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Serafín Fanjul

Tregua en Córdoba

Es inadmisible que otro intelectual flotante en las nubes y con ágil cuchara para los cocidos más sabrosos, equipare la nuca y la pistola, todo para llevar agua a su muy dudoso molino y aun a costa de llamar perros a quienes no se tragan sus cuentos.

Serafín Fanjul
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A la vista del contraproducente efecto para sus pretensiones provocado entre la población cordobesa, los musulmanes que reivindicaban la okupación de la catedral de la ciudad (de eso se trataba en realidad), nos han hecho el favor de posponer para mejor circunstancia la continuación del asalto. No sucede sólo en Córdoba, también en otros lugares de Andalucía (gentes amigas me informan de que en Jerez andan agitando la misma vaina con una antigua mezquita), pero tal vez sea en la capital omeya donde las alharacas suben más de grado, dada la endeblez cultural de no pocos (y pocas) representantes (y representantas) políticos (y políticas) detentadores (y detentadoras) de cargos (y cargas) que les vienen grandes. Es la ciudad de las maridas y las miembras –no se me enojen los cordobeses (y cordobesas) : ya sé que no es la única– amparadas por una alcaldesa (el alcaldeso de Sevilla sería capaz de otro tanto), persona genial que siempre ha suscitado mi admiración al conseguir hablar con un léxico vivo de unas cincuenta palabras. Quizás exagero y en ocasiones alcanza un récord de velocidad de crucero de cincuenta y tres o cincuenta y cuatro. Quién sabe. Así pues, a las "políticas activas", el "desarrollo sostenible", el verbo "plantear" o la ineludible expresión "a nivel de", que ningún político en ejercicio puede descuidar, se une la marca de femenino que nuestra lengua no ha precisado en un milenio pero que personas –supongo que también personos y hasta persones: anda, Llamazares, majo, di algo– generosas (y generosos) y clarividentes (y clarividentas) nos han iluminado con su sabiduría y lucidez. Pero éste no es el tema de hoy, si lo recordamos es meramente por enmarcar el panorama de confusión y beatería progre en que navega la catedral cordobesa, en tiempos remotos mezquita aljama.

Desde hace dos siglos Andalucía sufre la inoculación en dosis caballunas de una visión esquizofrénica de sí misma. A partir del hecho histórico claro de que una parte de la actual región andaluza (la suroriental) estuvo sometida al dominio musulmán más tiempo que otras zonas de la Península, se está intentando convencer a los habitantes de que son moros sin remedio, lo que pasa –¡horror!– es que no lo saben. Por tanto, Chaves, Canal Sur y la Fundación Tres Culturas acometen la ímproba tarea de sacarles de su error. Toreros.

Pero, desde las inocuas e inofensivas exaltaciones líricas o épicas del siglo XIX, el tono ha ido creciendo, ya se tratara de los dislates pseudohistóricos de un Blas Infante o, en nuestros días, de la fijación antinacional de un Juan Goytisolo. Infante asegura muy convencido en su versión de la conquista de Hispania por los musulmanes: "Legiones raudas y generosas corren el litoral africano predicando la unidad de Dios (...) Andalucía les llama. Ellos recelan. Vienen: reconocen la tierra y encuentran a un pueblo culto atropellado, ansioso de liberación (...) Hay libertad cultural. ¡Andalucía libre y hegemónica del resto peninsular! (...) En Andalucía todo el mundo sabía leer y escribir...". Y, como no podía ser menos, viene la condena patológica de la España cristiana a la que, quisiera o no, pertenecía el mismo Infante: "Isabel, la bárbara grosera, fanática, hipócrita y cuya figura y cuyo reinado son los más desastrosos que tuvo España (...) Los bárbaros expulsados por el auxilio árabe, con la colaboración de Europa entera, vienen otra vez contra nosotros. ¡Las cruzadas! El robo, el asesinato, el incendio, la envidia destructora, presididos por la cruz. Nos quitan nuestros territorios peninsulares. Fernando el Bizco nos arrebata Córdoba y Sevilla. Sangre y fuego." (Andalucía desconocida)

