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Problemas ficticios

El problema del precio astronómico de la vivienda era real en ciertos lugares. Pero casi sin excepción esos problemas locales tenían sus causas locales (por ejemplo, las restricciones a la construcción).

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Alguien dijo una vez del senador Hubert Humprhrey, icono progre de la generación anterior, que tenía más soluciones que problemas.

El senador Humphrey no es el único al que le sucede esto. De hecho, nuestra crisis económica actual ha favorecido que los políticos nos ofrezcan soluciones a problemas que no existen y que, como consecuencia, originan un problema que sí resulta real y doloroso.

¿Cuáles son estos problemas que no existen? Por ejemplo el de una vivienda asequible. La cruzada política a favor de una vivienda barata condujo a todo tipo de presiones sobre los préstamos hipotecarios durante los años 90, lo que a su vez recalentó la burbuja inmobiliaria cuyo estallido nos ha dejado ahora inmersos en la crisis.

Las posibilidades de adquirir una vivienda se miden en término del porcentaje de la renta personal que se destina al pago del alquiler o de la hipoteca. Desde luego, durante los años 90 existían lugares donde el precio de una casa era muy elevado –alrededor de la mitad de la renta familiar–, por ejemplo en la costa de California. Pero también había otros espacios asequibles donde poder vivir que no exigían una porción tan elevada de los ingresos mensuales.

¿Por qué entonces una cruzada política nacional para solucionar estos problemas locales? Probablemente una idea tan válida como cualquier otra sea que "en aquel momento parecía una buena idea". ¿Cómo vamos a ser conscientes de lo buenos que son nuestros funcionarios si no se están ocupando de solucionar nuestros problemas?

El problema del precio astronómico de la vivienda era real en ciertos lugares. Pero casi sin excepción esos problemas locales tenían sus causas locales (por ejemplo, las restricciones a la construcción de nueva vivienda bajo eufemismos como "espacios verdes", "crecimiento sostenible", "protección medioambiental" o "conservación del territorio para las próximas generaciones").

Al igual que la mayor parte de los eslóganes políticos que suenan maravillosamente, ninguno de estos objetivos se discutía por esa palabra de cinco letras que tan mal suele emplearse en nuestra sociedad: el coste.

Nadie se preguntó cuántos miles de dólares adicionales costaba una casa media como consecuencia de esas leyes restrictivas. Algunos estudios empíricos han demostrado que, como mínimo, encarecían algunos inmuebles en 100.000 dólares; e incluso en varios cientos de miles de dólares en algunos lugares como la costa californiana.

Es decir, allí donde el problema era real, los políticos del lugar eran la causa y los nacionales poco tenían que arreglar. ¿Cómo quisieron, sin embargo, solucionarlo? Pues obligando a los bancos y demás entidades de crédito a rebajar sus estándares para conceder hipotecas de manera que más gente pudiera adquirir viviendas. Así, por ejemplo, el Departamento de Vivienda asignó ciertos porcentajes que debía adquirir anualmente Fannie Mae de hipotecas concedidas a gente de baja renta.

Y como suele suceder, nadie prestó la debida atención a las consecuencias que tendrían estas "soluciones" al "problema" de la vivienda cara. Diversos economistas alertaron de que expandir el crédito significaría hipotecas más arriesgadas y que ello podría llevarse por delante a todo Wall Street.

Pero nadie les hizo caso. Los políticos estaban demasiado ocupados solucionando problemas que no existían, pese a que de este modo generaron otros mucho mayores que ahora estamos padeciendo.

Thomas Sowell es doctor en Economía y escritor. Es especialista del Instituto Hoover.

© Creators Syndicate, Inc.

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