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Serafín Fanjul

Un imposible Dos de Mayo

Pierden de vista un detalle: los afrancesados de antaño no eran tan ignorantes como los progres de hogaño.

Serafín Fanjul
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Tal como se preveía, Esperanza Aguirre está salvando el Dos de Mayo. Ya que no pudo intervenir en el de hace dos siglos (falta habría hecho), al menos se esfuerza por dignificar y prestar atención a las conmemoraciones actuales dándoles empaque y,  sobre todo, dinero con que sufragar todo el aparato de exposiciones (¡menuda birria la organizada por Gallardón en la plaza de Colón!), audiovisuales, publicaciones y actos diversos para recordar aquella gesta, una más de las protagonizadas por nuestro pueblo y, por tanto ridiculizada, menospreciada y –cuando pueden– escupida por la progresía, siempre dispuesta a burlarse de cuanto desconoce.

Esta misma semana, el martes, en Telemadrid, uno de esos omnipresentes picateles, ganoso de vender "su libro" –a saber qué joya será– se comparaba, despreciándolo, a un historiador serio como Fernando García de Cortázar: una vez más, repetía el vociferante entusiasta del PRISOE, todo es igual a todo, cualquiera puede ser historiador (por ejemplo, él) y lo mismo vale el esfuerzo acumulado y la investigación honrada que las proclamas de indocumentados con buen altavoz en los medios de comunicación. Es sabido: para enunciar una tesis o interpretación histórica, por disparatada que sea, basta con tener amigos que te lleven a la televisión. Según el tipo, la Guerra de la Independencia fue una contienda civil entre españoles, lo cual daba pie para hablar de la España oscurantista, de las culpas de la Iglesia y de los inevitables loores de los afrancesados – milagrosamente no apareció la Foto de las Azores–, que vendrían a ser los progres del tiempo –la De la Vega ya se manifestó por esos derroteros y conviene seguir a la pastora que, en definitiva, es quien reparte mendrugos–, aunque pierden de vista un detalle: los afrancesados de antaño no eran tan ignorantes como los progres de hogaño.

El Dos de Mayo de 1808 alumbró a la Nación Española que, por supuesto, se había ido gestando a lo largo de todo el XVIII, en las pugnas entre casticismo y afrancesamiento, en el pensamiento, el trabajo y la política de personajes ilustrados de muy vario pelaje, preocupación y objetivos: desde Jovellanos a Cadalso, Ensenada a Floridablanca o Aranda, desde Ulloa hasta Azara (cualquiera de los dos). Un forcejeo de fondo, con muchos grados y protagonistas. Todo eso estalla en Madrid. Quedarse en superficialidades como la felonía de Fernando VII, los cuernos de Carlos IV o la división en buenos y malos para poder alcanzar la obligada proyección de los "fachas" y "progres" actuales sobre aquellas gentes, como si fueran lo mismo, puede ser útil para instrumentalizar la Historia por enésima vez en contra de la Nación Española , objetivo real, pero se parece poco a lo sucedido y, desde luego, rema en sentido contrario a las necesidades de nuestra sociedad y nuestra gente, las de entonces y las de ahora.

Sin embargo, la pregunta fundamental es: ¿sería posible en nuestra época algo semejante al Dos de Mayo? Una vez sentado que sólo nos referimos a "algo semejante" y aceptando que las circunstancias son muy distintas y por tanto el interrogante es mero futurible, elucubración gratuita, aun así quizás no resulte inútil preguntarnos por la capacidad de respuesta actual ante una invasión exterior o una traición interna, con tal de que vengan acompañadas de toneladas de vaselina en forma de buen rollito, raciones de gambas y supercherías y control audiovisuales en proporciones jamás conocidas. El Gobierno que traga con la ETA y con Marruecos, que abdica con más entusiasmo que Carlos IV en la defensa de nuestros intereses, o que paga rescate a media docena de andrajosos somalíes, es el mismo que desprecia las leyes y la semántica: ¿por qué no denominar "conducción de agua" al trasvase del Ebro si simultáneamente se conculca la Constitución modificando los estatutos, esa demanda popular incontenible?

Pero esa traición de la España oficial no se cierne sobre nosotros flotando en el vacío: Rodríguez y Cía. no salieron de la nada, sino de una masa social que no sólo les vota, también otorga su aquiescencia. Es difícil calibrar cuántos votantes socialistas apoyan tales fugas y renuncias –como también lo es medir en qué proporción sus contrarios políticos se decantan por la firmeza y la conciencia nacional: los últimos días de Mariano Rajoy son demoledores– pero algo es seguro: no veo yo al batallón de modistillas de Moncloa dando el queo a Solbes, Pepiño y Moratinos para salir, cachicuernas en mano, a destripar franceses o descerrajarles sus merecidos arcabuzazos. Porque representan bien a las multitudes que del Dos de Mayo no más quieren saber cuánto se alarga el puente y a cómo anda el litro de gasolina.

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