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Serafín Fanjul

Tras la resaca

Los populares repiten mucho que van a ganar las generales: ya veremos. En los próximos meses, el Guía Supremo, al alimón con sus compadres, anunciará algo, un gesto verbal de los terroristas, un guiño chiquito magnificado hasta el aburrimiento

Serafín Fanjul
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Abrió el fuego mi-Maleni destapando su ferviente deseo de ver a Esperanza Aguirre colgada de las catenarias del Metro; después, el Bermejo exhibió su categoría moral y profesional, su humor marrón, prescribiendo laxantes para los del PP "porque aprietan y no les sale" (admitamos que en un ministro de Justicia resulta edificante y tranquiliza mucho); Rodríguez, como jefe de la partida, probó ser el mejor y el presidente de todos los españoles, imparcial y desprendido, al acusar en el mitin fin-de-entierro en Fuenlabrada a Telemadrid de manipuladora y sectaria, en contraste con ese modelo de objetividad y limpieza que es TVE, como no podía ser de otro modo, puesto que la controla él; por último, acabamos de escuchar a nuestra siempre ocurrente Dixie en la falsaria Telemadrid cantándonos la milonga del recurso, denuncia o no sé que presentada en Estados Unidos por el saqueo de un pecio español perpetrado por el Odyssey ante nuestras barbas y con informes a mogollón de la Armada sobre cuanto estaba sucediendo. Pero a éstos el antiamericanismo se les va por la boca y a la hora de defender nuestros intereses no mueven un dedo, así pues, ante los tribunales americanos... límpiense el huevito, majos.

Tampoco han faltado elementos escenográficos de ambientación progresista: un canario, militante de izquierda,el pobre, detenido y encausado por desacato y desórdenes públicos por reprochar al Guía en un mitin haber vendido el Sahara a Marruecos; multa de 12.000 euros al Foro Ermua por protestar ante la absolución del pacifista Otegi o el envío a su pueblo del filántropo De Juana que, por cierto, de un momento a otro marcha para casita con el gustazo del deber cumplido al haber librado al pueblo vasco trabajador de veinticinco enemigos; los socialistas, compañeros y residentes en Madrid, por fin levantan la tapadera de sus amores cocinados en olla a presión repleta de grillos y es que no hay como un buen batacazo electoral, con la consiguiente pérdida de pesebres, para que los políticos redescubran la dignidad y la lógica, hasta que vuelvan a olvidarlas a la oleta de nuevos negocios. Un fructífero período electoral, no me negarán ustedes.

Y en el otro barrio, justa y merecida alegría por los relativos avances en algunas comunidades autónomas. Aunque los dirigentes del PP no lo digan, no creo que pierdan de vista la irremisible pérdida de Navarra (no sólo para ellos, para todos), la casi segura de Baleares, la imposibilidad de que los regionalistas/nacionalistas, o como se llamen, santanderinos y canarios vayan a apoyarles, contando con que, como comensales diligentes que son, prefieren los chuletones del PSOE a las promesas de boniatos del PP, ya lo advertíamos aquí con aquello de los magos canariones. También han perdido Vigo y Orense, en Gerona y Lérida no se han comido una rosca y de nada les vale en Sevilla ser la lista más votada. Como en tantos sitios. Muchos quisiéramos que, aun para su coleto, los dirigentes del PP extrajeran conclusiones autocríticas sobre sus actuaciones del pasado que, sin remisión, nos han abocado a todos, no sólo a ellos, al panorama presente, en especial en dos puntos: la ley electoral y la entrega de las televisiones al enemigo, porque no es ninguna casualidad que haya sido precisamente en dos territorios (Madrid y Valencia) donde las cadenas autonómicas ofrecen información variada y abierta y opiniones a granel de todo el mundo (un servidor está harto de ver en Telemadrid a la Iglesias, el Sotillo y tropecientos mil socialistas más) aquellos en los que ha triunfado el PP, por añadidura, desde luego, a los méritos de Aguirre-Gallardón, o Barberá-Camps, y a la incompetencia patética de sus adversarios.

Los populares repiten mucho que van a ganar las generales: ya veremos. En los próximos meses, el Guía Supremo, al alimón con sus compadres, anunciará algo, un gesto verbal de los terroristas, un guiño chiquito magnificado hasta el aburrimiento en casi todas las teles, un empujón que le ponga en casa de nuevo, aunque sea con la mitad más uno de los votos, a su estilo. Se necesitan demasiado para darse hachazos verdaderos: ya lo estamos viendo. Pobre España, sin institución ninguna que la defienda, ¿deberá ser otra vez el pueblo, como en 1808, quien la salve de sus gobernantes y demás compaña? Pero, ojo, entonces no había televisión ni segundas residencias.

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