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Serafín Fanjul

Uluch Alí ataca de nuevo

aquí casi nadie habla de las secuelas que esa incorporación tendrá sobre los restos que van quedando de nuestra agricultura, de la deslocalización de empresas, de la avalancha de inmigrantes

Serafín Fanjul
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En 1571, tras la derrota de Lepanto, Uluch Alí, alias Kapudan Bajá, almirante turco escribía: "La flota del imperio divinamente guiada se encontró con la escuadra de los malditos infieles, y la voluntad de Allah se volvió del otro lado". Así se salvaron los europeos de la época, culminando el choque con la cristiandad occidental (a excepción de Francia, que siempre se ha desentendido de los intereses generales) iniciado en 1501 con la entrada de Kemal Rais en el Mar Tirreno. Una larga ristra de asaltos, invasiones, rapiñas, captura de habitantes para venderlos, que se prolongaría durante tres siglos e imposibles de reseñar aquí ni someramente. No obstante, en un país tan desmemoriado como el nuestro no huelga recordar que en Hungría sí rememoran la triste derrota de Mohács (1526), que en el este de Europa tampoco olvidan los dos asedios otomanos a Viena (1529 y 1683), que en Belgrado y Budapest todavía a fines del siglo XVII había bajás turcos, o que las incursiones de los piratas musulmanes alcanzaron a la misma Islandia (1627), después de haber asolado las costas de Inglaterra e Irlanda. De las de Granada, Málaga o Valencia ni hablamos; ni del saqueo de Ciudadela (Menorca) por Piali Rais en 1558; ni del exterminio de los armenios ya en pleno siglo XX. Nuestro descuido de la Historia, que viene de atrás que y los gobiernos socialistas se han preocupado de agravar, nos induce a mantener posturas absurdas. Me explico.
 
Está fuera de discusión que los acontecimientos del pasado no pueden encastillarnos en actitudes determinantes de la política económica, cultural o militar de la actual Unión Europea, pero tampoco resulta conveniente decretar amnesia general, en España y en Europa entera, desconociendo (véase la Constitución europea de Giscard y Rodríguez) los orígenes y los elementos básicos de homogeneización de nuestro continente y, a la par, abriéndose seráficamente rebozados en almíbar al enemigo de ayer (para los armenios el asunto queda muy cerca, no son consejas del siglo XV) que, por su parte, no ha renunciado a ninguno de los factores de confrontación con nosotros; sólo quieren beneficiarse de la economía de la Unión, por lo demás no les interesamos. Y con un gobierno islamista, menos: recuérdese el veto turco al paso de tropas americanas por su territorio en 2003. Y, sin embargo, el Parlamento europeo acaba de aprobar el inicio de negociaciones con Turquía con vistas a su ingreso en la Unión, basándose en el muy discutible argumento de que el 4 % del territorio turco se halla en el continente europeo. La geografía como única guía es mala consejera porque, entonces, cabe preguntar qué pintan las Antillas francesas o Canarias en la Unión, o por qué no damos la razón a Marruecos y les entregamos atados de pies y manos a ceutíes y melillenses.
 
Como la inocencia en los políticos no existe, cabe preguntarse por las razones de esa mayoría de votos favorables a la apertura de conversaciones, que no a la entrada, como ha proclamado la TVE socialista. No cuadra que meros intereses particulares –que los hay– puedan forzar un resultado tan discutible. Soslayan el argumento histórico e, impelidos de la divina inspiración multiculturalista, en nombre de la infancia desvalida van a prohijar a Drácula; retuercen a conveniencia el factor geográfico (¿por qué no se considera antes la adhesión de Bulgaria, Rumanía, Serbia, Ucrania, Bielorrusia, Rusia?); desdeñan el político (¿qué pasa con Grecia y Chipre? ¿Y el desequilibrio en las votaciones como país "grande"?); y olvidan el religioso y cultural: ¡Un club cristiano!, estigmatizan. Pues sí y que no falte, porque, como falte, nuestros descendientes han de pasarlo muy mal. A los señores diputados de Estrasburgo tampoco les incita a la reflexión el hecho de que los europeos orientales, quienes más han sufrido la vecindad turca, son los más reacios a admitir su entrada, no por venganza, sino por precaución.
 
No obstante, el caso más incongruente es el español: la izquierda olvida hasta a los "moros de la Guerra" (esa Guerra que tanto les gusta airear últimamente), que ya es peregrino olvido en ellos; la derecha manifiesta un entusiasmo digno de estudio psiquiátrico; y la población –si las encuestas son dignas de crédito y no inducen a respuestas buscadas, que ésa es otra– se pronuncia a favor de la entrada de Turquía en proporciones inquietantes por el vacío y alienación que muestran (después, los celtíberos se llenan la boca de satisfacción subrayando, con gran agudeza, que los americanos son tontos e incultos por haber votado a Bush). He pedido a unos cuantos políticos en ejercicio que me den un par de razones –sólo un par– para apoyar esa postura, alguna pista sobre los beneficios que obtendrá España, algo, por el amor de Dios, algo. Y no he oído sino vaguedades angelicales, especiosidades mucho más insostenibles que los recuerdos históricos como base de argumentación: refuerzo del eje mediterráneo, puente entre Europa y el Islam, vía para la distensión… Militan a un centímetro de la Alianza de Civilizaciones, con Rodríguez y Moratinos del bracete con Uluch Alí. Y viva la Pepa, o la Fátima. Aquí no hay seriedad. Esto de los efectos benéficos sobre Turquía y el Islam me recuerda aquel cuento –que en la práctica se repite mucho– de la bellísima actriz, no muy discreta, que quiso engendrar un hijo perfecto y se fue a proponer a un científico de inteligencia privilegiada juntar los esfuerzos de ambos para procrear un niño que sería el mejor en todos los órdenes. El científico, más bien feo pero avisado y a la oleta de que a nadie amarga un dulce, accedió con una única objeción: "¿Y si la criatura sale con mi belleza y su inteligencia?"
 
Porque aquí casi nadie habla de las secuelas que esa incorporación tendrá sobre los restos que van quedando de nuestra agricultura, de la deslocalización de empresas, de la avalancha de inmigrantes (¿los tres o cuatro millones que no quepan en Alemania, a la que le caerán quince o veinte?), del choque cultural que soportará nuestra sociedad, unido a la penetración de norteafricanos. Minucias.
 
Una cosa es que a Estados Unidos interese la entrada de Turquía para reforzar la OTAN tanto como para debilitar la Unión, o a Inglaterra para imposibilitar la unión política, y otra muy distinta que debamos enardecernos de alegría ante la perspectiva. Por fortuna, no parece que la economía alemana quiera, ni pueda, sufrir la agresión.
 
Angela Merkel, ora pro nobis.

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