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Disparates dietéticos

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La niñera internacional que pretende controlarnos atacó de nuevo. La Organización Mundial de la Salud (OMS) emitió nuevas recomendaciones dietéticas para "combatir la creciente carga que representan las enfermedades crónicas".

No vaya a cambiar su dieta. Tales recomendaciones son el más reciente intento de mejorar la imagen de la jefa de la OMS. Se exhorta a reducir el consumo de grasa al 15-30% de las calorías ingeridas diariamente. Los carbohidratos deben proveer la mayor parte de la energía (55-75% del consumo diario), pero el azúcar se debe limitar al 10% –aproximadamente una gaseosa por día. El consumo recomendado de proteínas debe ser entre 10% y 15% del total de las calorías consumidas. Se debe limitar la sal a 5 gramos por día.

La OMS afirma que tales recomendaciones están "basadas en el juicio colectivo de un grupo de 30 expertos independientes", quienes revisaron la "mejor evidencia actualmente disponible sobre dietas, nutrición y sus efectos sobre las enfermedades crónicas", tales como el cáncer, del corazón y la diabetes.

Empecemos con que las recomendaciones no se basan en estudios científicos. Ninguna investigación prueba que tales recomendaciones van a prevenir ni un solo caso de enfermedad crónica o que nos harán más saludables. La OMS lo admite hasta cierto punto al declarar que se basan en el "juicio" del panel de expertos: son meras “opiniones”.

¿Cuán confiables son esas recomendaciones? Hace pocos meses, uno de los miembros del panel de la OMS, Shiriki Kumnayika, supervisó un grupo de expertos del Instituto de Medicina de Estados Unidos, concluyendo que la calidad dietética no era afectada hasta que los azúcares acumulados excedieran el 25% de las calorías diarias. Ahora, el panel de la OMS recomienda un límite del 10%. Ningún dato científico nuevo apoya ese cambio drástico; se trata simplemente de un dictamen arbitrario y caprichoso.

Tampoco es cierto que las recomendaciones estén basadas en la "mejor evidencia actualmente disponible". Los expertos de la OMS ignoraron estudios recientes que chocan de frente con sus recomendaciones, incluyendo dos informes publicados hace poco sobre el consumo de sal.

Basándose en investigaciones, los expertos norteamericanos concluyeron que las reducciones dramáticas del consumo de sal "proveen apenas reducciones mínimas en la presión sanguínea durante pruebas de largo plazo".

El panel de la OMS también ignoró un reciente informe del Departamento de Agricultura de Estados Unidos concluyendo que "la evidencia indica que el azúcar no está asociado con diabetes, enfermedades coronarias, obesidad e hiperactividad en niños y no es el único causante de caries dentales".

Las recomendaciones de la OMS fallan en otros dos aspectos importantes. Primero, la premisa de la OMS de que la enfermedad crónica es una "creciente carga" requiere ser comprobada. La mayoría de las enfermedades crónicas se desarrollan en función del envejecimiento. Hasta hace pocas décadas, muchos en el Tercer Mundo se enfermaban mortalmente con males infecciosos y no vivían lo suficiente como para desarrollar alguna enfermedad crónica. Eso ha cambiado. El aumento en tales males indica de hecho una mejora en la salud pública.

Además, las directrices dietéticas internacionales constituyen una mala práctica nutricional, si no médica y de salud pública. La genética y los estilos de vida varían demasiado entre individuos de diferentes regiones del mundo como para que haya un solo tipo de dieta. ¿Acaso aquellos que no tienen suficiente comida deben estar contando los gramos de grasa y azúcar?

Este informe lo inventó la directora general de la OMS, Gro Harlem Brundtland, cuyo período al frente del organismo internacional concluye en julio. Brundtland es la típica burócrata: parece estar mucho más interesada en inflar su fama que en mejorar la salud pública.

Cuando Brundtland asumió el cargo en 1998, según los estimados de la OMS unas 17,3 millones de personas morían anualmente de enfermedades infecciosas y parasíticas evitables. Hoy en día, al final de su período de 5 años, las mismas estadísticas muestran que la mortalidad ha aumentado a aproximadamente 18,4 millones anuales.

Mientras enfermedades infecciosas matan a millones, Brundtland se distrae con sus cruzadas en contra de estilos de vida que no le gustan. Bastante gente pobre alrededor del mundo se beneficiaría consumiendo más grasa y azúcar, no menos.

Steven Milloy es académico asociado del Cato Institute y editor de JunkScience.com

© AIPE

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