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El chivo expiatorio del Gobierno ruso

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La detención en Grecia del “oligarca” Vladimir Gusinski, a petición de la fiscalía rusa, ha sido una gran sorpresa para la opinión pública internacional, que consideraba el “caso Gusinski” cerrado desde su liberación en España hace más de dos años. El ex-banquero y magnate de medios de comunicación que tanto molestaba con sus declaraciones al presidente Putin vive en Israel sin hacer “ruido” ninguno. Hasta hubo rumores de que tras la venta de sus medios al Estado fue “perdonado” por el Kremlin, que incluso le permitía desplazarse de vez en cuando a Moscú por asuntos familiares.

Por una parte, es muy probable que la fortuna de Gusinski se deba a ciertos chanchullos o estafas, por los que está perseguido. Por otra, hay que señalar que prácticamente todas las fortunas en Rusia, hechas en los años 90, se deben a estas prácticas. En la época de la corrupción institucional, protagonizada por el presidente Yeltsin, casi no hubo otra manera de hacer negocios. Así que sería lógico perseguir a toda una generación de empresarios y meter en la cárcel a decenas de miles de personas. Pero el Kremlin, por el momento, no lo hace. Se empeña sólo en encarcelar a Gusinski.

¿Por qué? Al parecer, el ex-magnate es todo un símbolo de una época podrida que arruinó a la mayoría de la población. Castigar a este símbolo odioso unos meses antes de las elecciones parlamentarias en Rusia es obtener más electores y es demostrar también al ciudadano que el poder es justo y que va a por los “malos”.

Y eso no es todo. La persecución a Gusinski, al parecer, es un mensaje a los demás “oligarcas”, nostálgicos del régimen de Yeltsin, cuando gozaban de muchos poderes, tanto económicos como políticos. El mensaje es sencillo: pagad más al Estado y no os metáis en la política. Entre los “oligarcas” rebeldes figura el carismático Boris Berezovski, que desde su exilio londinense echa pestes de Putin; y también el hombre más rico de Rusia, Mijail Jodorkovski, cuyos colaboradores más próximos esperan su destino detrás de las rejas mientras él mismo sigue financiando partidos de la oposición. No obstante, otros “oligarcas”, los “buenos”, se sienten en Rusia como peces en el agua. Entre ellos está Román Abramovich, propietario del “Chelsea”, Mijail Fridman, el del “chapapote” del Prestige, o Vladímir Potanin, por citar a algunos.

La detención de Gusinksi es también un mensaje para todos los rusos: “papá-Estado”es el de siempre, autoritario y fuerte, y no hay manera de salvarse de su omnipresencia ni siquiera en Israel. Hay que vivir con miedo porque todos los ciudadanos rusos son sospechosos, igual que en los tiempos de Stalin. Así que, tranquilitos y contentos con los 50 euros que ganáis al mes, porque cualquier protesta os puede costar caro. ¡“Papá-Estado” os vigila estéis donde estéis!

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