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¡Arriba, millonarios de la Tierra!

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A muchos puede parecer que el PC ruso está cambiando de moral y de ideología. Se convierte del partido de parias en el partido de multimilionarios. No es ninguna broma: en las listas comunistas para las próximas elecciones parlamentarias figuran por lo menos cinco personas cuyas enormes fortunas personales no son ningún secreto para la opinión pública.
 
Los camaradas Serguey Muravlenko, Guennadi Semiguin, Serguey Batchikov, Igor Annenski y Igor Linshin son millonarios y capitalistas de pura cepa. Y en esta calidad, según los clásicos criterios del marxismo-leninismo, son explotadores de la clase trabajadora. Pero en este caso el liderazgo del PC no está de acuerdo con su propia doctrina. “No se trata de capitales procedentes de la explotación sino de la gestión empresarial honesta”, ha dicho el secretario del Comité Central del PC, Olieg Kulikov. O sea, tras un siglo de palabrería sobre la explotación y la necesidad de acabar con ella mediante la dictadura del proletariado, los bolcheviques admiten la posibilidad de que las actividades empresariales puedan ser legítimas y honestas.
 
¿Una “revolución en la revolución”? No. Se trata más bien de la demagogia en la demagogia. Porque los demás capitalistas, los que no son “camaradas”, siguen siendo “malos” o “muy malos” para los comunistas rusos. Al mismo tiempo, no es ningún secreto para la opinión pública rusa que los millonarios forman parte de las listas comunistas no porque sean “honestos” o compartan las ideas del igualitarismo bolchevique, sino porque pagan su futuro mandato con dinero contante y sonante. El deseo de estos empresarios es ser diputados a cualquier precio: adquirir la correspondiente inmunidad y proteger su negocio y el de sus amigos desde la cúpula del poder. Un objetivo primordial en un país donde para el poder no existen leyes.
 
El negocio es de provecho mutuo: el partido recibe millones para su campaña electoral y el empresario el acta de diputado que le sirve de indulgencia para sus “pequeños pecados”: sea impago de impuestos, participación en las privatizaciones sin concurso, exportaciones al exterior sin licencia o el incumplimiento de normas laborales. La férrea disciplina y la “seriedad”, propias del PC, garantizan a los compradores la entrega obligatoria del mandato tras las elecciones.
 
Es de destacar que a los empresarios no les importa el “color rojo” de sus escaños parlamentarios. Total el PC ruso no es un partido político según los criterios occidentales. Es más bien un tornillo en la máquina totalitaria llamada Estado Ruso. Por el momento, desempeña el papel de la oposición, pero nadie sabe lo que puede pasar mañana.
 
Y, por supuesto, nada depende de las elecciones sino de la voluntad del presidente, Vladímir Vladimirovich Putin, que cualquier día puede acordarse de que durante muchos años, siendo agente del KGB, era también comunista.

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