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¿Dónde está Ben Laden?

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Entre los eufóricos comentarios de nuestros escribanos sobre las brillantes “perspectivas democráticas” que se abren en Afganistán tras la caída de los talibanes, no se ha oído casi en Europa una noticia muy breve: Ben Laden no ha sido encontrado en su refugio de Tora Bora. El terrorista número uno se ha esfumado. ¿Qué significa esto? Ni más ni menos que el peligro que representa para nuestra civilización sigue existiendo. Este peligro quizá es todavía más grave porque el asesino estará, hoy en día, más furioso que nunca, y su mente perversa ya estará inventando algún otro crimen contra la humanidad todavía más siniestro.

No merece la pena decir que la pérdida de unos cuantos cómplices en Afganistán no es casi nada para el empresario del terror. Mañana tendrá muchos más en otros lugares del mundo ya que su capacidad de resucitar es conocida de sobra: cuando le echan de un sitio se establece en otro y nunca tiene problemas para reclutar a sus adeptos.

Es doloroso y quizá políticamente incorrecto decir que la gran operación antiterrorista puede considerarse fracasada si no cumple su principal propósito: parar a Ben Laden. Y es que cambiar al “señor de la guerra” tuerto –el “mulá” Omar– por otro con dos ojos –Ahmid Karzai– no garantiza nada, ni para Afganistán ni para el mundo. Igual que no consuelan las ilusorias perspectivas de que las libertarias afganas vayan a cambiar pronto sus burkas por minifaldas.

¿Dónde está Ben Laden? Pues, en cualquier parte. Puede estar en Somalia, en Yemen, en Bosnia, o en el golfo Pérsico protegido por algún jeque de su círculo, o en un rancho tejano de algún John Walker dispuesto a entregar su vida por la “revolución islámica”.

Un loco peligroso anda suelto por el mundo. Y es que en este planeta destartalado, un elemento como Ben Laden se siente como pez en el agua. ¿Qué tragedias más necesita Europa, por ejemplo, para unirse contra el terrorismo? ¿Qué se necesita para que Italia no ponga peros a las medidas colectivas, para que Francia no considere “políticos” a los mancebos de los terroristas en un país vecino, para que Gran Bretaña cierre las cuentas bancarias de los bandidos chechenos?

No es todavía tarde. El mundo tiene que movilizarse, tiene que esforzarse y utilizar todos sus medidas para acabar con el símbolo del mal universal. Es posible. La reciente historia conoce ejemplos. Tras la masacre de los Juegos Olímpicos en Munich, Israel aniquiló, uno por uno, a todos los protagonistas palestinos del horroroso crimen. Lo hizo sin “shows” televisivos, sin campañas propagandísticas, sin bombardeos y sin “daños colaterales”. Lo hizo con mucha seriedad, cálculo y sentido común. Unas cualidades quirúrgicas y expeditivas muy necesarias en una misión tan difícil como la lucha contra el terrorismo internacional.

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