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Serafín Fanjul

Viento del sur

Sabido es el chistecito de por allá: en tanto mexicanos y peruanos descendían –es un decir– de aztecas e incas, los argentinos descendían de los barcos.

Serafín Fanjul
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Hojeo viejos álbumes de fotos familiares y reconozco rostros muchas veces vistos, pero sólo allí, en la cartulina parda o amarillenta. Aquellas imágenes me recuerdan que a lo largo de todo el continente americano tengo parientes con quienes nunca he cruzado una palabra, veo niños probablemente ya muertos de viejos y cuyos descendientes nada saben de los de aquí. En Puerto Rico, Cuba, México, Argentina, Chile, Estados Unidos hay gentes todavía próximas por los apellidos –dejémoslo en los cuatro primeros, es decir, mis cuatro abuelos– y que en alguna ocasión han dado señales de vida tras verme en una televisión de por allá, queriendo indagar el pasado, intentando una reconstrucción imposible. Tal vez conservan fotos similares a las mías en las que aparecen mis antepasados directos, tan enigmáticos para ellos como los suyos para mí. Por la ambientación se colige que a unos les fue mucho mejor que a otros y que quizá dan más garantías de mantener el apellido, cualquiera de los cuatro. Pero son escenas y caras de hace setenta u ochenta años: sabe Dios lo sucedido. Si pasamos a mi generación y la siguiente podemos repetir la plantilla pero ahora en Europa y, desde luego de forma directa, con personas concretas y queridas. Todos ellos componen mi "gente" (gens en latín, familia, linaje, estirpe, raza). Unos emigraron, otros quedaron. O quedamos.

Nada de lo antedicho tendría la menor importancia –nostalgias familiares aparte– si casi todos los lectores no pudieran exhibir álbumes semejantes, parientes por igual desconocidos, emigrantes nunca retornados. Y no ignoramos que todo este discurso fluye entre literatura –mejor o peor– y melancolía, pero, de pronto, lo arrojamos a las páginas de los diarios o a lo poquito que –de hecho– informan las televisiones y el chapuzón es revulsivo en aguas gélidas, o hirvientes. Un 30 % de los africanos arribados ilegalmente a Canarias en las últimas semanas padece enfermedades pavorosas (sida, sífilis, tuberculosis, hepatitis); los inmigrantes suman ya entre un 8 y un 10 % de la población de España, la mitad en situación irregular; en Madrid hay un millón de recién llegados que hace cuatro años no estaban; en la misma región la proporción de extranjeros es del 20 %; la integración es muy desigual, según las procedencias; la regularización de Caldera nos ha echado encima otro millón de personas; una parte, por fortuna mínima pero activa y visible, de los venidos son delincuentes o mangantes; circulan alegres las fantasías de la izquierda que, al quedarse sin tropa, pretende rehacer con ellos su ejército de proletarios; inquietud de los pobres de por acá que ven cómo el problema lo sufren y lo van a sufrir ellos, no los cebrianes ni polancos; el gobierno actual no tiene la menor idea de qué va a hacer ni ganas de hacerlo...

