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Serafín Fanjul

Sectarismo versus Historia

son secuencias históricas irrebatibles y las memorias de este último constituyen, quizás, lo más verídico y aceptable respecto a la actitud de los alemanes de la época: no todos fueron Schindler, pero tampoco Himmler

Serafín Fanjul
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Durante muchos años el cine bélico de Hollywood –y sus imitadores ingleses y franceses de modo más parcial y por tanto ridículo– nos acostumbró a unos cuanto estereotipos ineludibles en todas las películas dedicadas a la Segunda Guerra Mundial. Clichés que pueden reducirse en esencia a dos rasgos invariables: “Los alemanes” además de malos eran tontos. No había espacio para matices ni mucho menos para forma alguna de autocrítica, de discusión de detalles o reflexión general. La limitación al blanco y negro de buenos y malos pudo tener su justificación en los días mismos de la contienda cuando el cine desempeñaba un importantísimo papel de propaganda en Estados Unidos, Inglaterra, Rusia o los países en la órbita de los aliados. Sin embargo, la tendencia continuó a lo largo de varias décadas, reduciendo a “los alemanes” a una crueldad sólo comparable con su estupidez (el frío nazi muy afeitadito frente al simpático sargento Morgan del puro ladeado en la boca); el segundo puesto en tan lamentable galardón lo obtenían los japoneses, sin duda porque, pese a todo, nunca fueron el enemigo principal; y, por razones no menos obvias, los que nunca aparecían eran los italianos o, si acaso, lo hacían como folklórico telón de fondo en la campaña de Italia, claro. Hubieron de transcurrir muchos años hasta que se rodó Un taxi para Tobruk, primera cinta , que recordemos, donde se ve al alemán como a una persona, cosa por otra parte bastante fácil de percibir para cualquiera que vaya a Alemania, país en el que hay unos ochenta millones de seres de este género llamado humano. No obstante, la imagen creada, difundida y mantenida era la del cretino demoníaco, sin paliativos y por consiguiente poco creíble para quien decidiese utilizar su capacidad racional. Y de tal guisa se conseguía, a partir de la endeblez de esos estereotipos, poner en discusión la totalidad del producto, por desconfianza, oscuro sentido de equidad o mero designio de llevar la contraria, final tan indeseable como su antítesis. Y reconociendo que las masas suelen moverse por estímulos simples sin lugar para detalles y bibliografías, si bien la verdad de las cosas –decía Baudelaire, creo– reside en sus matices.
 
Viene este exordio a propósito de la película Der Untergang (El hundimiento) de Oliver Hirschbiegel, que ha suscitado, como no podía ser menos, el rasgarse de vestiduras de la progresía continental nunca dispuesta a revisar, desde ningún ángulo, los tabúes en los que vive tan ricamente instalada, y como ha indicado en estas páginas electrónicas Agapito Maestre. Y es que en el filme no sólo osa rebasar la habitual imagen de Hitler, caricaturesca o de paranoico que da gritos (también los da aquí) despojándole de la esencia de loco, sino que aparece como degustador encantado de los platos de su cocinera, atento y cortés con las señoras (incluidas las secretarias) y –se sugiere más que muestra– cariñoso con perros y niños, todos ellos hechos históricos. Pero es grave autodenuncia implícita de la indigencia intelectual y sectarismo imperantes en nuestra época tener que aclarar la evidencia perogrullesca de que nada de esto aminora su responsabilidad, el horror de los resultados de su política o la filosofía feroz en que sustentaba sus pretensiones, empezando por las fantasías raciales, inhumanas y acientíficas y desarrolladas más por Himmler y Rosenberg que por el mismo Hitler, porque nunca faltan gentes prestas a colocarse la condecoración de científicos, sobre todo si eso genera un río de fondos públicos para sus elucubraciones, como era el caso.
 
Pero la izquierda actual, tan antiamericana ella, no quiere salir del carril creado por Hollywood, como en tantos otros campos, ni siquiera para arribar a conclusiones semejantes. Temen que si se remueve uno de los naipes todo el castillo se venga abajo, demostrando escasa confianza en sus argumentos y convicciones y, desde luego, en el conocimiento del tema, pues la verdad conocida y desnuda basta y sobra para la condena, pero ellos prefieren variantes que exijan pensar poco: el histrionismo de Chaplin o aventurillas matoniles modelo Gran Evasión. Lo más inquietante del personaje, quizá, es su condición de persona normal (a cualquiera le puede pasar, es el corolario), demasiado normal, mediocre y gris en no pocas facetas, artista frustrado, ultranacionalista como casi todos sus contemporáneos, egocéntrico, idealizador del pasado…Una persona normal que va perdiendo el sentido de la realidad a medida que ésta ya no se acomoda a sus expectativas y deseos (gentes así hay montones), pero que conserva una capacidad fulminante y arrolladora de influencia y fascinación, hasta el postrer instante, sobre sus seguidores y capaz de hacer dudar a los colaboradores más directos, perfectos conocedores de la situación y que la viven, sobre la existencia de ejércitos imaginarios que tomarán a los rusos de flanco y los aniquilarán, o sobre las armas secretas, cuya aparición taumatúrgica muchos alemanes esperaron hasta el final.
 
Esta película ha sido producida nada menos que sesenta años después del fin de la guerra, lo cual da mucho que pensar sobre ese cuarto sellado del imaginario colectivo alemán, pues las cosas están superadas cuando se puede hablar de ellas y romper el tabú es comenzar lenta y tímidamente a normalizar una situación anímica de autoinculpación de tres generaciones de alemanes, la inmensa mayoría de los vivos, que no intervinieron en los acontecimientos y que prolonga el complejo de culpa de forma muy bíblica pero poco racional. No obstante, lo que más incomoda a los progres en la cinta no es la inexistente reivindicación de la figura de Hitler sino la aparición nítida, por primera vez, del pueblo alemán como víctima del nazismo y del propio Führer, que en arrebatos de sinceridad o desesperación –a saber–, manifiesta su desprecio y su condena al exterminio de los alemanes por no haber sido capaces de ganar la guerra, como si la víctima fuera él. El horror de los últimos días de Berlín, sus tres millones de habitantes en situación límite, el desmadre incluso dentro del Bunker, el espanto de Magda Goebbels matando a sus hijos por un sentimiento fanático de lealtad (aunque intenta salvarlos y salvarse convenciendo a Hitler para que abandone la ciudad), las autoexculpaciones más o menos creíbles de Traudl Junge y Albert Speer…son secuencias históricas irrebatibles y las memorias de este último constituyen, quizás, lo más verídico y aceptable respecto a la actitud de los alemanes de la época: no todos fueron Schindler, pero tampoco Himmler. Y en cuanto a los de ahora, el cine donde vi la película, estaba lleno de alemanes, y a lo largo de la dilatada proyección no se oyó ni una mosca, la tensión continua sólo aligerada en una ocasión por un tenue suspiro liberador, que no llegó a murmullo, ante una chuscada del protagonista, como si quisieran escapar del drama. Pero nadie escapó: qué gran película y qué útil hubiera sido hace treinta años.

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