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Serafín Fanjul

Sequía

Nuestro actual Gobierno, si le aprieta el descrédito por el fracaso de su rendición ante la ETA, o por el conchabe con los separatistas catalanes o navarros, dedica un consejo de ministros monográfico al cambio climático, el tema de moda

Serafín Fanjul
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Es cosa sabida: la multiplicación de medios informativos no mejora el conocimiento de la realidad, sólo favorece una avalancha de datos e impresiones de los cuales el receptor adopta y adapta aquellos más llamativos o que por razones varias mejor le cuadran. De ahí a generar filias, fobias y psicosis a escala planetaria no hay más que un paso. Se difunden valores más bien superficiales y se engendran alienaciones colectivas. Junto a palabras-herramienta, epítome de simplificaciones y complejos –solidaridad, diálogo, paz, medio ambiente, etc.– se avientan actitudes, verbales por lo general, que sólo completan el inmenso rompecabezas de inconsistencia que vivimos. Una de estas eficaces nociones –y prohijada con gusto– que nos toca padecer en nuestro tiempo es el cambio climático.

No descubrimos nada si admitimos que el clima cambia: pues claro, como siempre (otra cosa es la velocidad de esas modificaciones). Pero el hallazgo de nuestra época es haber convertido esa idea en preocupación colectiva, en entretenimiento, mordaza y anestesia para quedar paralizados ante otros asuntos que, en realidad, nos afectan más. Ya no basta con las ballenas del Índico, ahora se agregan los dos o tres grados que –quizá, tampoco es seguro– se recalentará el planeta dentro de un siglo y la eventual subida de las aguas unos centímetros si todos los chinos disponen de nevera y automóvil (¿cómo consiguen llegar a tales extrapolaciones?). Con lo cual ya tenemos a legiones de indocumentados obsesionándose con unas condiciones atmosféricas que, como mínimo, quedan muy lejos. O dando conferencias, que es peor.

Ni siquiera se trata de entrar en los negocios de caraduras como Al Gore, que venden un juguete mientras se divierten con otro: haz lo que yo digo, no lo que yo hago, etc. Pero no es el único. Nuestro actual Gobierno, si le aprieta el descrédito por el fracaso de su rendición ante la ETA, o por el conchabe con los separatistas catalanes o navarros, dedica un consejo de ministros monográfico al cambio climático, el tema de moda: para que luego digan que no están al tanto de las inquietudes de la gente. Hace unos días, en la tele, una muchacha, de buen ver pero analfabeta total, nos aclaraba mucho las ideas: "Hace frío cuando tiene que hacer calor y calor cuando tenía que hacer frío, el cambio climático nos está achacando (sic) mucho", aun con los arreglos sintácticos que le hemos introducido, ése es el pensamiento de la criatura. Y de muchos más.

Por descontado, aparecen el ozono, el desarrollo sostenible, la culpabilización a la industria, el CO2 y el capitalismo depredador. Se habla poco, o nada, de que las mayores catástrofes ecológicas del siglo XX fueron obra de la Unión Soviética, en su zona europea y, sobre todo, en la asiática; apenas se da cancha a los científicos y contados periodistas que sostienen con datos y argumentos razonados posturas muy diferentes (no hay necesidad de oírles: están todos comprados por las industrias químicas y armamentísticas, como un servidor), la dura realidad de los hechos no conmueve la solidez de la imagen arraigada hasta las cachas (sequía, calor, desertización son evidentes e indiscutibles, aunque no pare de llover; en agosto, frío en rostro, como siempre; y la desecación de inmensos territorios ya se diera cuando los homínidos, o sus descendientes Neanderthal o Sapiens, no tenían más industria que fabricarse hachas de sílex a golpazos. Da igual.

La desertización del norte de África o de la Península Arábiga se inicia en tiempos mesolíticos, sucediéndose en el Sahara las fases pluviales y las secas, la gran glaciación del norte de Europa acaeció hace diez mil años, las inundaciones y sequía, en períodos más o menos largos, se alternan de manera endémica en numerosas tierras, por ejemplo en la nuestra. Si estos paranoicos del cambio climático dejan un rato de darle a la Play-Station o de leer El País y se molestan en informarse de lo que refieren las crónicas medievales, musulmanas o cristianas, verán que diluvios y largas temporadas de sequía eran permanentes hace un milenio. Si hojean los relatos de viajeros del XVIII y XIX, podrán comprobar que la situación seguía siendo la misma ("varios kilómetros", adjudica el finlandés Edelfelt a la inundación que presencia en Sevilla) y si hablamos de "gota fría", en el levante español en los últimos cinco siglos se ha producido, con secuelas graves, unas doscientas cincuenta veces, lo que significa una media de una vez cada dos años.: otra cosa es el juicio que nos merecen las autoridades municipales, estatales, regionales (o ahora autonómicas) que no adoptan las medidas oportunas para paliar en lo posible los efectos del fenómeno.

Mientras se habla de cambio climático continuamos con la vista gorda para construcciones y servicios varios en ramblas y marismas. Observen las mediciones de temperatura en España durante el siglo XX y se cerciorarán de que las medias son uniformes y las extremas se dan y se daban con similar intensidad. Pero no hay manera: seguirán con su pea porque da buen tono entre almas gemelas.

Todos queremos un medio ambiente limpio, equilibrado y hermoso, detestamos la deforestación y somos partidarios decididos de controlar las emisiones de gases a la atmósfera y de cualquier forma de contaminación. No creo a nadie deseoso de suicidarse o de condenar a su prole a situaciones límite, pero –por favor– no exageremos, en aras de la credulidad de unos y los negocios ecológicos de otros (que también los hay). Por el momento, mientras dure esta pertinaz sequía que soportamos, voy a comprarme un arsenal de paraguas.

Post Data desesperada: El viernes 24 de agosto hubo Consejo de Ministros (el primero después de las vacaciones) y el Excmo. Sr. Presidente del Gobierno se quedó en Asturias, muy complacido en sus vacaciones, sin estar enfermo ni alegar motivo ninguno para no asistir. ¡Qué bien vive, el tío! Para que luego se raje tanto sobre okupas.

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