pero lo peor de todo esto son las ocurrencias de arbitristas que pretenden arrimar el ascua a la sardina de cualquier bobería salvadora. Y sacan la lengua a pasear, cuando mejor sería que la tuvieran quieta, la suya propia y la de todos. Daré un solo ejemplo y afiáncense bien en los asientos, para no caer del susto, o de la risa. Hace unos años, un catedrático de la Universidad de Barcelona proponía muy serio en El País –¿dónde si no?– una idea genial para favorecer el aprendizaje del español: suprimir los verbos irregulares para que los extranjeros no tuvieran el problema de aprenderlos. La pequeña dificultad que, al parecer, el sabio no había entrevisto es que, de tal guisa, todos los hispanohablantes deberíamos aprender a expresarnos sin nuestros entrañabilísimos verbos irregulares, que tenemos metidos hasta la médula. Tampoco había parado mientes el eximio catedrático (aclaro que no era de Lingüística, dicho sea para salvar el honor y la cordura de los lingüistas, aunque no todos gasten) en que la finalidad primordial de una lengua es servir de vehículo de comunicación oral (y luego escrita) dentro del grupo de hablantes y que la enseñanza, o el aprendizaje, son asuntos secundarios. Amén de que muchas irregularidades proceden ya del mismo latín.

Otra genial majadería, semejante a la del catedrático de marras, fue la de Gabriel García Márquez proponiendo la eliminación de la ortografía y demostrando que los grandes escritores no están exentos de padecer un raciocinio menguado, en especial si intentan ser resultones, innovadores y revolucionarios a toda costa. En vez de elevar el nivel cultural de nuestras gentes –insisto: mediante la lectura– el caballero proponía rebajarlo hasta el piso, propiciando de una sola tacada la fragmentación de nuestra lengua, al convertir todos los registros coloquiales en lenguas que, a su vez, más pronto que tarde acabarían generando su propia diglosia. Bingo para don Gabriel y qué garbanzal tan rico para bablistas, panochistas y altoaragonesistas. Seguiremos informando.

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