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Serafín Fanjul

Vuelve El Libro Verde

Nuestro Rodríguez, extratéga como no hay otro y cerebrazo total, ha descubierto la Alianza de Civilizaciones, que en nada va a la zaga a las genialidades del libio.

Serafín Fanjul
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A principios de los ochenta el coronel Mu’ammar al-Qaddafi decidió dedicarse una cadena interminable de homenajes en premio a la sagacidad y sabiduría que él mismo había elaborado y expuesto en la obra cumbre del pensamiento político mundial: El Libro Verde, producto socio-cultural en verdad notable pese a no llegar a las cien páginas y a constituir un mero trasunto en malo de la Filosofía de la Revolución, que tampoco es manco, del no menos coronel egipcio Gamal Abd el-Naser, luz y guía de nacionalistas árabes. Apóstoles de dentro y fuera de Libia se apresuraron en tropel a sumarse a tan brillante iniciativa, restituyendo así el pensamiento árabe a sus niveles merecidos y superada ya la época oscura en la cual el colonialismo y el imperialismo habían sofocado y ocultado la originalidad profunda de la filosofía árabe contemporánea: volvían, pues, los gloriosos tiempos, corregidos y aumentados, de Averroes, Avicena, al-Farabi, Ibn Hazm, al-Yahiz, al-Kindi, ar-Rawandi o Ibn Jaldún [Aviso para fanáticos: esto último lo digo en serio].
 
Bandadas de gorrones cayeron sobre Libia empuñando tenedor y cuchillo, amén de servilleta, y prestos a ordeñar –aunque fuese calderilla – las ubres petrolíferas de un país en el que el prócer providencial no sabía en qué gastar tanto dinero.  Y con tal motivo se organizaron durante varios años simposios, congresos, encuentros y toda la variada gama de cachupinadas con que los intelectuales sin luces para más suelen entretenerse a cuenta de los erarios dispuestos a pagar, que no son todos ni de los países más avanzados: las generosidades con cargo a la olla grande más bien son cosa de tercermundistas, de burocracia y cerebro. Y sosiegue las suspicacias quien se malicie que un servidor habla de tal modo por despecho de no haber sido invitado: no es así. En aquellos años me invitaron tres veces a visitar Libia y en las tres decliné la invitación con excusas, aunque no ignoro que éste es un comportamiento inusual e incomprensible para progres, siempre listos, incluso, para asistir a un bombardeo, máxime si se lo dan de balde. Pero cada uno es quien es.
 
Al-Qaddafi, en sus cien páginas, arreglaba el mundo en todos los órdenes. De manera prodigiosa solventaba –dividan Uds. páginas por temas y verán la capacidad de síntesis- cuanto problema político, económico y cultural pudiera presentarse. Por tanto, el coro de palmeros lo tenía fácil, rendidos ante tamaño alarde de caletre. Pero España no podía ser menos y entre nosotros ha surgido la hierba buena, o la yerbabuena (Elijan el giro semántico-literario que prefieran) que aromará al universo mundo y, de momento, a nosotros nos atufa. Nuestro Rodríguez, extratéga como no hay otro y cerebrazo total, ha descubierto la Alianza de Civilizaciones, que en nada va a la zaga a las genialidades del libio. Dicen las malas lenguas –y como me lo contaron lo cuento – que el hallazgo maravilloso brotó del manantial sereno de sus sesos en el avión que le llevaba a Nueva York para asistir a la asamblea de las Naciones Unidas y a sugerencia de un funcionario de Exteriores. Allí mismo Saulo cayó del caballo y comprendió la verdad de la vida, la gloriosa nueva que debería transmitir a las gentes de buena voluntad para que sumaran sus plegarias a las suyas; y también a los réprobos – Trío de las Azores y asimilados- para que se chinchen. Y en esas estamos. En un artículo aparecido en Libertad Digital (16 dic. 2004) se preguntaba el arriba firmante a propósito de la Alianza de Civilizaciones “Sólo falta aclarar quién pagará viajes, dietas y demás  folclores para las reuniones que haya”. Y admito que la pregunta oscilaba entre retórica y desesperada, porque la respuesta estaba meridianamente clara: nosotros.
 
