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El progresismo pánfilo y Pablo, uno de los nuestros

Mimitos, arrechuchos, arrope y embelecos. Al cabo, Pablo es un compinche, un colega. Ahí, la duda escuece: ¿Los suyos son de los nuestros?

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Pablo Iglesias | EFE

Nadie ha expresado mejor que Antonio Hernando la pulsión masoquista, la sumisa indulgencia, con las que su partido encaja las azotainas de Podemos. El melancólico reproche con el que el portavoz del PSOE quiso dar esquinazo al desafío de un matón sancionando el dislate de un niñato travieso, revela hasta qué punto la izquierda atemperada ha perdido el oremus, la dignidad y los papeles ante la ofensiva "à outrance" de la izquierda inclemente. "Pablo no sabe dónde está", aseveró el vocero gemebundo poniendo todo el énfasis, toda la familiaridad, toda la pertenencia en el tuteo. Su señoría Pablo Iglesias es un dolor de muelas, un Frankenstein mediático, un muñidor de enredos y sin embargo Pablo, o Pablito, o Pablete es, al cabo, un "goodfellas", un compinche, un colega, uno más de los nuestros (o sea, de los suyos) aunque a veces lo niegue.

La reprimenda fraternal de Antonio Hernando al Pablo virginal que alienta tras Iglesias apabulla por pánfila, ofende por pastueña y, si algo la redime, es que, a fuerza de cándida, casi recala en lo evangélico. Pero el vocero, ay, no ha caído en la cuenta que al invocar a Pablo convoca a Saulo, el fariseo. El sectario, el astuto, el despiadado, el elocuente. El que se obstina, erre que erre, en alcanzar Damasco sin apearse del jamelgo, sin moderar sus exigencias, sin destensar el trapicheo. Piruetas al margen, el lapsus sensiblero de un tipo que ha medrado leproseando famas y criminalizando haciendas, colgando sambenitos y aventando anatemas, resultaría irrelevante incluso como anécdota, si no fuera, también, un síntoma del mal que zapa los adentros de un socialismo inerte, de un buque derrelicto, de una tripulación perpleja.

Según el diagnóstico de Pierre-André Taguieff -el luminoso politólogo que vio venir de lejos la tempestad del populismo interpretado a la europea- si la socialdemocracia, a duras penas, logró sobreponerse al hundimiento inapelable de las mitologías del progreso, es porque se atrincheró en el "progresismo" e hizo de una actitud un credo. El progresismo es un mejunje en el que el ideal salvífico enmascara un agónico sálvese quien pueda, una apaño que híbrida la estética y la ética, una salida de emergencia que sólo es accesible a los que cofrades de la hermandad del Santo Cambio, del Recambio Perpetuo y del Cambiazo Eterno.

A juicio de Taguieff, un progresista es en esencia un culo inquieto, un escapista contumaz, un fugitivo impenitente, un mixtificador que huye (hacia adelante, por supuesto) de una realidad lastrada por el inmovilismo de las élites. Señalemos por último y por abrochar el cuento que el progresista no recela de los que acampan a su vera: "Pas de ennemis à gauche", no hay enemigos a la izquierda. ¿Y Pablo? Nuestro Pablo, o Pablito, o Pablete, no sabe dónde está ni a qué carnaza le hinca el diente.

Mimitos, arrechuchos, arrope y embelecos. Al cabo, es un compinche, un colega, un "goodfellas". Ahí, la duda escuece: ¿Los suyos son de los nuestros?    

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