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Confesiones de un traficante de armas

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Uno de los mayores traficantes de armas del mundo, el ruso Víctor But, ha concedido una entrevista en Moscú al diario The New York Times. Dice haber sido amigo del dictador zaireño, Mobutu, a quien ofreció, en su día, un avión para huir del país. No obstante, niega el hecho de haber suministrado helicópteros de combate al líder liberiano, Taylor, aunque habla de sí mismo como de un “simple transportista” que nunca se interesa por el contenido de las cajas que llevan sus aviones. Al mismo tiempo, But no ve nada malo en el suministro de armas a grupos rebeldes. En muchas ocasiones, señala, “los rebeldes se convierten en gobernantes legítimos de un país que tiene derecho a defenderse”. “No hay diferencia entre la venta de armas y la de medicamentos… las armas no matan, matan las personas”, añade.

La ONU acusa a But, propietario de unos 160 aviones, de haber suministrado ilegalmente armas a los rebeldes de Angola y Sierra Leona, además de Liberia, sometida al embargo internacional. Según un informe de la misión de la ONU en Angola presentado en diciembre de 2001, But cambiaba sus armas por diamantes que vendía posteriormente en Amberes. También ha dejado sus huellas en Sudán, Libia, la República Democrática del Congo, Uganda, la República Centroafricana y algunos otros países. Hay datos de que suministraba armas al afgano, Shah Masud, pero también a los talibanes. En febrero de 2002 la policía encontró, durante un registro en las oficinas de But en Bélgica, unos documentos que prueban sus constantes vuelos a Kabul en los tiempos de los talibanes.

Se sospecha asimismo de que But hubiera podido suministrar a Al Qaeda elementos para fabricar armas químicas. Hay indicios de que fue él quien trasladó el oro de Bin Laden de Paquistán a Sudán tras la operación de EEUU en Afganistán. El periódico ruso “Grani” asegura que But ganó en las operaciones con los talibanes y Al Qaeda unos 50 millones de dólares.

Las autoridades belgas acusan a But de utilizar su país para blanquear los capitales procedentes de negocios ilícitos. El 18 de febrero de 2002 emitieron una orden internacional de busca y captura contra él. Esta orden fue inmediatamente entregada a la Interpol de Moscú. Pero, al parecer, las autoridades rusas no le hicieron ningún caso. But no se esconde en la capital rusa, vive como cualquier ciudadano y se le ve a menudo en los establecimientos nocturnos más caros.

Es evidente que el traficante tiene en Rusia unos protectores muy poderosos, si no, ya estaría detrás de las rejas. ¿Tendrá razón But cuando dice que es un simple mandado, un transportista? Además, en Rusia el negocio de armas siempe ha estado en manos del Estado. ¿Quién, entonces, está detrás de todas estas siniestras transacciones con las armas, del negocio de la muerte? ¿No serán los mismísimos servicios secretos rusos a los que But, siendo militar de carrera, pertenecía en la época soviética? Es de recordar que en aquel entonces fue la inteligencia militar soviética la que se dedicaba a la venta clandestina de armas a todo tipo de “movimientos de liberación”. Una tradición que, al parecer, no debía cambiar mucho tras la desaparición del régimen. Pero, todo eso son sólo nuestras insinuaciones. La verdad sobre el caso But no la conoceremos nunca.


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