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Thomas Sowell

Las mentiras de Anita Hill

Hace tiempo que tenían que haberse examinado detenidamente los hechos reales, para así poder tirar esas acusaciones a la basura, que es el lugar al que pertenecen.

Thomas Sowell
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Mucha gente lo único que sabe sobre el juez del Tribunal Supremo Clarence Thomas son las acusaciones que formuló Anita Hill contra él durante sus audiencias de confirmación en 1991. Sin embargo, sucesos posteriores como las acusaciones "de violación" contra los estudiantes de la Universidad de Duke el año pasado y, antes de eso, otra patraña similar en el caso Tawana Brawley, han demostrado con cierto retraso lo insensato de creerse automáticamente acusaciones de este tipo, como muchos en los medios de comunicación hicieron con Anita Hill. Ahora, con la reciente publicación de las memorias del Juez Thomas, El hijo de mi abuelo, Anita Hill ha aparecido de nuevo en los medios para repetir sus acusaciones.

Hace tiempo que tenían que haberse examinado detenidamente los hechos reales, para así poder tirar esas acusaciones a la basura, que es el lugar al que pertenecen. El primero de ellos es que, en contra de todo lo que se ha venido repitiendo a menudo en los medios, no fue solamente una cuestión de "lo que él dijo" contra "lo que ella dijo". Un nutrido grupo de testigos, mujeres que habían trabajado tanto con Clarence Thomas como con Anita Hill, salieron en defensa del juez en sus audiencias de confirmación. Una de esas testigos llegó a señalar en su testimonio que la imagen que proyectaba Anita Hill en televisión no guardaba ningún parecido con el comportamiento y las actitudes de la propia denunciante y de Clarence Thomas que ella había visto con sus propios ojos.

Por otra parte, una testigo respaldó la versión de Anita Hill diciendo que ésta le había dicho las mismas cosas que ahora denunciaba cuando ambas vivían en Washington. Pero entonces salió a la luz el hecho de que esta testigo estrella había abandonado esa ciudad antes de que Anita Hill fuera allí a vivir para poder trabajar para Clarence Thomas, de modo que resultaba imposible que su testimonio fuera cierto.

Había maneras en que las diferentes versiones que Hill y Thomas dieron de los hechos podían haber sido verificadas, pero no se hizo. Esta omisión resultó especialmente extraña tratándose de una situación en la que tantas cosas dependen de la credibilidad de las dos personas implicadas. He aquí las dos versiones: según Clarence Thomas, contrató a Anita Hill a instancias de un amigo porque un empleado del bufete en el que ella trabajaba le había aconsejado marcharse; según Hill –tanto entonces como hoy– a ella no se le "pidieron dejar" el bufete, sino que "estaba bien considerada " en aquel momento.

Esto tampoco es sólo una cuestión de "él dijo" y "ella dijo". Una declaración jurada de un antiguo socio de ese bufete apoyaba la versión de Clarence Thomas. Ese hecho fue ignorado por la mayor parte de los medios de comunicación. Puesto que el Senado tiene poder de enviar citaciones, se sugirió que extendiera una para obtener los informes del bufete, puesto que podrían dar idea de la credibilidad de ambos. Los senadores contrarios al nombramiento del juez Thomas lograron evitarlo con sus votos.

Tras las acusaciones de Anita Hill, un grupo de mujeres congresistas escenificaron una melodramática manifestación subiendo las escaleras del Capitolio, con las cámaras de televisión grabando, exigiendo que el Senado "llegara al fondo del asunto". Pero, al parecer, "llegar al fondo del asunto" no incluía extender una citación que podría haber demostrado de manera concluyente quién había dicho la verdad y quién no.

También en otra de las divergencias en sus declaraciones había pruebas claras que se ignoraron. Clarence Thomas aseguró que Anita Hill le había hecho un buen número de llamadas telefónicas, a lo largo de años, después de haber abandonado la agencia en la que ambos trabajaban. Ella decía lo contrario. Pero un registro de llamadas telefónicas de dicha agencia demostraba que él tenía razón.

Pero el dato que realmente condenaba desde el principio las acusaciones de Anita Hill fue que se hicieran por primera vez ante el Comité Judicial del Senado en secreto y que ella solicitó que no se mencionara su nombre cuando las acusaciones fueron presentadas al juez Thomas por quienes intentaban que retirase su candidatura al Tribunal Supremo. Piense en ello: las acusaciones hacían referencia a cosas que se suponía habían ocurrido cuando sólo las dos personas implicadas estaban presentes. Si hubieran sido ciertas, Clarence Thomas hubiera sabido automáticamente quién las hizo. La petición de mantener el anonimato por parte de Anita Hill sólo tenía sentido si eran falsas.

Thomas Sowell es doctor en Economía y escritor. Es especialista del Instituto Hoover.

© Creators Syndicate, Inc.

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