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Tomás G. Muñoz

La perversión del interés compuesto

Como puede ver el Profesor, el número de ingenuos o estúpidos no tiene fin. Al paso que vamos, el Profesor Vilas se va a quedar solo na Praça do Obradoiro. Con tal de ir a Santiago, le acompañaré

Desde el lluvioso Santiago de Compostela, en su ocurrente artículo Interés compuesto y privatización de la Seguridad Social, el profesor José Vilas Nogueira nos esclarece que “La creencia en el milagro del interés compuesto es una estupidez, y las ideas estúpidas pueden generar comportamientos estúpidos, a veces de sentido opuesto al que perseguían sus formuladores,” Después, aclara que “El que el dinero produzca dinero ha parecido casi siempre algo perverso, cuando no diabólico.” Continúa su diatriba con la afirmación de que “En general, las religiones y las legislaciones han sido enemigas de la usura.” Y remata con un lapidario “… el interés no obedece a la superchería de atribuir capacidad reproductiva al dinero, sino que es la compensación de una privación que se impone el prestamista en beneficio del prestatario.” Calculo que lo de superchería debe referirse a una de las giga-memeces que propugnaba el Che Guevara.
 
Para crédito suyo, el ilustre profesor establece que no es economista, aunque “… ha cedido a la tentación, único modo de vencerla wildiana y definitivamente.” Se agradece la sinceridad, aunque su artículo tiene ecos medievales, y no contempla las actuales realidades de la banca de inversión internacional. Porque el tema del interés compuesto es eminentemente financiero, aunque acabe reflejándose en la economía, ora macro ora micro.
 
En efecto, el Santo Doctor Tomás de Aquino (1225-74) fustigó el cobro de intereses, que él acuñó lucro cesante. Un siglo y algo después, otro ídem, Bernardino de Siena (1380-1444) justificó el cobro de intereses en un préstamo, que devino un concepto aún usado en análisis financiero: el coste de oportunidad. Uno no ídem, el Cardenal Cajetan, Tomás de Vio, (1468-1534) propuso que el dinero es un bien cuyo valor depende tanto de factores de oferta y demanda como de expectativas futuras. Al ser un el dinero un bien, ―algo que economistas y otros cuestionan hoy― la profesión de prestarlo es tan honorable como la de comerciar en trigo, ganado, especias u otros bienes. Y, al rechazar de plano la teoría tomista del lucro cesante, abrió el camino del establecimiento de la banca en Italia. Eran épocas donde el sol todavía giraba alrededor de la tierra.
 
De hecho, ya había dos bancos que operaban respectivamente en la Toscana y el Piamonte: Monte dei Paschi di Siena (Siena, 1472) y la Compagnia di San Paolo (Turín, 1563), aunque, al menos inicialmente, no cobraban interés por sus préstamos. Más tarde, el Papa Pablo V autorizó la fundación del Banco di Santo Spirito (Roma, 1605). Es decir, si desde aquellos tiempos es una realidad que la Iglesia Católica permite el lucro cesante, los mahometanos le dan dado la vuelta a la cuestión, y la banca islámica es también real: para no aburrir a nadie, en el buscador de Google, hay 2,020,000 sitios que dan información sobre este sector.
 
Vienen los Zero Coupon Bonds (ZCB)
El ilustre profesor fustiga el interés compuesto. Pero, en 1982 surge el ZCB (Bono cupón cero), un instrumento de renta variable que no tiene cupón, como sí lo tienen los bonos que pagan intereses semestral o anualmente. Al vencimiento del típico ZCB, el inversor recibe una suma igual al principal invertido más intereses, compuestos periódicamente ―cada seis o doce meses― a una tasa fija. En general, se emiten por plazos de 5, 10 y hasta 40 años (la gran mayoría entre 8 y 20), y en diferentes monedas (dólares, euros, yenes, libras esterlinas, francos suizos) Por ejemplo, un bono con un valor nominal de 20.000 dólares y una caducidad de 20 años se puede comprar por aproximadamente 6.757 dólares. La diferencia entre el valor final y el coste de compra es el interés recibido, que en este caso es el 5,5% al año.
 
Tipos de ZCB
Hay tres categorías: los títulos que emite el Tesoro nacional, los estados o provincias, los municipios, y los corporativos, que incluyen a las instituciones financieras ―así que hay “estúpidos” de sobra, máxime cuando el valor nominal de esos títulos excede dos billones de dólares, billones españoles, que ―sólo para dar idea de magnitudes― asciende a 116% del total de depósitos en los bancos españoles a fines de 2004.
 
¿Qué tipo de institución emite ZCBs?
 
Tesoro nacional: Estados Unidos (no directamente, sino por strips, que ya es otro tema) Italia, Francia, Grecia, China, Polonia, Filipinas.
 
