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Serafín Fanjul

Visitando a Tamorlán

No tolerarían la más mínima objeción a su derecho de entrar en short y bragas al aire en una catedral pero tragan sin rechistar la pañoleta islámica para pasear por la calle, porque el shador es antiimperialista y, por consecuencia, de lo más guay.

Serafín Fanjul
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Una de las preocupaciones recurrentes de los monarcas, dignatarios y sabios de la Baja Edad Media fue la búsqueda del Gran Khan. Las noticias, fragmentarias o falsas, que corrían sobre Asia y el este de África inducían a soñar con el Preste Juan –naturalmente se le imaginaba cristiano–, con el emperador de la China y con otros personajes más o menos legendarios. Los relatos de los escasos viajeros contribuían a incrementar las fantasías abriendo perspectivas políticas, alianzas diplomáticas ficticias y cálculos comerciales que se concretaban en poco o en nada: el viaje de Colón fue el sello final de tales embelecos. El objetivo primordial de aquellos intentos era atrapar en tenaza a los países musulmanes del Oriente Próximo y en especial al rampante poder turco, a partir de datos históricos ciertos: primero los mongoles de Gengis Khan y Hulagu y después Tamorlán habían aplastado a los temidos imperios y sultanatos islámicos, contribuyendo indirectamente a la supervivencia de la cristiandad. Los resultados prácticos de tales escarceos fueron reducidos pero nos quedaron las relaciones de viaje de unos cuantos comerciantes, diplomáticos o frailes, un tesoro documental valioso.

En 1403, el madrileño Ruy González de Clavijo, saliendo de Sevilla, emprendió por encargo de Enrique III una embajada para visitar al Gran Tamorlán con vistas a eventuales pactos e intercambios en la línea que más arriba señalábamos. Como en otros casos, las consecuencias tangibles brillaron por su ausencia: la distancia, la imposibilidad de comunicación fluida, la misma muerte de Tamorlán en 1405 y, sobre todo, lo quimérico de establecer semejantes planes en el vacío, frustraron una vez más el provecho material del viaje. En estos días, otro fautor de grandiosos proyectos –Rodríguez– comisiona, al parecer, a un miembro de su partido para girar visita al Gran Khan, por supuesto en procura de sustanciosos apoyos y pactos maravillosos con los que apabullar a Europa, a Estados Unidos y a Trinidad y Tobago, si se tercia. Aunque, eso sí, reconozcamos humildemente nuestra incapacidad para doblegar al gobierno de Malta, potencia famosa, por ejemplo, en la crisis de los inmigrantes recogidos por el pesquero de Santa Pola.

Con tal bagaje en la mochila, González ha visitado al Gran Khan de hogaño –el persa Ahmadin Eyad–, que anda merodeando por el Oriente para imponer su hegemonía, como en tiempos lo hicieran Tamorlán y otros muchos. Ahora no se trata de aliarse contra el islam sino de abrazarse a él para dar pataditas en la espinilla al Satán de nuestros días, los Estados Unidos. Y mientras, disciplinadamente, estos sabios hispanos envían tropas a cualquier lugar que la Unión Europea o el amigo americano lo manden, pero juegan a romper el frente de solidaridad occidental ante la amenaza nuclear, nada imaginaria, que día tras día va conformando el régimen medieval de Irán, con sus ejecuciones masivas de homosexuales, sus lapidaciones de mujeres más o menos casquivanas y sus shadores encasquetados a toda fémina que desembarca en Teherán, sea de la religión y nacionalidad que sea. Shadores que son aceptados con seráfica mansedumbre por las viajeras, quienes no tolerarían la más mínima objeción a su derecho de entrar en short y bragas al aire en una catedral pero tragan sin rechistar la pañoleta islámica para pasear por la calle, porque el shador es antiimperialista y, por consecuencia, de lo más guay. Y aplaudamos la embajada de González, personaje canonizado como menos malo gracias a las nieblas del tiempo y el olvido y, sobre todo, por el contraste con la miserabilidad alcanzada con Rodríguez.

A estas alturas rayaría en ingenuidad incurable sorprenderse por el giro, al menos aparente, de González y su partido ante la configuración política del Cercano Oriente: quienes sostienen el derecho de Irán a poseer armas atómicas, curiosos pacifistas, apoyaron la intervención americana –y de qué manera– en la zona, actitud que halló su culmen en la guerra del 91 contra Irak. Olvidado todo esto, se llenan la boca con la foto de las Azores (otro día hablaremos de esa imagen) y con la supuesta ilegalidad del platónico concurso español para desalojar del poder a Sadam Husein, uno de los tiranos más repugnantes del siglo XX. El "Donde dije digo..." ya está inventado, con lo cual de sorpresas, nada. Más bien nuestra preocupación debe centrarse en la eficacia –mera farfolla– de estos gestos, incluso de cara a impresionar a Estados Unidos. Hasta Solana ha desautorizado la maniobra ("González no está negociando nada ni en nombre de nadie": Entonces, ¿a qué ha ido?); el gobierno de Rodríguez ni desmiente ni deja de hacerlo; y la posibilidad de que González esté tiroteando a Rodríguez para ponerle en evidencia ante la comunidad internacional tampoco es desdeñable.

En toda esta vergonzosa reedición del Viaje a Samarcanda de Clavijo dos factores relucen más que el sol: el desprecio absoluto de Rodríguez por los intereses españoles frente a nuestros vecinos y aliados naturales y la despreocupación frívola ante un gravísimo problema universal como es la nuclearización del régimen iraní. Persuadidos de que el conflicto, por la lejanía, sólo atañe a Israel y, si acaso, a la "penetración imperialista" americana (que tanto juego da en la demagogia pacifista de Rodríguez), se inhiben del rearme de uno de los conglomerados socio-políticos más feroces del momento. Es hermoso hablar de Alianza de Civilizaciones con quienes se niegan a dar la mano a las mujeres (Reina Sofía incluida) porque les contaminarían de impureza, mientras se juega una tonta partida de cartas en la cual los faroles de Rodríguez terminan aportando tropas con diligencia y sumisión, las mismas que gastaba González en el 91 para aplaudir los bombardeos sobre Irak. Carentes de ningún proyecto duradero, exterior o interior, aparte de contentar a corto plazo al sector más cerril de su clientela (el régimen iraní habrá manejado bien la imagen de González rindiendo pleitesía al fanático terrorista), se limitan a prodigar gestos, contradictorios y estériles, mera publicidad para radicales convencidos. De todo este carnaval no sobrevivirá nada bueno: al menos del viaje de Clavijo quedó una relación estupenda, algo impensable cuando se recuerde el paso de Rodríguez por la historia del España.

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