El asunto se presta a demagogia fácil. Jovencitos, o talluditos, sin responsabilidad ninguna sobre los acontecimientos ni sobre las soluciones, intentan abrumarnos con pavadas como "ciudadanos del mundo", "el mundo es de todos", "ninguna persona es ilegal", abandonados ya los lemas cristianos por ir poco a la moda ("Son nuestros hermanos", "Dios es de todos", etc.): hasta Caritas evita hablar de "caridad" y se ha sumado a la palabra hoy en el candelero, solidaridad. Aunque unos y otros, en realidad, están practicando la caridad y no otra cosa. Al "sólo ellos trabajan y nosotros los explotamos" de los progres se une el campanudo veredicto de expertos y analistas ("Sin ellos no hay desarrollo posible"). En alguna ocasión, no faltan economistas que se van de la lengua y centran la cuestión en términos más realistas y crudos: podría haber el mismo desarrollo, pero saldría más caro. Con lo cual ya nos vamos acercando un tanto a la auténtica configuración del poliedro: miseria o pobreza en enormes partes del planeta; creación entre esas gentes de expectativas de consumo y vida mejor, con frecuencia infladas artificialmente por los medios de comunicación (¡aquellos albaneses prestos a cruzar a nado el Canal de Otranto tras contemplar las vajillas de oro en las películas!); "occidentales" (algunos, vaya) que apuran y sorben cualquier resquicio del economicismo para engordar, incluso a costa de los inmigrantes por quienes salen valedores; ternurismo y aprovechamiento de los buenos sentimientos; tendencia universal, en todos los grupos humanos, de moverse cuando lo necesitan, o si vislumbran un beneficio al desplazarse... Así ha sido siempre y lo hemos denominado invasiones bárbaras, hordas de Atila o Gengis Khan, conquista y colonización de América, emigración al Nuevo Mundo, hacer las Américas, expansión islámica, "Go West". Por las buenas o por las malas, o soluciones mixtas, como arrogantes y rapaces dominadores, o como pobres gentes a quienes se sometía a desinfección y cuarentena, los seres humanos han salido –muchas veces huido– del terruño para no volver, o para hacerlo sólo como triunfadores.

Nada hay de nuevo en ello, ni de malo. Todo depende de la forma en que se produzcan la llegada, el afincamiento, la integración: el tiempo y el espacio, las secuelas que deje en los receptores y en los mismos inmigrantes. Sabido es el chistecito de por allá: en tanto mexicanos y peruanos descendían –es un decir– de aztecas e incas, los argentinos descendían de los barcos. Pero no cuela el conminatorio reproche proferido en España, en nuestros días, por hispanoamericanos que, de ordinario, buscan algo, aunque no más sea humillar y amolar a los oyentes: "Nosotros –marcando bien lo de "nosotros"– acogimos a los españoles hambrientos y "ustedes" –con el "ustedes" igualmente bien resaltado– maltratan a los que vienen". Y no cuela porque es demasiado evidente que ni unos ni otros vivimos aquellos momentos y por tanto no podemos adjudicarnos méritos ni exigir agradecimientos, o darlos; por otro lado, no todos los casos fueron –o son– iguales, ni a todos recibieron con banda de música y fuegos artificiales ("gallego", en Argentina, sigue siendo un insulto despectivo), ni todos recibieron más de lo que dieron (habría que matizar los casos, lo cual no podemos hacer aquí), aunque, en general, la inmensa mayoría de los españoles en América se enraizó de nuevo, amó a su tierra de adopción y allá quedaron, todo normal. Y pocos he visto, incluso en poco boyantes circunstancias económicas, que no estén profundamente agradecidos e integrados, actitud que –dudo mucho– sea la de quien se vale del reproche retrospectivo como arma arrojadiza contra el país en que ahora vive. Si bien debemos reconocer que en esas actitudes cuentan mucho los factores individuales de personalidad, de cualidades humanas.

Pero aquí y ahora, en lo inmediato, no es mucho pedir que los inmigrantes, sea cual sea su procedencia, trabajen, respeten las leyes del país y traten, sin retorcimientos ningunos, de integrarse en una sociedad abierta como pocas en el mundo. Y tampoco es demasiado exigir a los gobiernos de España –éste y los que vengan– que pongan orden y garanticen una permanencia estable y digna a los extranjeros cuya presencia no dinamite la economía, la Seguridad Social, la Medicina, el sistema educativo, la convivencia en las calles de España y de los españoles, dentro de nuestras necesidades y posibilidades. Y también es función del gobierno español obligar a los países africanos o árabes a readmitir a sus propios ciudadanos –si aquí no pueden quedar– por encima de la picaresca dolosa de presentarse en una playa sin documentación: ¿se imaginan qué ocurriría a un español que en esas condiciones intentase infiltrarse en Gambia, Camerún o Marruecos?

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