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Un país no es un club

Bajo regímenes totalitarios, la norma es que todos tienen que someterse a los dictados del mandamás y tales gobiernos nunca tienen en cuenta la individualidad ni la diversidad de la población.

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Un grave error del presidente Obama es ver a Estados Unidos como si se tratara de un equipo deportivo o de un club, al cual la gente se adhiere con un propósito común. Pero un país es algo muy diferente. Se trata de un lugar donde las personas persiguen infinidad de objetivos diferentes, válidos siempre y cuando se respete el derecho de los demás.

En un país libre no se puede reclutar ni obligar a los ciudadanos a colaborar con un objetivo que no comparten. La gente de religiones diferentes, los artistas, las amas de casa, los científicos, los agricultores, los obreros, los maestros y demás personas suelen tener intenciones y metas distintas.

Claro que en ciertas ocasiones la ciudadanía se une en una causa común, tal como defender la patria de una agresión extranjera. Pero eso no es lo corriente y cotidiano porque en un país libre la gente tiene ambiciones y gustos extraordinariamente diferentes.

El presidente de una nación libre no es alguien que conduce a la ciudadanía entera hacia un objetivo común porque la gente no quiere lo mismo, sino que abriga una variedad de ambiciones. Entonces, la obligación del presidente y del Gobierno es asegurarse de que las condiciones hagan posible esa inmensa variedad de propósitos y aspiraciones individuales. Esto se olvida cuando la ciudadanía es dirigida según la visión del mandatario, lo cual se logra a través de impuestos, regulaciones y políticas públicas obligatorias.

Bajo regímenes totalitarios, la norma es que todos tienen que someterse a los dictados del mandamás y tales gobiernos nunca tienen en cuenta la individualidad ni la diversidad de la población. Recordemos las fotografías de Corea del Norte, de la vieja Unión Soviética y de la Alemania nazi, donde todos visten igual y marchan juntos para demostrar que pertenecen al mismo equipo y comparten la misma causa.

Lamentablemente, la visión colectivista ha sido muy poderosa a lo largo de toda la historia de la humanidad, desde los tiempos de las tribus y los clanes, cuando para sobrevivir había que pertenecer o ser miembro de ellos. Pero hoy, la individualidad debe prevalecer y no ser subyugada por algún propósito que los políticos consideran más importante.

© AIPE
 
Tibor Machan es profesor de la Chapman University y académico asociado de Cato Institute

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