Municipios o provincias: Estados Unidos, Canadá, Alemania
Instituciones financieras: Banco Interamericano de Desarrollo, International Finance Corporation, Abbey Nacional (BSCH), BSCH, BBVA, La Caixa, HBOS, HSBC, Merrill Lynch, Morgan Stanley, Alliance, Barclays, General Motors Acceptance Corp., UBS, Deutsche Bank
 
Bancos de crédito a la exportación: KfW (Alemania), Eximbank Korea.
Industriales: Telefónica, Endesa, Siemens, NEC, Sony, Japan Airlines.
 
¿Y quién los compra?
Bancos centrales y comerciales, Cajas de ahorros, Fondos de inversión o pensión de todo tipo, y el público en general. Algunos de estos títulos se cotizan en las principales bolsas del mundo, otros se contratan a través de corredores y dealers.
 
Entran los Brady bonds (BB)
La Crisis de la Deuda, que comenzó cuando México suspendió los pagos de sus compromisos externos en 1982, continuó con una verdadera avalancha de países insolventes. Los paliativos de los bancos acreedores, el Fondo Monetario Internacional y otros organismos multilaterales no funcionaron, lo que desaguó en la Década Perdida. No fue una década realmente, pero al secarse las fuentes de financiación, aquellos años parecían siglos.
 
En 1988, J. P. Morgan lanzó los Bonos Aztecas, que consistían en 3,7 millardos de dólares de deuda soberana mexicana reestructurada a un descuento del 30% y garantizada por un ZCB del Tesoro estadounidense. En 1990, el Secretario del Tesoro de los EEUU, Nicholas Brady, impulsó la idea. Su esquema era la renegociación del débito externo de una serie de 16 países en Iberoamérica (Argentina, Brasil, Costa Rica, Ecuador, México, Panamá, Perú, República Dominicana Uruguay y Venezuela); Europa del Este (Bulgaria, Polonia, Rusia); Asia (Filipinas); y África (Marruecos y Nigeria), que habían incumplido sus compromisos externos a partir de 1982.
 
Explicar el plan Brady, que albergó hasta 190 millardos de dólares de préstamos morosos de aquellos países, es algo complicado pues cada uno de los 16 tuvo un plan particular, aunque había un común denominador: los acreedores intercambiaron buena parte de aquella deuda incumplida a un descuento de, al menos 35%, por bonos a largo plazo emitidos por los deudores, y garantizados por ZCBs del Tesoro estadounidense a 30 años, que financiaron aquellos con recursos propios y financiación del FMI y el Banco Mundial. El problema se resolvió: los países comenzaron a recibir dinero fresco, y hoy el plan Brady es historia.
 
Aunque no viene al caso, sucumbo a la tentación ―Profesor, todos caemos en la wildiana seducción― de hacer dos comentarios,
 
Uno, es que en aquellos días y años hibernaban los protestantes ―algunos católicos― de la condonación de la Deuda Externa. Poco o nada se dice que los 16 países consiguieron renegociar su débito a un substancial descuento.
 
El otro es que el pésimo manejo ―si no el latrocinio― de las economías argentina, ecuatoriana y venezolana los llevó al incumplimiento.
 
Como puede ver el buen profesor, el número de “estúpidos” ha aumentado. Pequeña proeza: en Estados Unidos dicen que un tonto (sucker) nace todos los días.
 
El caso chileno
Entre los éxitos estelares de Chile figuran las AFPs o Asociaciones de Fondos de Pensión, que funcionan con múltiples variantes en Iberoamérica, Europa, Asia y África. Bolivia, Perú, Colombia, Bulgaria, Polonia, Hungría, Suecia, Eslovenia, Egipto, Corea, Sri Lanka, Nigeria, Pakistán, y otros que elevan la lista a 100 países.
 
El origen de las AFPs chilenas, en 1981, se atribuye a José Piñera (entonces Ministro de Trabajo) y a sus Chicago Boys, graduados alumnos de Milton Friedman en la Universidad de Chicago. Curiosamente, la legislación inicial simplemente pretendía desactivar la bomba de tiempo que era la Seguridad Social de Chile ―así diagnosticaron los creadores de las AFPs― en vista de que el país acusaba crecientes expectativas de vida y bajas tasas demográficas.
 
En sus inicios, el sistema era simple: el trabajador podía cotizar sus pensiones (10% de sus salarios) a la Seguridad Social o a la que a la AFP que aquél libremente escogiera; cada seis meses, tenía el derecho de cambiar de AFP por el motivo que fuese; las inversiones de la administradora estaban limitadas a títulos del Estado y depósitos bancarios; las AFP garantizaban una rentabilidad mínima; y estaban sujetas a una estricta supervisión del Ministerio de Trabajo y el Banco Central de Chile.
 