Esta clase de desmelenamientos no queda tan lejos. Goytisolo, más recientemente, atiza el mismo fuego con no mejores argumentos: "el enfrentamiento del castellanismo más mostrenco con las nacionalidades periféricas nos retrotrae a épocas que creíamos definitivamente extintas (...), como dijo Américo Castro, un grupo humano que ignora de dónde viene tampoco puede saber a dónde va. A los mitos mortíferos de los radicales vascos, hacen eco, como ladridos de un can en la noche, los del españolismo más trasnochado. Volvemos insidiosamente a la apropiación estatal de lo religioso y a las arengas de la patria en peligro" (Blanco y Negro Cultural. ABC, 14-02-04). A la sazón gobernaba, todavía, el PP, pero muy prontito el barcelonés de Marrakech pudo tranquilizarse con "la vuelta a la razón" (sic) que nos regalaron sus compis y como demostró en los ardientes panegíricos, casi epitalamios eróticos, que dedicó a Rodríguez, diríase el amor de su vida.

Desconozco en qué podía basarse por entonces para hablar de "castellanismo mostrenco y españolismo trasnochado" , porque yo no los veía ni veo por parte alguna y si él es capaz de identificar al hombre invisible debe ayudarnos a los que carecemos de tales dotes. Y si retoma el argumento con tres años de retraso ante las recientes manifestaciones, sólo diré que llegan tras haber perpetrado Rodríguez el Estatuto de Cataluña o la negociación con la banda asesina y son fruto del hartazgo que tenemos (esperamos que también hable de marroquismo trasnochado, francesismo mostrenco, etc., cada vez que las gentes de esos países enarbolen su bandera y expresen un sentimiento nacional: no va a parar, la criatura). En segundo lugar, debería fulminarse a sí mismo con esa pregunta de saber, o no, de dónde proviene: de los Abderrahmanes, desde luego, no. En tercer y último lugar, es inadmisible que, una vez más, otro intelectual flotante en las nubes y con ágil cuchara para los cocidos más sabrosos, equipare la nuca y la pistola, todo para llevar agua a su muy dudoso molino y aun a costa de llamar perros a quienes no se tragan –no nos tragamos- sus cuentos de Marrakech.

La nostalgia árabe por al-Andalus, que hace veinte años aun nos suscitaba una sonrisa sentimental de simpatía (como todas las nostalgias), ha sido barrida por el desembozado proyecto musulmán de reislamizar la Península como paso previo a la constitución de Eurabia –gracias, Oriana– y del califato universal. Que lo consigan o no es otro asunto, en el cual nosotros tenemos mucho por decir y por hacer, sin olvidar que en toda comunidad cerrada –y el islam lo es en grado superlativo– las corrientes de opinión y, consiguientemente, el poder siempre acaba en manos de los extremistas. Por tanto, no cabe hacerse ilusiones sobre cuál es y cuál será la tendencia dominante entre los escasos moros de origen español y la multitud de los importados.

Y no se les puede acusar de ocultar sus intenciones, incansables como son en el recordatorio, ante la inopia, la cobardía o la codicia de chicos y grandes entre nosotros. Con enorme desparpajo –pelillos a la mar, complejos también–, el jeque Abd al-Yalil Sayyid, nada menos que "presidente del Consejo Musulmán para la Armonía Religiosa y Racial del Reino Unido", nos amenaza tan tranquilo, seguro de que las libertades de culto y expresión vigentes en el país que lo acoge garantizan impunidad total: "La violencia no cesará hasta que dejen de vilipendiar al Profeta" (19-02-06). No sólo se sirven de la violencia, además se consideran, sin discusión, con todo el derecho moral para practicarla: si un dibujante danés pergeñó unas caricaturas de Mahoma, la justa respuesta es asesinar a un sacerdote católico en Turquía, como hicieron; o a una monja italiana en Somalia a raíz de la conferencia de Ratisbona, mecanismo perfecto de raciocinio. Y no faltarán manjones y pepiños que nos recuerden que Bush invadió Irak, con lo cual estará justificada toda tropelía cometida por musulmanes en cualquier punto del planeta: más dosis de racionalidad y lógica.

En verdad, en éstas andamos. La tregua sólo es una efímera parada en el asedio cordobés. Como en aquel viejo anuncio ("¡Villacañas, tres minutos!"), el tren se ha detenido un instante y a él siguen encaramándose por todos los medios viajeros incontables con los que no se contaba. El trayecto continúa, hasta el próximo accidente, como dice Rodríguez.

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