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Diez años de tragedia y frustración

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Han pasado diez años desde que Yeltsin, en una de sus famosas borracheras, puso con mano temblorosa su firma bajo el acta de la disolución de la Unión Soviética. Era el 8 de diciembre de 1991. El propósito era evidente: quitarle los poderes al liberal Mijail Gorbachov, presidente de la URSS, y ser líder de un Estado soberano. No obstante, a mucha gente le parecía que la disolución del imperio significaría, automáticamente, un cambio positivo, un camino hacia la prosperidad. Y a casi a nadie se le ocurría pensar que lo que les esperaba era peor: caos, miseria, guerra y hambre.

No obstante, este futuro era bastante fácil de pronosticarse. Bastaba sólo mirar al protagonista de los acontecimientos de diciembre de 1991. Un déspota de corte stalinista, un ateo perverso, sin principios morales ni políticos. Su estímulo personal era un enfermizo deseo de poder absoluto calentado por su alcoholismo. Su entorno eran unos funcionarios corruptos, llamados la “familia”, presididos por el mafioso “rasputiense” de orígen judío Boris Berezovski. Todos ellos, hoy en día, son las personas más ricas del país, con capitales de miles de millones de dólares gracias al descarado robo de los fondos del Estado.

Yeltsin, cuando está sobrio, dice, especialmente a los extranjeros, que su mayor mérito ha sido acabar con el comunismo. Pero, en realidad, lo que hizo fue sólo quitar la palabra comunismo del vocabulario oficial conservando y cultivando lo peor del bolchevismo totalitario. Así, aplastó con tanques la disidencia del Parlamento, masacró al pueblo checheno, falsificó las elecciones, manipuló y amordazó a la prensa, llenó las cárceles de inocentes y desató un terror policial. Pero Yeltsin no se limitó a conservar los “principios” inhumanos del régimen anterior. Hizo también su “aporte histórico”: nunca la corrupción alcanzó tales dimensiones en Rusia, nunca los círculos criminales han penetrado tan profundamente en todas las estructuras del Estado, nunca la mafia, unida a los corruptos, ha podido llegar a controlar casi el cien por cien de la economía. Ni a ninguna zarina de los tiempos pasados, ni a las hijas de los dictadores bolcheviques más sangrientos se les ha ocurrido desviar créditos internacionales a sus cuentas personales. Ha sido la hija de Yeltsin quien ha batido un verdadero “record” en este sentido.

Pero, quizá el peor delito de Yeltsin consiste en que utilizó la palabra “democracia” para calificar a su régimen criminalizado. Con esto le ha quitado a varias generaciones del pueblo ruso la esperanza y la visión de futuro. Y es que esta palabra sagrada para cualquier occidental, en Rusia es sinónimo de crimen. En los tiempos yeltsinistas la población rusa disminuyó en 10 millones de personas. La gente ha muerto de desnutrición, por falta de medicamentos, en ajustes de cuentas de las bandas criminales, sin trabajo, ni medios para subsistir, sin calefacción en el duro invierno, ni asistencia médica.

Enfermo y senil, Yeltsin eligió hace dos años a un sucesor digno de él. Un mediocre y desconocido ex-teniente coronel del KGB. La situación política y social no ha cambiado desde entonces en Rusia. La única diferencia consiste en que el nuevo presidente opta más por el militarismo.

¿Y qué pasa con las antiguas repúblicas del antiguo imperio? Un desastre, quizá peor que en Rusia. Los regímenes neo estalinistas se restablecieron en Bielorrusia y Moldavia. El caos reina en Ucrania y en Georgia. Unas tiranías medievales con inclinación al islamismo se establecieron en Asia Central. Mientras, en el Báltico hay unos regímenes ultranacionalistas y xenófobos.

Así que el 8 de diciembre de 1991 es una fecha negra para la historia del pueblo ruso que no olvida ni perdona a sus verdugos.

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Este artículo, junto con otros de César Vidal, Carlos Semprún Maura, José Apezarena, Lucas Soler, etc. se publica en la Revista de Libertad Digital. Si desea leerlos, pulse AQUÍ

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