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Serafín Fanjul

"Y pateamos la Cruz"

En estas dulces composiciones del pueblo víctima por excelencia se mencionan perros, cerdos y monos y los aludidos en las jocosas comparaciones son –adivinen–cristianos y judíos. Como para pedir perdón por las estupideces de Jones.

Serafín Fanjul
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No es fácil discernir si el pastor Jones, con su patochada de anunciar –y sólo anunciar– que quemaría ejemplares del Corán, tan sólo buscaba publicidad para su minúscula comunidad religiosa, o si, por el contrario y de veras, se creía un nuevo Pedro el Ermitaño predicando e iniciando las Cruzadas de nuestra contemporaneidad contra el infiel. Por los pasteleos en que concluyó la cosa un servidor más bien se inclina por la primera posibilidad, pero ya es irrelevante saber cuál fue su objetivo verdadero. Lo trascendente y serio ha sido el surgimiento de imitadores que, ante las cámaras, realizaron gestos obscenos, insultantes o resueltamente guarros con el citado libro. Justo lo que necesita la paranoia victimista de los musulmanes: "pruebas" contundentes y visuales de cómo son perseguidos, de cuán hostiles son los cruzados de nuestro tiempo contra el islam y de qué irremediable es, por tanto, seguir cometiendo salvajadas en cualquier punto del planeta a la vista de la cruel amenaza que se cierne sobre su fe y sus correligionarios.

Gasolina de balde para sofocar un incendio. Porque ni Jones ni ninguno de los miméticos seguidores llevaron a cabo acción eficaz alguna para poner a los musulmanes de aquí o allá en su sitio, es decir, en términos de igualdad, respeto mutuo y aplicación irrestricta de los derechos humanos como a los restantes habitantes de la Tierra, en todas las latitudes, en todas las situaciones y sin excepciones limitadas por la Shari’a, ya se trate de matrimonios mixtos, de proselitismo religioso de todas las creencias o de ejercicio del derecho a entrar o salir de cualquier fe sin jugarse la vida. Lo cual vale, también, para el islam. Igualdad real en suma, no retóricas declaraciones oficiales.

Por ende, el pastor Jones, al amagar y no dar, ha producido otro efecto nada deseable, aparte de provocar el victimismo y la histeria: de nuevo el mundo occidental muestra su pavor pidiendo perdón y condenando una acción nimia y sin consecuencia real ninguna, como si todos fuéramos responsables de los actos de minorías infinitesimales y perdiendo el tiempo y la cara disculpándonos por lo que hagan cuatro desmadrados. O cuatrocientos. Mientras los gobiernos occidentales pierden el trasero para distanciarse de un hecho sin trascendencia material –y que, por añadidura, no se produjo– en los países musulmanes proliferan, no ya las aburridas quemas de banderas de Israel, USA o lo que sea, sino matanzas en masa de cristianos, lo cual son palabras mayores. Como viene ocurriendo desde hace décadas, cambiamos buenos billetes de banco por cromos para chiquillos.

Y no huelga recordar que en el mundo de mayoría musulmana el respeto hacia el cristianismo es nulo. No enumeraré una ristra de ejemplos que erizan los vellos, que diría González, como hemos hecho en otras ocasiones, no más traeré a colación una tierna cancioncita infantil palestina: sharibna halib w-da’ asna salib ("tomamos leche y pateamos la Cruz"), porque en estas dulces composiciones del pueblo víctima por excelencia se mencionan perros, cerdos y monos y los aludidos en las jocosas comparaciones son –adivinen–cristianos y judíos. Como para pedir perdón por las estupideces de Jones.

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