Y ahí vamos. Los próximos días 6 y 7 de junio un ente denominado FRIDE (Fundación para las relaciones internacionales y el diálogo exterior) en connivencia con el ICEI (Instituto Complutense de Estudios Internacionales) ofrenda a nuestro Qaddafi su correspondiente Seminario Internacional sobre su peculiar Libro Verde que, por ahora, aun no está escrito, gracias a Dios, que aprieta pero no ahoga.. Y para la ceremonia de pelotilla llegan los aliados con mesa puesta: árabes varios, todos de la misma cuerda, claro;  franceses, italianos y anglosajones a lo que caiga; y unos cuantos españoles/-as (espero que no se sientan ofendidos por incluirlos en mi mismo gentilicio). Todos avezados carreristas de publicaciones de política internacional, de filosofía política, de Islamología (rama ultrarreaccionaria) o de sociología más o menos islámica. Todos/-as a punto de entonar las loas, hosannas y aleluyas que cumplen en tan rudo trance, felices de hacer justicia de la buena y alegrar las orejas del especialista en rendiciones preventivas. Y junto al ditirambo irá la condena  de las fuerzas del mal, siempre ubicadas en la misma orilla: Occidente, USA, Bush… Y Aznar que no se amohíne porque a él también le tocará algo.
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Todo de una novedad portentosa, objetiva, honrada. Qué aburrimiento. Juzguen Uds. los títulos de las intervenciones: La Alianza de Civilizaciones ante la violencia y la inseguridad, Las representaciones del Otro y la Alianza de Civilizaciones, Las vacilaciones de Europa ante la adhesión de Turquía, La incapacidad de asumir  el Islam europeo, El diálogo cultural euro-mediterráneo: acabar con la fabricación de la figura del enemigo, El llamamiento a una Alianza de Civilizaciones, Alianza de Civilizaciones y multilateralismo, Democracia cosmopolita para una Alianza de Civilizaciones, La ciudadanía y la sociedad civil ante la Alianza de Civilizaciones… Abreviamos la ringlera de títulos por no abusar de la paciencia de los lectores pero todas son del mismo tenor. Sustituyan Uds. el sintagma “Alianza de Civilizaciones” por “El Libro Verde” en cada título y se habrán desplazado al continente africano y no habrán retrocedido veinticinco años en el tiempo, sino ocho o diez siglos, cuando los poetas panegiristas se arrastraban a la puerta de sultanes y califas cantando virtudes imaginarias del tirano adulado.
 
Está  muy bien discutir los problemas pendientes, que son muchos y crudos. Pero discutirlos. Y a ser posible con visos de intención de resolverlos. Un servidor lleva ya bastantes años preguntando cuándo van a abolir el derecho de familia islámico (en choque frontal con la Declaración Universal de Derechos Humanos), cuándo va a existir libertad religiosa  real en los países islámicos (lo más que toleran, en poquitos, es la subsistencia de otras confesiones sin conversión de autóctonos a ellas), o cuándo el famoso mestizaje -de que tanto hablan los multiculturalistas de por acá – será algo más que una palabra, normalizándose, por ejemplo, los matrimonios mixtos de musulmana con varón que no lo sea. Naturalmente, nadie responde. Los unos, los de aquí, porque sustituyen la realidad, que en la mayoría de los casos desconocen, por soflamas ideológicas progres en el vacío; los otros, los de allá, porque conocen demasiado bien la imposibilidad de defender, hoy por hoy, ante nuestros medios de comunicación y nuestras sociedades lo que en las suyas es habitual y cotidiano: diálogo cero. Y los amolados que se achanten, como fue toda la vida. ¡Ánimo, panegiristas: los sultanes siempre acaban repartiendo pan!
           

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