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El colapso de la URSS

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Tras más de diez años de mentiras sobre el carácter liberalizador y democrático de las transformaciones que llevaron al colapso de la Unión Soviética y del comunismo, la prensa oficialista rusa confiesa que fue resultado de un complot. Detrás de él estaba la "nomenclatura" bolchevique (clase dominante en la URSS) con propósitos muy alejados de ideales tales como la libertad y los derechos humanos. El desmantelamiento del sistema no tenía ningún fin ideológico, ni político, sino exclusivamente lucrativo a favor de una minoría burocrática, según señala el prestigioso diario moscovita Comersant-Poder.

El rotativo, que cita a varios políticos e intelectuales de renombre, asegura que la llamada "revolución democrática" en Rusia fue una mistificación para engañar a la población del país y, en especial, a la opinión pública mundial. Lo último era fundamental: se esperaban grandes donaciones desde Occidente para "apoyar a la joven democracia rusa". Donaciones que, según la "nomenclatura bolchevique", debían engrosar sus cuentas privadas. Y así fue a lo largo de los 90.

Pero lo principal fue hacerse con las riquezas del país. El liberal Gorbachov abrió la puerta, a mediados de los 80, a la iniciativa privada. La "nomenclatura" veía con inquietud como surgía de las masas populares la joven burguesía, gente con iniciativa y ambiciones. Con su talento emprendedor hacía mucho dinero y amenazaba con comprar las empresas estatales para hacerse todavía más rica e influyente. Esta joven burguesía repercutía en la opinión pública y no quedaba ninguna duda de que era capaz de echar al basurero histórico a los viejos burócratas estalinistas.

Era una amenaza directa para los altos cargos bolcheviques. En estas circunstancias la única solución para ellos era, utilizando sus cargos públicos, hacerse urgentemente y de la forma completamente gratuita de las principales riquezas del país: sus yacimientos minerales, sus empresas y sus fábricas, propiedad del Estado. El propósito era doble: salvarse de la tormenta socio-política levantada por las reformas de Gorbachov, conservar el poder, y hacerse ricos. Se pretendía cambiar las austeras "dachas" (casas de campo) del partido por las villas en Francia y España y las viejas limusinas oficiales por los "Mercedes-600".

Pero hubo en aquel entonces un obstáculo para la realización de estos grandes planes. La Unión Soviética, con todo su sofisticado sistema de vigilancia policial sobre los bienes del Estado, heredado de la época estalinista, representaba un verdadero peligro para los planes delictivos de los funcionarios sin escrúpulos. Así que la tarea primordial era destruir el Estado. Los caciques comunistas regionales apoyaron a los funcionarios moscovitas en su empeño por destruir el Estado, ya que no querían compartir, como antes, las riquezas de las llamadas "república federadas" con la gente del poder central. También querían hacerse ricos, además de conservar el mando.

En estas circunstancias todos optaron por Boris Yeltsin como nuevo líder de Rusia. El candidato era "ideal" para los propósitos de la "nomenclatura", tanto central como local. Este elemento senil y alcoholizado no sólo no molestaba para robar los bienes del Estado sino que borracho de forma permanente, se olvidaba incluso de quitarse los pantalones a la hora de hacer sus necesidades fisiológicas. La actual aparición del presidente Putin tampoco ha sido casual, según "Comersant-Poder". En diez años la "nomenclatura bolchevique" ha podido "legalizar" la propiedad robada al Estado y a partir de ahora necesita un poder fuerte para protegerla de los que desearían cambiar las cosas.

Este artículo se publica en la Revista del Fin de Semana de Libertad Digital. Si quiere leer más, pulse AQUÍ

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