El trabajador chileno respondió con entusiasmo: desde los primeros años del programa, el 95% optó por colocar sus fondos con AFPs, y con razón: el retorno dolarizado ha promediado un 10% anual desde 1984, lo que eventualmente resultará en pensiones más que decorosas. Como el chileno promedio ahorra al 5% del PIB (cerca del 20% del ingreso disponible), las AFPs crecieron enormemente: en 1981, éstas manejaban un total de  17 millones de dólares, que hoy sobrepasan los 50 millardos (una expansión de casi 3.000 veces). Y la competencia de captación ha sido durísima: las 12 AFPs establecidas en 1981 pasaron a un pico de 22 en 1996; hoy son sólo seis, en su mayoría de capital chileno.
 
Naturalmente, las autoridades se vieron obligadas a flexibilizar las reglas del juego originales. Hoy, los fondos pueden invertir en renta variable y fija, en pesos chilenos y divisas, en proyectos de infraestructura: la autopista Santiago-Viña del Mar la financiaron las AFPs. A partir de 1988, se permitieron las pensiones de prejubilación, que desde entonces han aumentado de 258 dólares a 318 dólares, ambos mensuales. Comparativamente, un jubilado estadounidense recibe un promedio de 925 dólares de su Social Security, aunque el ingreso per cápita en Estados Unidos sea ocho veces mayor que el de Chile.
 
Las AFPs chilenas constituyen el más grande pool de fondos en Iberoamérica, algo notable, si se considera que el PIB chileno es el sexto en la región , aunque el ingreso per-capita sea el primero. Y el país ha reducido drásticamente su dependencia de capitales golondrina o, para el caso, inversión extranjera. El esquema ha beneficiado tanto a los jubilados chilenos como a la economía en general.
 
El Profesor supone que, si en un período la tasa de inflación es del 3.5% y la devengada en los fondos de pensión es sólo el 2%, un inversor habrá perdido dinero. Todos sabemos que esto ha sucedido en algunos países, hasta en la Alemania post Weimar. Pero, ¿cuál es la alternativa a caer en tamaña ingenuidad? Pues, tengo un amigo cuyo padre en 1940 depositó 5.000 dólares en un fondo de inversión en Nueva York, con la condición de que no podía retirarlo hasta cumplir los 65 años. Acaba de recibir 120.000 dólares después de impuestos. ¿Quién era el ingenuo, el padre o el fondo?
 
El anatocismo
Agradezco al Profesor Vilas el haberme introducido a un término que desconocía, y que no encuentro en el DRAE, el María Moliner, ni tampoco en el Cambridge inglés o en el Larousse francés.
 
Dice el Profesor que las leyes de muchos países, que también desconozco (¿cuáles son?), impiden el anatocismo. Y esto se mira así: si un prestatario debe 100 más 5 de intereses, y no paga 105, como entonces debe 105, y los intereses se computan sobre 105. Sin embargo, y en mi experiencia de seis países, cuando el deudor está en esa situación de inadimplência, ya no hay remedio. No paga, y entra en suspensión de pagos, concordata, faillite, o Chapter 11. Y aquí acaba el anatocismo. Acabó el interés compuesto, porque el Código de Comercio protege al deudor. Es decir, en el mundo real ―término que repele la academia― el anatocismo prácticamente no existe.
 
El liberalismo tiene una respuesta para todo esto: no es un credo, al contrario del socialismo, comunismo o cualquier ismo político o religioso, pues no cree que se pueda conocer el rumbo de la historia, y no pretende cambiar la naturaleza humana, sino que se conforma con crear el marco jurídico y económico adecuado, adaptado al rumbo que siga la humanidad. En suma, el liberalismo es una filosofía cultural empírica, centrada en el ser humano, que da margen a la libertad y creatividad de ideas: como dice el economista liberal Ludwig von Mises: “... el liberalismo, en modo alguno, constituye prefijado dogma, ni congelada doctrina; antes, al contrario, es la aplicación a la vida social de específicos descubrimientos científicos.” De ahí que la mala argumentación del Profesor ciertamente no favorece las tesis liberales.
 
Como puede ver el Profesor, el número de ingenuos o estúpidos no tiene fin. Al paso que vamos, el Profesor Vilas se va a quedar solo na Praça do Obradoiro. Con tal de ir a Santiago, le acompañaré.
Tomás G. Muñoz es cubano, banquero de inversión. Ha vivido en Seattle, Los Angeles, Baltimore, Rio de Janeiro, São Paulo, Milán, Madrid, Bogotá y Sofia. Jubilado, reside en Marbella

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